La llegada a Guadalajara

La llegada a Guadalajara

Gabriel Michel Padilla

[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato“, ubicado en la época cristera]

 

A las cuatro de la tarde  entramos a Guadalajara, la estación estaba pegada al templo dedicado a San Francisco, y alcanzamos a divisar las torres amarillas de la catedral.

La estación estaba llena de gente amiga, mucha gente de Ejutla, de Tecolotlán, y otros pueblos. Gente que había salido de sus pueblos a refugiarse en Guadalajara por temor a la revolución. Cuando nos vieron todas empolvadas y desaseadas, sin el uniforme escarlata con el que estaban impuestos a vernos caminar entre los árboles de la huerta del monasterio, su rostro de alegría se transformó en puchero, pero nosotras les decíamos: “no se preocupen, estamos bien”. Luego se fueron detrás de nosotras como queriendo escoltarnos entre los soldados. Pero ya nos esperaban tres carros para llevarnos a la jefatura de operaciones. Pasamos frente a una Gran Iglesia, nos dijeron que era la catedral de Guadalajara; sus torres eran amarillas como las alas de las calandrias que cuelgan sus nidos en los encinos del Narigón. Nos persignamos al pasar frente a ella.

Llegamos a la jefatura de operaciones. Allí nos bajamos y  nos hicieron subir por una escalera, pero a la gente que nos acompañaba no les permitieron entrar con nosotras.

Al llegar al segundo piso, los empleados, al ver llegar aquella procesión, exclamaron sorprendidos: “Las monjitas” Nosotras pasamos en silencio a un salón que nos indicaron. Pusimos nuestro equipaje en el suelo, pues no había ningún mueble. Allí esperamos mucho tiempo en silencio y con la cabeza inclinada.

Nuestros pensamientos solamente rumiaban tristeza. Nos mirábamos unas a otras y luego nos contábamos, “somos diecisiete”, me decía yo misma. Desde El Grullo venimos diecisiete, en Ejutla, cuando salimos huyendo éramos sesenta, pero nosotras las que nos refugiamos en Autlán sólo éramos 17. Luego miré hacia donde estaban las dos monjas ancianas. Hubiera sido muy bueno allá se hubieran quedado.  “Pobrecitas” decía yo, ya les había tocado le persecución carrancista, después la villista, y se escaparon de la de Pedro Zamora, gracias a que una de sus hijas estudiaban en nuestro colegio. Pues con ésta ya son tres. Pues el Sargento les negó la libertad. Esos pensamientos estaba entretejiendo cuando llegó un oficial que nos dijo: “Señoritas, dejen aquí sus cosas y pasen para acá” Al entrar a la oficina vimos que el señor cura estaba en espera de su libertad. Nos mortificamos mucho de saber que ya no iría en compañía de nosotras, dándonos ánimo. Luego comenzó el interrogatorio;

“¿Todas son monjas?”

Sí señor, contestamos sin inmutarnos.

Favor de darme sus nombres

Y de nuevo les fuimos dando nuestros nombres, que más que nombres parecía un enorme letanía de bellas jaculatorias, aquella salmodia en que consistían nuestros nombres de monjas consagradas. 

Luego el oficial seguía preguntando:

¿Por qué las aprehendieron?

Porque somos religiosas.

¿Sólo por eso?

Sí señor.

Después de lo cual nos dijo:

Pueden salir y pasar a su cuarto.

Ya había anochecido, entonces el hambre que comenzó a golpearnos por dentro, hizo acordarnos que desde que salimos de Sayula, no habíamos probado siquiera un taco.

Aquí hay unos panes que guardé del banquete de San Gabriel, dijo una novicia. Los panes ya estaban muy duros. Sin embargo así los consumimos y con eso apaciguamos un poco el hambre.

Pero Dios nunca se olvidó de nosotras, siempre estuvo velando sin distraerse un solo momento. Como a las ocho de la noche tocó la puerta el guardia quien apareció acompañado de dos mozos enviados por una gentil bienhechora, la señora Paulita Gómez de Zepeda, quien nos mandaba una abundante merienda. Fue un verdadero banquete. Después de la merienda y de entregar la loza, entró el guardia para revisar si estábamos completas y salió. 

Pasamos la noche regular, nos turnábamos cada hora como en la Adoración Nocturna, unas velaban mientras otras descansaban.

Amaneció y  como a las 8 de la mañana,  la misma bienhechora mandó el desayuno y a las 13 horas ya estaba también la comida.

Eran las tres o cuatro de la tarde y llegó una familia paisana y bienhechora de Ejutla, (la familia Michel) a saludarnos, pero no les permitieron entrar a vernos, el guardia había cerrado la puerta pero nos pudimos saludar por una reja y después de contemplarnos a todas, viendo aquel cuadro tan triste, pusieron dinero en nuestras manos sin que los guardias lo advirtieran.  Luego se retiraron conmovidos con lágrimas en los ojos y se perdieron sollozando entre los callejones de Guadalajara.

Poco después se presentó el carcelero y dijo como apresurado:  

Señoritas, vámonos. Todas entonces, cogimos  nuestro pobre equipaje saliendo de ahí. Entre tanto el capitán formó dos filas de soldados y a nosotras también de dos en dos colocadas en medio, avanzamos hacia el camión que debía conducirnos a la estación. Los amigos nuestros que se enteraron de nuestra salida se presentaron a la estación para despedirnos y darnos aliento.   Algunos levantaban sus rosarios en señal de solidaridad, otros nos gritaban: ¡Animo!

Ya estaba preparado un carro del Express; subimos con mucha dificultad por estar muy alto y como se pudo nos acomodamos, pues estaba el carro muy desaseado ya que servía para llevar los caballos de los soldados, había pacas de rastrojo que se usan para alimentarlos en el trayecto.