La voluntad en Kant y Schelling

La voluntad en Kant y Schelling

Carlos Delgadillo Macías

Kant

La voluntad humana (Wille), para Kant, es la capacidad de actuar según la representación de leyes. Otros seres actúan movidos por leyes de la naturaleza, de diferente tipo, pero el ser humano puede tener la idea de una ley moral racional, por eso su voluntad es razón práctica, es decir, una tal que puede ser determinada por leyes racionales, propias. En esto consiste la autonomía, que es como el filósofo de Königsberg entiende la libertad.

La ley suprema de la razón práctica es llamada por Kant “imperativo categórico”, que mandata, en una de sus formulaciones, obrar según máximas que el agente pueda querer, al mismo tiempo, que se conviertan, por su voluntad, en leyes universales de la naturaleza. Un ejemplo típico de la “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” sería el de un potencial suicida, que tiene como máxima quitarse la vida por amor propio si proyecta más dolor que placer en el futuro. Según el imperativo categórico, habría que determinar si esa máxima puede quererse como ley universal. Y como, en el sistema de la naturaleza, el amor propio tiene como finalidad preservar la vida, si introdujéramos una ley por la cual el mismo amor propio tuviese la finalidad de acabar con la vida, el resultado sería una contradicción en el sistema de leyes naturales, lo que lo anularía como sistema. El suicida en potencia se da cuenta de que, como ser racional, no puede desear una naturaleza contradictoria y, según el imperativo categórico, debería rechazar su máxima.

Ese ejemplo nos permite entender que Kant, que desechó que la libertad pudiera ser conocida según el uso teórico de la razón, porque, como fenómeno, el comportamiento del ser humano sólo puede conocerse como determinado por las leyes de la naturaleza que le son externas (heteronomía), sin embargo, la postula en el uso práctico de la razón, donde el ser humano, como agente, no será algo legislado, normado, sometido a leyes, sino más bien un legislador, que, como expusimos, podría ser capaz de introducir principios en la naturaleza. Así, la voluntad, como razón práctica, puede autodeterminarse con máximas que pueden pensarse (no conocerse) como leyes universales (autonomía). Ahí residiría la objetividad de la moral.

Ahora bien, la voluntad humana sólo de forma contingente puede seguir las leyes de la razón, pues también está determinada por las inclinaciones, esto es, la multiplicidad de motivos que surgen de afuera de la razón, por la existencia empírica o fenoménica del ser humano. La voluntad divina, en cambio, al no estar determinada por esas inclinaciones, sigue necesariamente las leyes racionales. La voluntad de Dios sería, por tanto, santa, absolutamente buena. Y, como no tiene inclinaciones que superar, la ley de la razón para ella no sería propiamente un imperativo, sino simplemente un principio de acción.

La voluntad humana que esté determinada por el imperativo categórico será, por tanto, autónoma y además buena. En Kant coinciden la racionalidad, la libertad y la bondad: el que sigue la ley de la razón se autodetermina y realiza el bien. Y el que no lo hace y se deja determinar por las inclinaciones no está siendo libre, racional ni bueno.

Schelling

La ontología de Schelling parte de una distinción entre el ser como “fundamento” y el ser como “existente”: todo ser tiene un fundamento de su existencia. Todo ser tiene que devenir a la existencia desde un fundamento, incluyendo a Dios mismo, que tiene su propio fundamento en sí mismo y deviene a partir de ahí a su plena existencia. En ese devenir, el fundamento no es anulado ni superado, sino que permanece como tal, dando sostén o soporte a la existencia del ente en cuestión.

El fundamento (Grund), es un principio, una tendencia, hacia el repliegue, la ocultación o la contracción. En cambio, la existencia, como principio, es la tendencia hacia el despliegue, la revelación o la expansión. Son una suerte de fuerzas antiparalelas, con una relación dialéctica: sólo por el movimiento de contracción puede haber, como respuesta, un movimiento de expansión, al que sigue, a su vez, otro movimiento contractivo.

Traducida esta dinámica en términos humanos, encontraríamos entonces dos voluntades: la del fundamento y la que Schelling opta por llamar del amor. La relación correcta entre ambas permitiría que la tendencia hacia sí mismo del ser humano, el egoísmo, la mismidad, fuera reprimida e instrumentalizada a favor de la tendencia hacia los demás. O, como dice el pensador alemán, que la voluntad propia sirva a la voluntad universal. Que la primera se coloque como fundamento de la segunda, que el hombre se entregue a los demás por amor y construya con ellos una sola voluntad a partir de las múltiples voluntades particulares. En eso consistiría el bien.

El hombre bueno es el que logra configurar la relación de los dos principios que lo atraviesan, el del fundamento y el de la existencia, entendidos como voluntad propia y voluntad universal o del amor, de manera que el primero se subordine al segundo y él se aboque a los demás, desde su particularidad, superando su egoísmo. El malo, en cambio, es el que decide ser él mismo el centro de todas las demás voluntades, como su pudiese erigir su voluntad propia por encima de la voluntad universal. Es el hombre que quiere serlo todo, pero, al ser incapaz de hacerlo, se desbarrancaría en una existencia falsa, en la periferia, aislada, condenada a la aniquilación.

La libertad humana para Schelling, a diferencia de Kant, no coincide con la racionalidad y el bien. Sería la capacidad efectiva tanto para el bien como para el mal: el ser humano debe decidir si opta por el camino del bien, al subordinar su voluntad propia, como fundamento, a la voluntad universal o si, en cambio, intenta poner por encima de esa voluntad universal su voluntad propia. Más allá de eso, el ser humano, como “ser inteligible”, es decir, no empírico, es justamente ese acto eterno de decisión. El hombre es acción y esa acción es decisión. El producto es su propia esencia o personalidad. Esa personalidad es la que se manifiesta empíricamente y ahí, en el plano de lo fenómenico, realiza el bien o el mal.

Dios, por su parte, al poseer su propio fundamento, sólo opta siempre por el bien. En él el fundamento de su existencia siempre está subordinado al principio ideal de revelación o amor. En él no es posible invertir los principios, es por ello perfectamente bueno, como el Dios pensado por Kant.

Por caminos distintos, el filósofo de Königsberg y el de Leonberg llegan a un punto de coincidencia: Dios no es libre para el mal, él es bueno necesariamente. Es el hombre el que puede o no alejarse del bien.