Cada mañana, antes de hablar con otra persona, millones de nosotros hacemos exactamente lo mismo: tomamos el teléfono y deslizamos el dedo sobre una pantalla. En cuestión de segundos, un algoritmo ya decidió qué noticia veremos primero, qué video captará nuestra atención, qué publicación aparecerá en nuestras redes sociales, qué anuncio intentará convencernos de comprar algo y, probablemente, hasta qué música escucharemos camino al trabajo o a la universidad. Todo ocurre tan rápido que apenas lo notamos. Y quizá esa sea la parte más inquietante: los algoritmos no necesitan pedir permiso para influir en nuestra vida. Lo hacen en silencio.
Durante mucho tiempo creímos que el poder estaba únicamente en manos de los gobiernos. Pensábamos que eran los presidentes, los congresos o los tribunales quienes definían el rumbo de nuestras sociedades. Pero el siglo XXI nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las decisiones que moldean nuestra forma de pensar ya no provienen de las instituciones públicas, sino de sistemas informáticos diseñados para captar nuestra atención?
Los algoritmos no son seres conscientes ni tienen una ideología propia. Son conjuntos de instrucciones creadas por personas para organizar información y predecir nuestros intereses. El problema aparece cuando esas instrucciones empiezan a decidir qué vemos y qué dejamos de ver. Porque aquello que consumimos todos los días termina influyendo en lo que creemos, en lo que tememos, en lo que apoyamos y hasta en la forma en que entendemos la realidad.
Las redes sociales suelen hacernos creer que conocemos el mundo entero, cuando muchas veces solo conocemos la versión del mundo que un algoritmo considera más rentable para mantenernos conectados. Si interactuamos con contenido sobre política, veremos más política. Si reaccionamos a publicaciones cargadas de enojo, recibiremos más contenido similar. Si buscamos información sobre un tema polémico, es probable que la plataforma nos recomiende material que refuerce ese mismo interés. Poco a poco, sin darnos cuenta, dejamos de descubrir ideas nuevas y comenzamos a vivir dentro de una burbuja donde casi todo confirma lo que ya pensamos.
Ese fenómeno tiene consecuencias profundas. Una democracia necesita personas capaces de debatir con información diversa. Sin embargo, cuando los algoritmos priorizan aquello que genera más clics, comentarios o tiempo de permanencia, suelen favorecer el contenido que despierta emociones intensas: indignación, miedo, enojo o sorpresa. La verdad compite con la viralidad, y no siempre gana. Una mentira bien diseñada puede recorrer el mundo en minutos, mientras una aclaración basada en evidencia apenas logra alcanzarla.
No es casualidad que hoy hablemos tanto de polarización. En muchos países, las redes sociales se han convertido en el escenario donde se libran batallas políticas, culturales e incluso personales. Los algoritmos no crean esas divisiones por sí solos, pero sí pueden amplificarlas al premiar el contenido que genera más interacción, aunque esa interacción nazca del conflicto. Cuanto más discutimos, más tiempo permanecemos en la plataforma. Y cuanto más tiempo permanecemos allí, más rentable resulta nuestro comportamiento para las empresas que gestionan esos espacios.
Eso no significa que los gobiernos hayan perdido su influencia. Siguen aprobando leyes, administrrando recursos y tomando decisiones que afectan la vida de millones de personas. Pero hoy comparten ese escenario con grandes empresas tecnológicas que gestionan plataformas utilizadas por miles de millones de usuarios. Nunca antes en la historia unas pocas compañías habían tenido tanta capacidad para influir en la conversación pública global, determinar qué información circula con mayor alcance o modificar el diseño de los espacios donde se forman opiniones.
La pregunta, entonces, ya no es quién tiene más poder, sino cómo interactúan esos poderes. Los gobiernos intentan regular la tecnología; las empresas tecnológicas influyen en la economía, en la información y en la forma en que nos comunicamos. Mientras tanto, la ciudadanía queda en medio de esa relación, muchas veces sin comprender cómo funcionan los sistemas que organizan buena parte de su vida digital.
Lo más preocupante es que solemos preocuparnos por aquello que vemos, pero rara vez por aquello que nunca llegamos a ver. Cada publicación que no aparece, cada noticia que desaparece de nuestro inicio, cada voz que recibe menos visibilidad y cada contenido que queda oculto también forman parte de decisiones tomadas por algoritmos. No siempre existe una intención política detrás de ellas; muchas responden a criterios comerciales o técnicos. Sin embargo, el resultado puede influir en nuestra percepción del mundo.
Por eso, quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea combatir a los algoritmos, sino aprender a convivir con ellos sin entregarles nuestra capacidad de pensar críticamente. La tecnología puede ampliar el acceso al conocimiento, acercarnos a personas que viven al otro lado del planeta y ofrecer herramientas extraordinarias para aprender, crear e innovar. Pero ninguna inteligencia artificial, ningún sistema de recomendaciones y ningún algoritmo debería sustituir nuestra responsabilidad de cuestionar la información que consumimos.
Cada vez que compartimos una noticia sin verificarla, cada vez que creemos que lo que aparece en nuestra pantalla representa toda la realidad o cada vez que dejamos que un sistema decida por nosotros qué merece nuestra atención, cedemos una pequeña parte de nuestra autonomía. Y esa pérdida ocurre de forma tan gradual que apenas la percibimos.
Quizá la pregunta con la que inicié esta columna no tenga una respuesta definitiva. Tal vez el mundo no esté controlado únicamente por los gobiernos ni exclusivamente por los algoritmos. Tal vez el verdadero poder siga estando en quienes son capaces de decidir por sí mismos, de contrastar información, de escuchar otras voces y de no permitir que una pantalla piense en su lugar.
Porque las democracias no solo se sostienen con elecciones o con leyes. También dependen de ciudadanas y ciudadanos capaces de ejercer el pensamiento crítico. Y en una época donde los algoritmos deciden qué vemos, la libertad ya no consiste únicamente en poder hablar. También consiste en conservar la capacidad de pensar por cuenta propia.
Alex Izán Hernández
Activista Transmasculino de Honduras
alexizanhn@gmail.com
