La represión en Jalisco
Juan M. Negrete
El problema del agua limpia en el área metropolitana de Guadalajara se agudizó e invadió los duros cauces de la política, en donde todo se nos enturbia más de lo deseado. Ahora, aparte de revisar ductos, lagos, presas y contaminación, hay que analizar y clarificar las inversiones, el dinero, lo que se atenga a lo público y la legalidad de cada paso que se dé. Es la secuela más dura de lo ocurrido en la manifestación del domingo pasado en Casa Jalisco. Es asunto que se nos tornó un erizo.
El tapatío es muy dado a la abulia política. Mas esta vez, se animó el grueso de la población a salir a la calle en tono de protesta, cansada ya de abrir grifos caseros y recibir agua sucia. Marchó desde la glorieta de la Minerva hasta la Casa Jalisco. El sitio de arranque nos sirve a cada rato para festejos de triunfos en el fútbol u otras frivolidades. Es conocido punto de reunión. La llegada de la marcha era lo interesante, pues es donde tiene su residencia oficial el gobernador, Pablo Lemus.
Nuestros marchantes no pudieron llegar a las puertas de dicha casa de gobierno. Se toparon con vallas de fierro, con las que se suelen aislar los espacios viales. Pero más que con vallas, nuestra gente topó con policías que les impidieron el paso. Al no poder caminar más adelante, hubo ensayos sobre todo de la muchachada itinerante para romper la obstrucción. En los jaloneos se desató lo que ya sabemos.
Los reportes iniciales hablan de lanzamientos de piedras, de tomaydaca primero de coscorrones entre manifestantes y policías. Mas estas trifulcas inocentes duraron poco. Tras el cerco de la policía municipal se encontraban otros genízaros, éstos sí cubiertos con casco y escudos, revestidos de negro, pero sobre todo dispuestos a aplicarles la quebradora a muchos rijosos. Y que conste que esto fue nada más el arranque.
Vino el lanzamiento de gases lacrimógenos en contra de los marchistas. Irónico, esto del lanzamiento de potentes chorros de agua contra el público. Es de presumirse que era agua limpia la lanzada para dispersar a los manifestantes. Justamente lo que la población está exigiendo, como su justo derecho; acceso al líquido vital casero, pero para consumo pacífico, no para fumigar represión con ella.
Lo peor siguió de ahí. La cuicada de negro, tipos fortachones y entrenados para repartir sablazos, desenvolvió una estrategia incómoda de aislar manifestantes y luego cargarlos en peso hacia la tal casa jalisco (ahora así, en minúsculas). Los cuicos aislaron pues a algunos manifestantes, los que daban cuerpo, los sometieron y luego los encerraron al interior de la casona. Allá permanecieron secuestrados. Los golpearon. Buscaron amilanarlos. Hasta al día siguiente los pusieron en manos de lo que conocemos como autoridad pertinente, como son las fiscalías, para abrirles sus carpetas y fincarles proceso.
De primero imperó el desconcierto. El grueso de la población que acudió a la marcha detuvo su paso y se dispersó hacia atrás, con el ánimo de impedir más desaguisados y detenciones. Se dice que el zafarrancho se extendió a lo largo de dos y tres horas. Al final se reportaron varias listas de detenidos. Primero se habló de 18, luego de 29. Al final se impuso la que reporta a 39, aunque todavía se maneja la que sostiene que fueron 51 las personas detenidas.
El forcejeo por la liberación de los retenidos logró un primer paso. Aunque los funcionarios penales los fueron liberando a cuentagotas, al final se supo que salieron los 39 retenidos. Eso de que estén fuera de galeras penales no significa que hayan sido liberados. Se sabe de unos seis a quienes se les fincó proceso penal. Los cargos: obstrucción de la vía pública, daño en las cosas y agresión en contra de las autoridades.
Quien no compuso varilla desde el principio fue Pablo Lemus, el góber. Días antes de la marcha, mantuvo un altercado en el ITESO. Egresado de tal casa de estudios, es de suponerse al menos empatía con los itesianos. En los patios, le abordaron varios estudiantes; algunos se notaban hasta encrespados; le reclamaron su responsabilidad en torno al pésimo servicio de la dotación de agua, núcleo del problema presente. Fue calentamiento.
El reclamo en forma vino el domingo once, con los avatares conocidos tan penosos. A Lemus se le oscureció el libreto y no entendió o no captó la fórmula para darle un tratamiento positivo a la protesta. Se le hizo bolas el engrudo. Si nos detenemos a revisar su postura fluctuante, evasiva y finalmente golpista, lo vemos alineado en la misma tradición de Enrique Alfaro, su antecesor emecista, y con Fracisco Ramírez Acuña, panista, quienes no sacan un perro de una milpa.
Cuando vivimos lo de la explosión de la plaga internacional del Covid, Alfaro llegó a los mismos extremos que ahora Lemus. Su policía se manchó las manos en Ixtlahuacán de los membrillos, donde asesinaron a Giovanni, quien al parecer se había negado a utilizar el cubrebocas famoso de aquellos días. Se sacó de la manga la fórmula favorita de los burdos: reprimir y perseguir opositores o protestantes.
La misma fórmula había aplicado Ramírez Acuña contra una marcha de globalifóbicos en 2004. Pero éste no sólo reprimió y abusó de la fuerza policial, sino que presumió de valiente -al estilo Jalisco-. Comparó su intolerancia como efectiva, haciendo escarnio de las fórmulas pacifistas que se empezaban a aplicar ante tales situaciones en la ciudad de Mëxico. Si le revisamos el libreto a Lemus, no canta mal estas rancheras. ¿Podrá seguir así tan fresco, al frente del gobierno que detenta? Es una mancha de intolerancia que de seguro trascenderá en los momios de su partido, el Movimiento Ciudadano. Este venía ya desatado, creciendo como la espuma, con su disfraz buena ondita. Habrá que cobrarles la factura.
