Menstruar es parte de la vida: entre cólicos, sangrado y rutina

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Una persona se despierta con dolor en el vientre. Tal vez durmió mal. Tiene cólicos, sangra, siente cansancio, inflamación, dolor de espalda o de cabeza. Se levanta, se baña, coloca una toalla sanitaria, un tampón, una copa o utiliza el producto menstrual que tenga disponible, se viste y sale. Tiene que estudiar. Tiene que trabajar. Tiene que atender una reunión. Tiene que cumplir. Y, además, tiene que procurar que nadie note demasiado lo que está pasando.

¿Por qué?

¿Por qué hemos convertido la menstruación en un proceso que debe vivirse como si no estuviera ocurriendo?

A muchas personas asignadas con el sexo femenino al nacer se nos enseña desde muy jóvenes una regla que nunca aparece escrita: puedes menstruar, pero procura que no se note. No manches la ropa. No enseñes la toalla sanitaria. No digas demasiado que te duele. No utilices el sangrado como “excusa”. Y, sobre todo, continúa con tu día.

Entonces aprendemos algo extraño: que un cuerpo puede estar atravesando un proceso físico real y, aun así, la expectativa social es que produzca, estudie, trabaje, sonría y responda exactamente igual.

Pero hagamos una pregunta incómoda: ¿por qué la normalidad de la menstruación terminó significando que sus efectos deben soportarse en silencio?

Decir que menstruar es natural no significa que todas las menstruaciones sean fáciles. Tampoco todas las personas las experimentamos de la misma manera. Para algunas, el sangrado llega con molestias manejables; para otras puede implicar dolor intenso, agotamiento, cambios gastrointestinales, migrañas, dificultad para concentrarse o un malestar que altera completamente el día. Y existen dolores o sangrados que, precisamente por haberse normalizado durante años, pueden tardar en recibir atención.

Sin embargo, aparece una frase conocida:

“Pero si eso te pasa todos los meses”.

¿Y qué demuestra eso?

Que algo ocurra cada mes no hace que deje de doler. Que sea frecuente no significa que sea insignificante. Que millones de personas lo experimentemos tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en una obligación.

Tal vez ahí está una de las contradicciones más fuertes: hemos normalizado tanto la menstruación que terminamos normalizando también la idea de aguantarla.

Desde la adolescencia comienza el entrenamiento. Una estudiante pide permiso para ir al baño porque está menstruando y puede sentir vergüenza de decirlo. Otra descubre una mancha en su uniforme y probablemente su primera preocupación no sea el sangrado, sino quién la vio. Alguien lleva una toalla sanitaria escondida entre las manos camino al baño, como si transportara algo prohibido.

¿Por qué escondemos una toalla sanitaria?

¿Por qué todavía bajamos la voz para hablar de menstruación?

¿Por qué una mancha menstrual puede convertirse en motivo de burla?

¿Por qué aprendimos a sentir vergüenza de una función corporal?

Y dentro de esa conversación también existe una realidad que muchas veces queda fuera: no todas las personas que menstruamos somos mujeres y no todas las mujeres menstrúan.

Soy un hombre trans y también menstruo.

Lo digo porque hablar de menstruación también implica reconocer la diversidad de quienes la vivimos. Algunos hombres trans menstruamos y conocemos los cólicos, el sangrado, el cansancio, la preocupación por una posible mancha y la necesidad de continuar con nuestras actividades mientras todo eso está ocurriendo.

En algunos casos aparecen, además, situaciones que rara vez se consideran cuando se habla del tema: entrar a un baño de hombres con una toalla sanitaria, preguntarse dónde desecharla si no existe un recipiente dentro del cubículo o simplemente evitar que alguien vea el producto para no tener que explicar algo tan íntimo.

Pero menstruar no determina quién soy.

Menstruar no me hace menos hombre.

Mi experiencia es una entre millones de experiencias diferentes alrededor de la menstruación. Incluirla no significa desplazar la realidad de las mujeres ni desconocer que históricamente ellas han cargado con buena parte de los estigmas, silencios y desigualdades relacionados con la menstruación. Significa entender que podemos ampliar la conversación sin borrar a nadie.

Porque, independientemente de quién esté menstruando, hay preguntas que siguen siendo las mismas.

¿Tengo suficientes productos para todo el día?

¿Cuándo podré volver al baño?

¿Se habrá manchado mi ropa?

¿Podré concentrarme a pesar del dolor?

¿Tengo que explicar cuánto me duele para que alguien considere válido que necesite detenerme?

Después llega la adultez y cambia el escenario, pero no necesariamente la exigencia. Ahora hay horarios, reuniones, jornadas laborales, transporte público, responsabilidades familiares y espacios donde quizá ni siquiera existe un baño adecuado o el tiempo suficiente para cambiar un producto menstrual con tranquilidad.

El mensaje continúa siendo prácticamente el mismo:

Resuélvelo y sigue.

Y vale la pena preguntarnos quién diseñó esa normalidad.

No se trata de afirmar que toda persona que menstrúa debe quedarse en casa cada mes. Tampoco de presentar la menstruación como una enfermedad o asumir que todas necesitamos las mismas condiciones. Se trata precisamente de lo contrario: reconocer que los cuerpos no funcionan de manera idéntica y que la igualdad no debería significar fingir que sí.

Porque también existe un riesgo cuando hablamos de esto: utilizar la menstruación para reforzar la vieja idea de que quienes menstruamos somos más débiles, menos capaces o menos productivos.

No.

Una persona no pierde capacidad, inteligencia ni autonomía porque menstrúe. Lo cuestionable es exigirle que demuestre permanentemente su capacidad ocultando cualquier malestar.

Quizá deberíamos dejar de admirar tanto la frase:

“Aguantó y siguió como si nada”.

¿Por qué “como si nada” tiene que ser el estándar?

¿Por qué descansar necesita una justificación extraordinaria?

¿Por qué reconocer dolor puede interpretarse como debilidad mientras soportarlo en silencio recibe el nombre de fortaleza?

Y hay otra pregunta todavía más incómoda: si la menstruación hubiera sido históricamente una experiencia corporal principalmente masculina, ¿habríamos construido las mismas reglas alrededor de ella?

¿Los baños públicos estarían preparados de otra manera? ¿Los productos menstruales serían tratados simplemente como artículos básicos? ¿Hablaríamos del dolor con mayor naturalidad? ¿Existiría más flexibilidad cuando los síntomas fueran incapacitantes? ¿O también les habríamos enseñado desde niños a esconder una toalla sanitaria camino al baño?

No podemos saber exactamente cómo sería ese mundo.

Pero sí podemos cuestionar el que construimos.

Porque menstruar no debería dar vergüenza. Pedir ir al baño no debería convertirse en una negociación. Necesitar descansar cuando existe dolor intenso no debería provocar culpa. Y mucho menos deberíamos enseñar desde edades tempranas que crecer significa aprender a soportar dolor sin incomodar a los demás.

También tenemos que aprender que decir “personas que menstrúan” no elimina a las mujeres de la conversación. Las incluye, pero permite reconocer que también existimos hombres trans y otras personas que podemos menstruar. Podemos hablar de las desigualdades que viven las mujeres y, al mismo tiempo, reconocer otras experiencias.

No debería ser una competencia por ver quién tiene derecho a hablar de menstruación.

Debería ser una conversación sobre cuerpos, salud, dignidad, dolor y necesidades.

Tal vez la pregunta nunca debió ser:

“¿Por qué no puedes seguir como si nada?”

Tal vez deberíamos preguntarnos:

¿Por qué esperamos que alguien esté pasando por algo y actúe como si no estuviera pasando absolutamente nada?

Menstruar es normal.

Lo que merece ser cuestionado es que hayamos confundido normalizar la menstruación con normalizar el silencio, el dolor y la obligación de aguantar.

Porque menstruar es parte de la vida.

Y poder vivir esos días sin vergüenza, sin esconderse y sin tener que demostrar cuánto podemos soportar también debería serlo.

Pero después de cuestionar todo esto, quiero terminar hablándote a ti, a la persona que menstrúa.

A ti que alguna vez escondiste una toalla sanitaria entre las manos camino al baño. A ti que caminaste con miedo de haberte manchado. A ti que has sentido cólicos mientras estabas estudiando, trabajando, en una reunión o simplemente intentando terminar el día. A ti que alguna vez respondiste “estoy bien” cuando en realidad necesitabas sentarte, acostarte o esperar a que el dolor disminuyera.

No te avergüences de menstruar.

No te avergüences de llevar una toalla sanitaria en la mano. No te avergüences de decir que tienes cólicos. No te avergüences de preguntar dónde hay un baño. No te avergüences si alguna vez te manchas. Y tampoco te avergüences de reconocer que ese día simplemente necesitas descansar.

Una mancha de sangre en tu ropa no debería convertirse en una humillación.

Un producto menstrual no es algo que tengamos que esconder.

Y decir “estoy menstruando” nunca debería sentirse como una confesión.

A las niñas y adolescentes que apenas comienzan a conocer este proceso, a las mujeres que llevan años viviéndolo, a los hombres trans que también menstruamos y a cada persona que atraviesa esta experiencia: nuestros cuerpos no tienen nada de qué avergonzarse.

Habrá días en los que menstruar apenas cambie nuestra rutina. Habrá otros en los que levantarnos de la cama cueste más. Habrá quienes tengan pocos síntomas y quienes atraviesen horas de dolor. No existe una única manera de menstruar y tampoco debería existir una única manera correcta de enfrentarlo.

No tenemos que demostrar fortaleza soportándolo todo en silencio.

Porque quizá durante demasiado tiempo nos enseñaron a esconder la sangre, esconder la toalla, esconder el dolor y continuar como si nada.

Tal vez ahora nos corresponde aprender algo diferente: dejar de sentir que tenemos algo que esconder.

Que nadie convierta tu dolor en exageración.

Que nadie convierta tu necesidad de descansar en debilidad.

Que nadie convierta una mancha accidental en motivo de vergüenza.

Y que nadie utilice la menstruación para decirte quién eres o quién deberías ser.

Menstruar no te hace débil.

Menstruar no te hace menos capaz.

Y menstruar tampoco define quién eres.

Así que la próxima vez que tengas que caminar hacia un baño con una toalla sanitaria, un tampón, una copa o cualquier producto menstrual en la mano, recuerda algo:

no llevas nada que debas esconder.

Llevas algo que necesitas para cuidar de tu cuerpo.

No bajes la mirada por ello. No tengas vergüenza de decir que te duele. No sientas que tienes que actuar como si nada estuviera ocurriendo para demostrar que eres fuerte.

La fortaleza también puede estar en escuchar nuestro cuerpo, reconocer lo que sentimos y permitirnos decir: hoy me duele.

Porque nuestros cuerpos nunca debieron aprender a sentir vergüenza por menstruar.

Menstruar es parte de la vida.

Y quizá normalizarlo de verdad empiece el día en que dejemos de esconder la sangre, el dolor y los productos menstruales y podamos simplemente decir, sin bajar la voz y sin sentir vergüenza: estoy menstruando, y no tengo nada que ocultar.

Alex Izán Hernández
Hombre trans, defensor de derechos humanos e ingeniero infieri en Informática y Electrónica. Cuenta con experiencia en el desarrollo y aplicación de tecnologías con enfoque de género, así como en la gestión y análisis de bases de datos orientadas a la identificación de patrones de violencia. Actualmente coordina el Observatorio de Violencia Social y de Género de la Red Lésbica Cattrachas, donde se desempeña como analista de muertes violentas de personas LGBTTI y de niñas, adolescentes y mujeres, además de realizar el seguimiento y monitoreo sistemático de noticias en medios digitales. De manera paralela, ejerce funciones como técnico en tecnología dentro de la misma organización.