La última serenata
Mel Toro
Finalmente se consolidó el grupo de cantores, formado sin un proyecto definido en el barrio de santa Tere. Casi ninguno del grupo era tapatío de cepa, es decir, nacidos en Guanatos. Pero fuera de esta mancha, por decirlo de alguna forma, su conducta colectiva se atenía a los valores que cultiva la gente de la famosa perla del occidente de la república. Buenos amigos entre sí y con el vecindario; acomedidos, alegres, siempre dispuestos a darse la mano uno al otro; y nada de presuntuosos, por lo que las muchachas que los trataban pronto se encariñaban de ellos.
La deferencia de las chicas les tenía robado el corazón. Y, en cuanto el trato entre las nuevas amistades abría la puerta afectuosa, la primera ocurrencia del galán en turno era llegar hasta la ventana de la niña agraciada y obsequiarle, a ella y a todo el vecindario que la escuchara, una pomadosa serenata, un gallo en forma, como lo marcan los cánones.
Fue pues buena idea la de echar a andar una rondallita que les cumpliera el gusto. Como la calidad de sus interpretaciones logró acomodarse y ganarse el gusto auditivo de una buena mayoría, creció su fama. Tan fue así, que quienes tenían más tiempo libre, solicitaron al profesor Víctor Amaral su ingreso al coro del ballet folclórico de la universidad. Los aceptaron. Ninguno de ellos sabía solfear. Todos eran líricos. Pero sus voces eran limpias, encuadradas y afinadas. El coro salió ganando con la incorporación de esta muchachada, ladina e impulsiva, y ellos se metieron de lleno al aprendizaje de los secretos del lenguaje musical llevado a notas de pentagrama.
Pronto se aprendieron la pieza musical central de este coro, las mañanitas tapatías. La integraron al repertorio. Una letra muy de su gusto:
Mañanita linda, mañanita clara,
Mañana preciosa de Guadalajara.
Las campanas llaman
A misa temprana,
Alegres repican en esta mañana.
De muy lejos viene
El cantar alegre de un gallo que corre
Por el campo verde
Mañana preciosa como el agua clara,
Perfumada y tibia de Guadalajara.
Una vez bien aprendida, la ajustaron al repertorio enriquecido con las canciones viejas que ya dominaban. Con ésta sintieron que habían trepado una grada de calidad. Se sintieron de pronto profesionales.
El haberse ligado a los ensayos del coro, entreverados a sus trabajos cotidianos, les metió una tranca a sus viejas francachelas. Se empezaron a dar el lujo de escoger día y petición para ir a agasajar a las novias de los amigos. Decidieron seleccionar gallo y ya no dejarse ir con cuanta petición les elevaran. Aparte, le pusieron precio a la tarea, aunque fuera muy de su gusto hacerlo. Se dieron cuenta de que la decisión no les corrió la clientela, sino que fue bien venida.
De todos modos, para el orfeón viejo que ya eran, los peticionarios predilectos siguieron siendo el Palo y el Teto, los más picados de entre quienes los habían contratado desde el principio. Estos picados seguían agasajándoles con las cenas del mero día de la fiesta, las bebidas y el traslado. Nada cambió entre los miembros del tinglado original, salvo que la música trepó los escalones de la calidad. Lo cual les satisfizo a todos.
Teto se hizo novia a una chica hermosa de la colonia Morelos. Su nombre es Aída. El día que la chica le presentó a sus papás, el viejo, que trabajaba en la empresa de los Ferrocarriles Nacionales de México, le deparó la deferencia de invitarlo al interior de la casa a beberse un buen café, preparado por la chica desde luego, para platicar un poco e irse conociendo. Fue un gesto que desarmó al Teto, pues casi siempre había topado en sus correrías amorosas con progenitores celosos o hasta cuñados pasados de cabrones. El viejo se lo ganó de golpe.
Departieron con gusto e intercambiaron opiniones superficiales, dado que no irían en el primer encuentro a asuntos de peso formal. Teto salió complacido de la visita. Contaba a quien quería oírle que entre otras cosas que intercambiaron, hablaron un poco de música.
_ A mí me gusta mucho Aída – contaba que le había dicho el viejo. Era de suponerse que el hombre se refería a la ópera de Verdi.
_ ¡Qué casualidad! – contaba que le contestó -. Me hace gracia que tengamos los mismos gustos.
Como fuera, al oír la nueva canción de su orfeón familiar, les pidió que se alistaran para llevarle esta sorpresa a su reciente novia. Quería abrirle el corazón al suegro y, desde luego, a la nueva niña de sus amores.
Se alistaron para la noche de un sabadito de mediados de agosto. Había una calma en el temporal y todo apuntaba a que iba a salirles la serenata a pedir de boca. Como siempre, los compañeros más aferrados se agenciaron los refrescos y los elíxires de Baco, para hacer de la ronda un paseo inolvidable. Llevaban coro de lujo.
Llegaron a la ventanita del amor y empezaron a afinar, como siempre, los instrumentos y las voces. Se conocían de sobra y sabían que el gorgoreo no les iba a fallar. Era una nochecita tibia y de lujo, hasta con el brillo del resplandor de la luna. Se apostaron en la calle, cual debe ser, y arrancaron con la pieza que habían elegido para arrancar, que por hoy no iba a ser la clásica del Despierta. Iniciaron los arpegios, se encendió la luz del cuarto de la muchacha enamorada. Todo pintaba al éxito total de la experiencia.
Estaban montados a media canción ya, cuando se aparece una patrulla de la policía local. Descendieron de la unidad dos uniformados. Prudentemente esperaron ellos a que terminara la ejecución de su … y abordaron al novio.
_ Yo soy – les contestó el Teto.
_ ¿Nos puede mostrar la licencia para traer gallo?
Ese fue el abordaje. Se desató una buena guaguarera de discusión con las autoridades. Pronto se sumaron más miembros de la policía, que llegó con más unidades al punto de la discusión. Nunca les había pasado una experiencia negativa similar, a pesar de haber llevado antes tantas serenatas. Al final, el Teto concluyó la disputa.
_ No sabíamos que se ocupara tramitar permiso para mostrar el cariño a las novias.
_ Es disposición nueva, pues – le contestó el uniformado -. Así que, con todo y pena, recogen instrumentos, guarden galillo para mejor ocasión y se me van a descansar a casita. Sin autorización por escrito, no hay gallo.
Les cayó a todos como un baño de agua helada. Pero no tuvieron alternativa, sino la de alejarse de la ventana de la amada Aída. Volvieron a la casa común, en donde departían siempre los fines de semana y dieron cuenta de todas las bebidas que habían llevado a la fiesta, hasta que les vieron fondo. Decidieron a una que nunca iban a transigir con tan estúpida autoridad, que les metía medidas tan pendejas a sus costumbres. Todos a una, orfeón y coleros, se dijeron dispuestos a jamás ir a tramitarle permisos a la policía para sus encantos y sus ensueños. Así fue como la rondalla del barrio de santa Tere dejó de armonizar las noches alegres de la barriada, hasta la fecha.




