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Los trabajadores, en capilla

Los trabajadores, en capilla

Los trabajadores, en capilla.

Juan M. Negrete

Lo primero que nos debe quedar claro en la discusión presente, desatada a propósito de la revisión del modelo laboral Outsourcing (en inglés), subcontratación o tercerización, son las cifras reales del empleo en el país. Los números siempre son un faro de luz. Aunque se puedan manipular, siempre resultan más prístinos que los meros discursos, donde abundan la demagogia y las mentiras abiertas. Se les llama fake news, porque a todo le vamos poniendo nombres en inglés. Hasta que nos curemos de la mentalidad colonizada que se extiende cada día más, sin que reparemos en ello. Vengamos a los números.

Para conocer los números entre la informalidad y la formalidad, basta con recurrir a las tabulaciones que maneja el Inegi sobre la totalidad de nuestra PEA que arroja la cifra de 57. 2 millones de paisanos. En el IMSS se tiene registrada, al cierre del mes de noviembre pasado, la cantidad de 20 millones, 51 mil, 552 de trabajadores. Esta es la cifra de los que están inscritos en sus bitácoras o nóminas. Faltaría incorporar algunos otros registros como el del ISSSTE y el ISFAM, si se quisieran manejar cifras muy exactas. Pero estas dos columnas nos dan una panorámica bastante ajustada de lo que se vive en el país por los días que corren.

Si hay una cantidad de entre 20 y 22 millones de trabajadores inscritos formalmente en centros de trabajo registrados, quiere decir que tenemos en el país un espectro de 30 millones en la informalidad. Esta diferencia es muy grave, vista por donde se le quiera ver. La cuestión de fondo es que al empleo informal simplemente se le regatean las prestaciones sociales. El contrato laboral del informal, que a buen seguro ni siquiera existe escrito y sólo se hubiere acordado de palabra, no garantiza definitividad alguna. No contempla basificación. Es temporal o meramente eventual. Y, lo que es peor, no genera antigüedad, vacaciones, aguinaldos, ni primas, mucho menos hermanas. Es contratación al estilo del siglo XIX, en la que el empleado tenía que bendecir y halagar al patrón porque le daba empleo, porque le quitaba el hambre. Se norma en el formato viejo de los contratos, a los que nuestros abuelos pintaban con el refrán de chivo brincado, chivo pagado.

Ya que la 4T está abriendo esta caja de Pandora, que es uno de los capítulos más dolorosos de nuestra realidad, ha de llevar a las instancias legislativas una discusión seria y a fondo sobre la cuestión laboral. No podemos seguir así, como si todo marchara sobre rieles. Vemos que más de la mitad de nuestra población trabajadora vive desprotegida y expoliada. La depredación de su fuerza de trabajo, que es lo único que posee, no conoce retenes desde hace muchos años. Y, a como vamos, parece que no será pronto corregida.

No se crea que por el hecho de aparecer en nómina y se pase con ello al registro laboral formal, ya se cruzó el umbral a los espacios del edén. Justamente es la denuncia que algunos legisladores han elevado a tales espacios con la rebatinga sobre el Outsourcing. Gómez Urrutia ha sido el impulsor que encabeza esta iniciativa. Habla en sus documentos de una cantidad que va de los ocho a los diez millones de trabajadores enclavados en el formato de la subcontratación, que viene a ser casi lo mismo que la informalidad pues. O sea que de los veintitantos millones de empleos con registro, casi la mitad vive en un mero simulacro de lo bien pagado. ¿A qué estamos jugando entonces?

Ligado a la simulación del empleo legal, figurado como bien remunerado aunque no sea cierto, viene el regateo del dinero depositado en las Afores, mediante el que se pretende que ya en el retiro los viejos trabajadores enfrenten sin muchos sobresaltos las penas de la senectud. La iniciativa que elevó al congreso el señor AMLO para bajar el número de semanas por cotizar y por aumentar la cantidad del depósito de los patrones, está constreñida a la infame percepción por salario mínimo. Ésta viene a ser la peor vergüenza nuestra, pues resulta la más baja del mundo. Eso de que el tope actual de la jubilación suba del 30% actual al 40%, tomando como base el salario del trabajador es, por decir lo menos, una mera mentada de madre.

Si cerca del 70% de los formalitos trabajadores en activo perciben menos de dos salarios mínimos, o sea que están contenidos por debajo de los seis mil pesos al mes, que se contemple favorecerles con una pensión de entre dos y tres mil pesos insulta la inteligencia de todo mundo, no sólo del supuesto beneficiado. La opinión de este redactor sobre este particular se atiene al objetivo de que si nos hemos de batir en serio por poner orden en la casa, lo hagamos ya y sin embustes, sin medias tintas, sin bromas de mal gusto.

Para empezar, ponerle fin a la farsa de los sindicatos. Sean charros, sean blancos, o sean de azul celeste, tienen medio siglo o más tiñendo de blanco a nuestros horizontes laborales, para darnos atolito con el dedo. Sabemos con claridad que tales estructuras contrahechas fueron prohijadas y vitalizadas con el corporativismo del estado mexicano priísta. De alguna forma hemos de llamar a tales adefesios. Ahí están, pero hemos de reventar todo ese tinglado dañino. Hemos de tronar tales elefantes blancos, reumáticos. Estamos por poner pues las cosas en su sitio y establecer la tan ansiada justicia social. Mantener sometido al pueblo trabajador, cuyo voto mayoritario llevó a Andrés Manuel al solio presidencial, es una injusticia que no ha de seguir siendo disfrazada y mucho menos tolerada. Luego le seguimos.

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