La tripa llena (cuento)

La tripa llena (cuento)

Marcela Karrillo

Andrés abrió los ojos, sintió el deseo inmenso de echarle algo a la tripa, pero la flojera era tal que, al sacar el pie de entre las sábanas y tocar el piso, lo regresa de nuevo para cubrirlo; hacía tanto frío. ¿Quién piensa en dejar la cama? Miró largo rato el techo del cuarto donde se quedaba en el pueblo desde que su padre murió; era de adobe viejo y húmedo.

Venían a su mente diferentes imágenes que pasan como si fuera una cinta de película a gran velocidad y sin sonido. ¿Levantarse o seguir aquí? Tocó su pantalón; estaba ya desgastado y viejo. Por lo menos quiere agua para beber. Siente la sequedad en su garganta. Pero dejarse abatir tirado en la cama por la idea de la muerte, que pasa por su mente desde que su padre dejó este mundo por una enfermedad rara, no conocida por los médicos. Las mujeres del pueblo dicen que hechicería.

Quiere un mendrugo de pan de la cocina, o tal vez matar al cocinero; le limita el pan todos los días, le cobra unos pesos de más por el pan y la renta del cuarto. ¡Qué hombre tan avaro! Pero, ¿cómo matarlo? Si ni siquiera quiere levantarse, pues el frío no le permite moverse con agilidad, como ir hasta la cocina con algún pretexto, tomar un cuchillo y atravesarlo; saldría sangre; podría derramarse sobre el pan y mancharlo. ¿O una pistola? Escucha cada vez más intenso el ruido de la tripa que le ruge de hambre.

De qué forma podría matarlo sin levantarse; la tristeza que lo embarga es inmensa y no le permite dejar la cama. Sería increíble que con la mente lo matara o que un costal de harina le cayera encima o que un turrón lo aplastara… Qué tonto, cómo lo mataría sin un arma; sería curioso que el cocinero dejara nada más así de respirar.

Andrés se levanta con rabia y velocidad de la cama; baja la escalera; echa un ojo hacia la cocina y el cocinero no está. Se desliza rápido y abre un cajón del mueble de la cocina, donde sabía que guardaban una pistola para seguridad del lugar. Toma el pan de la canasta. Traga de manera rápida y violenta todos los pedazos, tratando de no ahorcarse.

Ya levantado, con el arma en la mano y tragando el pan de manera rápida sin titubear, mata al cocinero. Un balazo, otro y otro. Ya con el cuerpo en el piso, comerá todo el pan que quiera y ahí, junto al cadáver, degustará la dulzura del pan y el azúcar, chupándola de entre sus dedos. Qué más da. Ya no está aquí, limitándome el pan, aunque su cuerpo aún esté aquí calientito junto a mí.

Escuchó ruido de gente entrando al lugar. Traga más pan. Recoge el que puede entre las manos y, cayéndose y levantándose del piso, sube las escaleras. No quiere perder ni una migaja. Entra al cuarto con la tripa llena y la pistola vacía. Se tira en la cama, para no levantarse en un largo rato.

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