Los divorcios del maíz

El próximo 29 de septiembre es el Día Nacional del Maíz. En Guadalajara habrá eventos desde el domingo 27. Yo, por mi parte, inicié el otoño ayer, 21 de septiembre, cenando el tradicional taninole. Así le llamaba mi padre al platillo de calabaza con camote y leche que degustábamos de niños, endulzado con dulce piloncillo.

Por cierto, también comí el pozolillo de maíz tierno con costillita de puerco y una buena bebida de agua de jamaica. ¡Qué buena es la cocina mexicana! Hace unos días gritamos «Viva México» y ahora, a la vez, «Sin maíz no hay país». Precisamente por eso nació esta celebración, ya que en muchas partes septiembre es la temporada de los elotes, los tamales de dulce y sal, las gorditas de horno, las tacasotas, el pan de elote y un largo etcétera.

Y si alguien ya no siente suya esta cultura maicera, es porque ya se divorció del maíz. El sistema actual nos ha separado de estos procesos de la vida campesina. Tú podrás decir: «Yo como tortillas, tamales, tacos, tejuino (pura vitamina T), tostadas, tacasotas, pinole, huachal y hasta huitlacoche», pero no tienes contacto con las semillas, con la parcela o cuamil; no manejas un tractor ni una yunta, ni bueyes, ni animales de tiro, ni la coa o el azadón.

No arriesgas la cosecha por la sequía o las inundaciones. Los animales del vecino o las criaturas silvestres no brincan las cercas y se comen parte del fruto. ¿Y qué decir de los gorgojos, que vienen a picar el maíz y otras semillas?

El otro divorcio es el biológico. En el sistema milpa, el maíz convive en matrimonio con el frijol, la calabaza, la chilacayota, el tomate milpero, el chile, el cacahuate y otras.

Desgraciadamente, este divorcio es grave, porque con la producción intensiva en forma de monocultivo y el uso indiscriminado de herbicidas e insecticidas se convierte en una ruptura que lleva al pragmatismo. En este escenario, el dinero suple todo, pero se olvida la unión sagrada del ser humano hecho de maíz.

Y en este momento crucial de la historia, ante la avalancha de semillas transgénicas y la desertificación de los pueblos campesinos, de forma popular te invito a la campaña permanente: volvamos a la raíz.

Con cariño, y para evitar más divorcios, les comparto estos versos que compuse en 2013, hace 13 años:

Ha llegado el momento de volver a la raíz, no podemos esperar a que se acabe el maíz.

Las ciudades van creciendo sin orden y sin medida; en cambio, los campesinos desaparecen sin vida.

Yo no me voy a quedar con los dos brazos cruzados: con uno voy a rezar y con el otro, el arado.

Es momento de volver a ser románticos, de valorar los maíces de colores con todas sus propiedades nutrimentales y medicinales. Es momento de hacer bancos y casas de semillas para regalar y compartir en espera del nuevo ciclo primavera-verano. Y para evitar que se piquen las semillas, podemos usar cal con ceniza, refrigeración u otros sistemas convencionales, aunque yo recomiendo lo más natural y económico.

Y si no tienes tierra para sembrar en lo propio, comienza en algún área comunitaria o familiar. No digas que es imposible volverse a enamorar.

Gabriel Espinoza Íñiguez nació en Cosolapa, Oaxaca, el 30 de agosto de 1968. Es hijo de padres campesinos y comerciantes, Cesario Espinoza y Librada Íñiguez, ambos originarios de Temacapulín, Jalisco. Estudió Filosofía y Teología en el Seminario Conciliar del Señor San José, en Guadalajara. Ejerció como sacerdote de 1995 a 2015. A partir de 2015 solicitó dispensa a la Santa Sede y realizó un intenso trabajo social en rechazo a la presa El Zapotillo y a la privatización del agua. Diseñó la campaña permanente Volvamos a la Raíz y cursó la maestría en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Actualmente trabaja en proyectos de soberanía alimentaria y medio ambiente, y colabora en iniciativas con la Universidad de Guadalajara, en el Centro Universitario de los Altos (CUAltos).
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