Las beguinas

Josefina Reyes Quintanar
Si usted era mujer en el siglo XII en la Europa occidental tenía dos opciones en la vida: o el matrimonio o una vida monacal. Era una época en que los hombres eran los que regían todo lo relacionado con la política y la religión. Pero si tenía la buena suerte de ser parte de la clase media o alta había una tercera posibilidad para subsistir: pertenecer a las beguinas. Un grupo de mujeres laicas, agrupadas para entregarse a Dios y a los más necesitados, independientes y fuera de la Iglesia católica (abiertamente la rechazaban por el trato que daba a las mujeres y por su corrupción). No hay que confundirlas con monjas, no eran religiosas, aunque sí muy espirituales. Fueron tiempos en que los conventos estaban colmados por la sobrepoblación femenina, las Cruzadas habías acabado con una gran cantidad de hombres.
Podríamos considerar a las beguinas como el primer grupo feminista de la historia, ya que eran fieles a sí mismas y no necesitaban de hacer votos ni someterse a ningún tipo de reglas. Por convicción se encargaban de defender a los más desamparados: cuidaban de los enfermos, niños abandonados, ancianos, leprosos. prostitutas y se dedicaban a la enseñanza de niñas sin recursos. Llevaban una vida dedicada a la oración y a trabajos manuales, sobre todo trabajando los textiles como medio de sustento ya que no tenían ningún tipo de ayuda económica. Hay varias versiones para explicar su nombre: “beguina” significa rezadora o pedidora (del alemán antiguo beggen, traducido como rezar o pedir).
Se le llamaba beguinaje al lugar donde vivían, se organizaban al mando de una supervisora que entre ellas mismas elegían democráticamente. Su compromiso no era eterno, era por voluntad propia; si en algún momento alguna quería dimitir era libre de abandonar el grupo de forma inmediata y casarse o seguir con su vida. El tiempo que estuvieran como beguinas era necesario vivir bajo la promesa de pobreza y castidad. Normalmente vivían en casas proporcionadas por la nobleza, aunque de manera muy humilde. Eran reconocidas en la comunidad por el bien que hacían al prójimo, sobre todo en retirar a los leprosos y en los cuidados proporcionados a los más desprotegidos.
Por lo general eran mujeres muy capacitadas intelectualmente y la mayoría practicaba algún arte, como la música, la pintura o la literatura. Gracias al legado de sus obras, los historiadores las consideraron mujeres mentalmente por encima de la media. Una de las beguinas más famosas es Marguerite Porete, autora de El espejo de las almas simples, quien terminó en la hoguera en el año 1310. Su error fue promover su obra, considerada mística, la cual era un diálogo entre el Amor, la Razón y el Alma. Porete se atrevió a escribirlo en su lengua, Picardo (un dialecto del francés), pero en ese tiempo la regla eclesiástica era el latín. Esto le permitía leerlo en público en las localidades haciéndolo muy popular; en resumen, esta beguina pregonaba que el amor a Dios no necesitaba del clero como mediador.
Durante dos siglos en la Edad Media estos grupos no muy numerosos se expandieron rápidamente por el centro de Europa, viviendo en países como Alemania, Austria, Polonia, Italia, Francia y España. Esto gracias a que la Iglesia tuvo un periodo de indiferencia que les proporcionó la libertad para realizar sus tareas, así como el apoyo de la nobleza ya que no se veía nada de malo en que un grupo de mujeres se dedicasen al cuidado de los demás.
Pero la llegada de la Inquisición y su falta de sumisión a las altas esferas eclesiásticas provocaron su decadencia y persecución, muchas de ellas terminaron condenadas por herejía y fueron quemadas vivas, acusadas de brujas. Además, a la Iglesia no le gustó que estos beguinajes atraían donaciones de la nobleza que “les pertenecían”. Fueron vistas como un peligro porque intelectualmente eran superiores a gran parte de la población. Esto provocó con el tiempo que los beguinajes perdieran su sentido generoso y se convirtieron en refugios para mujeres sin recursos como las viudas.
Actualmente los beguinajes existen, en Bélgica, por ejemplo. Lograron resistir la persecución desde la Edad Media hasta nuestros días y quedan algunas decenas, la mayoría de los que subsisten fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998. Fue noticia en 2013 la muerte de la hermana Marcella Pattyn, quien fue la última beguina tradicional, éstas la acogieron debido a que por su condición de ceguera ningún convento la aceptó. Fue la última superviviente del beguinaje de Kortijk, Bélgica.