México y el complejo de inferioridad
Alfonszo Rubio Delgado
Desde siempre, la nación mexicana se ha caracterizado por tener arraigado un complejo de inferioridad. Siempre amable con el extranjero, al que le brinda toda la hospitalidad posible. Aclarando, el extranjero rubio, el de piel clara. No ocurre lo mismo con otras razas, a las que tolera pero que no acepta del todo. Rechazo parcial del propio, a no ser que venga recomendado o “le caiga bien”. O bien sea alguien emparentado, aunque sea lejano.
En el campo intelectual, existen grandes figuras de mexicanos que han destacado. Más en lo individual que en equipo. Parecen más la excepción que la regla, pues han llegado a adelantarse los filósofos mexicanos, a corrientes del pensamiento universal. También científicos lo han hecho, aunque las ideas filosóficas no han trascendido. O si lo han hecho, los europeos se las han atribuido.
Como se dice por ahí que ocurrió con el existencialismo, en el que el eurocentrismo terminó adjudicándoselas a los propios, cosa que no es de extrañar. Desde siempre, quienes mangonean a la humanidad se encargan de quitar y poner créditos, sin importar de quien sean, sólo obedeciendo al ridículo de sus designios, o bien a la falta de madurez humana, cual si fuese necesario un desarrollo parejo del humano. Por ejemplo, lo que ocurrió con las pruebas de vuelo, de Leonardo Da Vinci, o la teoría sobre la liberación de la energía propuesta por Roger Voscovich.
El caso es que en cualesquiera de los campos del conocimiento prevalece un fuerte tufo de incapacidad auto impuesta. La “veneración” desarrollada por muchos mexicanos raya en lo absurdo. Les han hecho creer que el pensamiento de algunos personajes destacados, tanto en ciencia como en tecnología o filosofía, es definitivo, una especie de personajes religiosos tocados por la divinidad, por lo que son insuperables. Si el entenderlos ya es “la gran cosa”, ¿superarlos? imposible. El don divino, concepto surgido de la religión, es insuperable. También los designios del altísimo, mismos que son asumidos por ciertos personajes “tocados”. Lo que les da una reputación y prestigio insuperable. Les gana un lugar en el olimpo.
Esto, sin duda, le acarrea un estatus quo. Ello, con el objeto de asimilar lo descubierto. Cosa que de alguna forma trae atraso social. Pues al considerar definitivas, ciertas cosas descubiertas por seres humanos, se inhibe la creatividad y el avance del conocimiento.
Ésta es una dinámica absurda. Tanto hay complejo de superioridad de los que se creen superiores, como complejo de inferioridad de los que se creen inferiores. Aunque la soberbia de los primeros y la humildad de los otros, es igual de nefasta. Impide la marcha del conocimiento humano. El que se siente superior, aunque no haya descubierto ni creado nada, se siente privilegiado. Se considera del grupo de los buenos. Por tanto con el derecho de menospreciar o ver por debajo del hombro a quien no está a su “nivel”, a sentirse poblador del olimpo.
Esto le otorga el poder de menospreciar, o bien le autoriza a descalificar las ideas de aquellos que no tuvieron su “suerte”. De esta manera, este tipo de “árbitros” nefastos realiza su labor de retroceso cognoscitivo. Por su parte, quienes teniendo el complejo de inferioridad, aceptan los decires de aquel, en una postura cultural impuesta por varias generaciones, menosprecian su legado. Pues al hacer uso de esa herencia destructora desprecian su mismidad. Repudian lo propio, considerándolo de escaso o nulo valor, sin darse cuenta que puede ser plagiado y despojado de su tesoro cognitivo. Quien lo capitalice puede ser aquel que, dada su soberbia, sólo tiene el complejo de superioridad.
Algo así le ocurrió a la astrónoma británica Cecilia Payne Goposhkin. Ella descubre que las estrellas se componen de hidrógeno y helio. Henry Norris Russell le plagió el hallazgo y se quedó con los créditos. Más tarde se descubrió el fraude. Lo peor de estos temibles sujetos es que no miden el daño hecho al avance del conocimiento. En su afán por destacar, pisotean a los creadores. O bien, impiden que se aprovechen los aportes.
Sin el respeto y el reconocimiento hacia quienes aportan elementos cognitivos a la humanidad, los soberbios impedirán el aporte de quienes piensan. Aunque también se autosabotearán quienes, pudiendo aportar ideas valiosas, tengan el complejo de inferioridad.
Luego, la humanidad, tendrá que imponer controles para que el flujo cognitivo fluya. De tal forma que, en un ambiente de respeto, los individuos pensantes puedan hacer aportes que impulsen al ser humano, a la conquista del macrocosmos, microcosmos y a su propia mismidad, para así poder desplegar sus capacidades.
¡Saludos amig@s!




