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Lo que nos une

Lo que nos une

Eduardo Jorge González Yáñez

 

No todo es tan dual como parece, y en realidad pocas cosas lo son. Es mi opinión que en este momento lo que toca es cerrar filas con el presidente y el espléndido equipo de la Secretaría de Salud —dependencia donde solo 20% de los cargos mayores están personificados por mujeres y 0% por indígenas— a cargo del manejo de la contingencia sanitaria. No por una cuestión ideológica y mucho menos política. La realidad es que con ellos estamos atorados mínimo dos años más y no hay mucho espacio a dónde hacerse. Y eso si los planes democratizadores de Carlos Salazar Lomelín, a quien la cuarentena orilló a mostrar el cobre, encuentran cabida en algún lugar además de su cabeza.

¿Pero a quién se le ocurre? No se puede ser más mezquino. Les cerraron la puerta, sí, cuarenta años muy tarde. Y nadie les quita que el plan de reactivación económica es una osadía salvaje por no incluir lo de siempre; que las arcas públicas ya no están a su disposición; que nadie va a contraer deuda para salvarlos; que tienen que pagar una rarísima cosa que se llama impuestos, y lo que gusten y manden, pero es que hasta para no tener vergüenza hay que tener gracia, y eso de exigir apoyo en las circunstancias en que estamos no es solo de mal gusto, cae en la mofa. Es insultante. De no creerse: llamar a la polarización política en un país desangrado por funcionarios que no han sabido sino llevar agua a su molino y que polarizado está.

Uno no puede correr el riesgo de comprarles su historia. Hay veinte mundos de diferencia entre esos dueños de tanto dinero y las decenas de millones de pobres que en México no tienen nada más que su alma y un dólar al día o un poco menos; y diecinueve mundos entre los dueños de todo y la clase media mexicana con sus delirios de grandeza. En los cuentos de terror de los empresarios solo caben ellos. A las y los mexicanos de la banqueta nos une el deseo de justicia y de igualdad; el anhelo de salir de este hoyo y la voluntad de que, para lograrlo, cada uno, en la medida de su capacidad, se quede en su casa.

Y ni para qué aburrirlos hablando del virus, si el doctor Hugo López-Gatell ya lo hace todos los días. La explicación es simple y no hace falta saber mucho más. Ingenuo me podrán llamar algunos pero fielmente creo que no hace falta analizarlo todo. Hay profesionales que nos cuidan y en su profesionalismo hay que confiar. Y cooperar. Por eso en casa nos quedamos y para eso tampoco estamos muy solos.

No cuento los días del encierro porque no tiene caso. Al final, estamos aquí y puede uno picarse los ojos o malgastarlos durante interminables horas frente al resplandor de las pantallas de los celulares, que arrojan pánico tanto como noticias falsas. Pero en tiempos de reclusión voluntaria hay más vida que la misma rutina muerta de siempre. Son tiempos de incursionar y descubrir en lo inexplorado: en las cosas que nos vienen dadas y en donde se encuentra un auspicioso refugio. La soledad, la ansiedad y el insomnio no son inevitables. Dijo Nellie Campobello que amar a nuestro pueblo es orientarlo hacia las cosas bellas, hacia el respeto a la vida propia y, claro está, a la vida de los demás. En época de cuarentena, tendrá cada quien que aprender a estar consigo, incluso si tiene compañía, y encontrar la paz en el silencio de esas cosas bellas.

A mí me resguarda ver buen cine. De ese cine inesperado que nos cuenta algo bueno. Algo nuevo. Leer, leer y leer y cuando me canso, leer para descansar: la generosidad de Angeles Mastretta en El absurdo cotidiano y Puerto libre de la revista Nexos; la inmensidad del acervo de Debate Feminista en sus treinta años de publicaciones, disponibles todos en el sitio del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM y a disposición de quien quiera enterarse; las recetas de gelatina de toronja que comparte nadie menos que Elena Poniatowska en Twitter; las reflexiones quinquenales e imperdibles de Marta Lamas en la revista Proceso; las desventuras de los personajes anónimos del México de hoy, retratadas impecablemente cada domingo por Cristina Pacheco en Mar de Historias, en La Jornada, desde hace más de treinta años; y en el mismo diario, las aventuras de quienes sí tienen nombre, expuestas por la inagotable labor periodística de Elena Poniatowska.

Pero también comer bien y hacer ejercicio; encontrar nuevos temas de conversación y agotarlos; enterarme y escribir de lo que pasa; dormir suficiente y levantarme temprano. Limpiar, sacudir y sacar de mis cajones lo que tiene su lugar en el bote de la basura. Y nunca olvidar que si no se va a juntar gente afuera, que tampoco se junten los trastes adentro.

Quedarnos en casa es lo de hoy y ni modo. No oculto que tengo la fortuna de ser una persona joven y que de mi cartera no depende nadie. Sé que mi situación es más bien la excepción a la regla, pero en estos tiempos en que anda suelto un mal —que ya se ha dicho que si lo llamas, viene—, urge unirnos para hacer frente a la enfermedad, a la crisis, al pánico, a las noticias falsas y al cinismo de los empresarios.

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