Por Gabriel Espinoza Íñiguez
¡Se lo robaron! —dijeron las mujeres en Temaca el lunes 25 de octubre de 2010. En efecto, el Cristo que algunos conocen como el Divino Preso (en el pueblo, Señor de la Humildad) había desaparecido de la capilla lateral en la Basílica de Nuestra Señora de los Remedios.
El ladrón violó las chapas de los canceles y robó el dinero de las alcancías y la imagen antigua del Señor de la Humildad. Fue tan rápido; yo mandé una nota periodística que fue publicada el martes 26 del mismo mes, y el miércoles 27 el anticuario estaba devolviendo humildemente al Cristo sin pedir ningún rescate, argumentando solamente no querer problemas con la ley.
Así regresó a su lugar entre música y aclamaciones de fe. Y más allá de estar sentado y prisionero, se liberó para acompañar al pueblo en procesiones, marchas y campamentos para defender los derechos humanos.
Quince años después, el Cristo sigue su ritmo discreto en una capilla lateral.
Y ahora pienso que se puede hacer una parodia con la problemática de los maiceros de México. Nos han robado las semillas las grandes empresas: las manipulan y las venden carísimas, con el apellido de “mejoradas”.
Ahora roban el precio de la tonelada de maíz y se sigue permitiendo que la Bolsa de Chicago determine el valor de un grano básico para la alimentación de las familias de México y de los ganados que se desarrollan a base de este grano.
Por eso es bueno reconocer la organización de los líderes del campo mexicano que, al no encontrar soluciones seguras por parte de las autoridades federales, han hecho manifestaciones que nos hacen tomar conciencia de que más que el precio del maíz, nos han robado el equilibrio y han provocado la huida del campo a la ciudad.
Y me acordé del señor cura Manuel Campos Álvarez, que cuando estuvimos en la parroquia de Moyahua, Zacatecas, decía: “Uno siembra cebollas y le va bien. Para el siguiente año, todos siembran cebollas y a todos les va mal porque se cae el precio”. Y es que nos falta amor a la diversidad y al equilibrio.
Claro que no se puede comparar el maíz con el agave o el aguacate, pero muchas veces se busca el negocio que dé dinero rápido y no sustentabilidad duradera.
Sin duda, México es una nación megadiversa, pero últimamente queremos parecernos al vecino de enfrente.
En el caso del maíz, yo no soy voz autorizada, pero me voy a atrever a opinar porque siembro un poco, de manera artesanal. Ya bauticé a mis semillas como “Guerreras alteñas”, y comen las ardillas, los mapaches, y algunos vecinos se llevan los elotes. Pero algo muy importante es darle al maíz el valor agregado, así como a otros productos del campo.
Ahora bien, espero que estos bloqueos de las carreteras no sean solo un golpeteo político, sino una verdadera lucha para hacer justicia a las campesinas y campesinos de México, y una oportunidad para buscar alternativas que les den un precio justo o el llamado precio de garantía.
Pero la verdadera solución no está solo en las autoridades o en las industrias y empresas acopiadoras y comercializadoras, sino en los mismos campesinos organizados para darle valor agregado a sus cosechas. Y así como pensamos en un buen precio, debemos pensar en la buena calidad del maíz.
Aquí cabe la pregunta: ¿cuál es la calidad del maíz que consumimos en nuestra dieta diaria? ¿De verdad el mejor maíz para alimentarnos es el blanco? ¿O será el amarillo, que tiene más aceite? ¿O el de colores rosa, negro, azul, rojo, morado…?
Sesenta y cuatro razas, miles de variedades, y hay maíces que pueden costar en el mercado $20 o $40 pesos. ¿Por qué concentrarnos en maíces convencionales solamente?
Los bloqueos pueden seguir, las autoridades seguirán siendo calculadoras, los ciudadanos en general buscamos alternativas para sobrevivir y llegar a donde queremos. Yo espero que todos queramos llegar a encontrar la humildad que hemos perdido.
Hay que recordar el verdadero significado de esta palabra: del latín humus, la esencia de la tierra, la verdad.
Recuperemos el verdadero valor de los maíces y de aquellas personas que consagran su vida a cultivar las semillas para alimentar a este hermoso país. Y que comencemos por Jalisco, de verdad.
Que valoremos la vocación de ser campesinas y campesinos, con el Señor de la Humildad.
Oración final:
Oh Padre, Creador del Universo, que con Cristo tu Hijo y el Espíritu Santo sembraste la vida en este territorio, bendice el trabajo del campesino que labra la tierra y hace manejo de animales.
Haz germinar las semillas y madurar los frutos, libéranos de los malos temporales y haz reproducir los ganados, para que en el campo y la ciudad tengamos alimentos sanos y al alcance de todas las familias.




