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Los reflejos en el bosque, de Fournier

Los reflejos en el bosque, de Fournier

María Fernanda Matos

 

El Museo de Arte Raúl Anguiano [MURA] inauguró en días pasados “El que todo lo ve desde el bosque”, una exposición de Alejandro Fournier que trasporta al momento actual el tema bíblico de la Creación, y replantea el trasfondo moralista que Hyeronimus Bosch, conocido como El Bosco, dejó plasmado en El jardín de las delicias hace más de quinientos años. El cuadro, que Felipe II de España guardara en sus habitaciones del Escorial, le sirve de eje para desarrollar un conjunto de piezas alusivas al pasaje del Génesis, previo al pecado de la soberbia que condenaría a la pareja bíblica a avergonzarse de su desnudez y a la mortalidad.

En una serie de fotografías aparecen un hombre negro y una mujer blanca, que posan yaciendo plácidamente en un bosque, mientras contemplan su imagen en el espejo. El culto a la belleza y el placer de mirarse a sí mismo se ve representado en estos cuerpos desnudos, proporcionados y armónicos, que parecen salidos del gimnasio o del tratado de Vitruvio. Las fotos, de factura impecable, llevan adheridos pequeños espejos que invitan al espectador a mirarse y formar parte de la escena: “Mirar es verse en la obra que se expone”, dicen en el texto introductorio los curadores de la muestra.

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El recorrido de la sala lleva hacia el cuadro que Fournier presentó, en 2016, en el Museo de Arte Carrillo Gil, con motivo de la conmemoración de la muerte del pintor flamenco. Se trata de una paráfrasis del panel izquierdo del famoso tríptico, interpretado por el tapatío con una Eva de cuerpo tatuado y un Adán con un ave en la cabeza, volteando el rostro hacia la cámara de un teléfono móvil para capturar su propia imagen. Las medidas y el enmarcado coinciden con la pieza que resguarda el Museo del Prado, pero aquí los protagonistas ya no fijan la mirada en la figura de Dios.

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Exposición de Fournier.

En la glosa de Fournier la presencia divina desaparece del escenario, al igual que las alimañas y otros elementos, pero agrega imágenes que hacen cambiar el sentido de la obra original. El aparato celular y el espejo, tanto como las fotografías de un Adán y una Eva de distinta raza, modifican el concepto de los arquetipos edénicos. Los objetos añadidos al contexto sirven para cruzar tiempos y espacios geográficos, y conectan una realidad actual con el mundo medieval y el Renacimiento, mediante un tema que entonces gozó de una extensa iconografía y que, por sus implicaciones religiosas, permitió mostrar la desnudez del cuerpo.

La complacencia de estos personajes por ver su reflejo, hacen remembrar el mito de Narciso: la selfie y el espejo son, en la actualidad, lo que el agua fue para el bello joven que se hundió por verse en ella.

Por cierto, cabe señalar que este autor, nacido en Guadalajara en 1977, se ha caracterizado por abordar sus producciones de manera multidisciplinaria, y ahora no es la excepción. La pequeña sala de la planta baja del MURA reúne música, instalación, escultura y vídeo, además de fotografía y pintura. Sin embargo, algunos objetos me parecieron ajenos o, en todo caso, forzados dentro del discurso curatorial.

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