Miguelillo, el hortelano. (Cuento cristero)

MIGUELITO, EL HORTELANO.  Ejutla, 1929. (Relato Cristero)

Gabriel Michel Padilla

Primera parte

-Sólo una vez se vive, Miguelito.

  • Sólo una vez se muere don Prudencio.
  • Tienes toda la razón, pero yo ya viví más de setenta. Estos ojos cansados como tú los miras, tuvieron la mala suerte de ver muchas cosas feas: vieron a Pedro Zamora violando muchachas en la Villa de Purificación. Vieron, además, llegar en turbas carrancistas y villistas, a mucha gente mala, haciendo destrozos sin ton ni son en este pobre pueblo de monjas y padrecitos.
  • Este pobre pueblo cuyo único pecado consiste en creer con mucho fervor en sus santos, además de tener un monasterio cuyas torres son tan altas y elegantes que las nubes las ocultan y por las noches sus pararrayos juegan con las estrellas. Pero eso, a los federales les tiene sin cuidado, ellos llegan a este pueblo y matan sin ninguna pena a todo aquel envalentonado que se quiera pasar de vivo, como tú lo estás haciendo sin recato alguno, Miguelito.
  • Por eso te suplico por el alma del señor cura Amezcua, que dejes de andar organizando peregrinaciones. Eso les enfada mucho a los federales. Además, tienes apenas 16 años y una hermanita huérfana, que vive de tus rábanos, de tus tomates, de tus lechugas y ejotes. Si te matan ¿qué va a pasar con ella?
  • Aparte de una tía muy bondadosa que siempre me pregunta por mi hermanita, mi Santísima Madre del cielo no le quitará su protección. Yo me negué a que mi tía la mantuviera, desde que aprendí a trabajar en el campo y a producir estas verduras frescas que a diario beben agua de la acequia que me pasa por mi propio corral convertido en huerto. A propósito, lleve una lechuga para su comida, y en la noche lo espero a la peregrinación.
  • No tienes lucha Miguelito.

Y así, como todos los días, al caer la tarde, la gente se fue juntado muy cerca del panteón, y se formaba en filas. Cada grupo llevaba un estandarte y sendos ramos de flores del campo, unos llevaban manojos de santa maría, otros nardos silvestres, de los que se dan en las laderas del Narigón. Apenas se asomaban los primeros astros que más bien parecían espinas de oro clavadas en el cielo de Ejutla; entonces comenzaba la marcha.

Las huellas del caudillo enamorado

Sigamos con fervor

Vamos tras él, su voz ha resonado

Tremolemos la insignia del amor.

             En redes amorosas

            Te viste prisionero

           Amor fue tu divisa

           Tu lema, tu ideal.

El coro de voces femeninas, alternado con gruesas y vibrantes voces varoniles, atravesaba el corazón de quienes indecisos aún dentro de sus casas, no se atrevían a vencer el miedo a las tropas federales que en cualquier momento podía aparecer ya sea por el rumbo de Macuaitla o de San Gaspar, o bajando por el cerro de la Peña. Pero aquel canto lleno de magia hacía que los cobardes salieran envalentonados de sus escondites, a enfrentar cualquier riesgo.

Los peones de los añejos trapiches que toda la vida, desde que cumplían 15 años cantaban “El Alabado”, cuando los molinos iniciaban la zafra, encontraron en ese mozuelo, trovador de cantos sagrados, el guía que les brindaba la oportunidad de sacar todas las ganas de alabar a Dios. Ese Dios y esa Virgen que estaban prohibidos en Ejutla desde 1925, cuando los federales decidieron que Ejutla no merecía vivir.

La caminata musical iniciaba muy cerca del panteón y se dirigía rumbo al santuario, ese verdadero joyel cuyas dos torres dialogan con el cielo y sus pararrayos se besan con los astros de todas las noches. Eso era cosa de todos los días. La peregrinación crecía en número de seguidores y en calidad. Cada día había más flores, y los cantos cada día se engarzaban mejor.

Aquel día Miguelito, el guía de aquella preciosa caravana de cantos, mientras regaba sus verduras, ensayaba las tonadas del día, auxiliado por un folleto de cantos, que los de Talpa traen cuando vienen de regreso.

¿Quién es esa estrella, que a los hombres guía?

  La Reina del Cielo la Virgen María´.

 

Estamos a doce del mes, mejor qué tal si entonamos la del Tepeyac:

                      Desde el cielo un hermosa mañana,

                      Desde el cielo una hermosa mañana,

                      La Guadalupana, la Guadalupana

                     La Guadalupana bajó al Tepeyac.                     

Sí, sí, sí, al fin que es la Virgen Mexicana, la defensora de nuestra patria.

 

Ese día la caravana parecía normal, pero cuando llegaron al puente de la ermita, no supieron cómo repentinamente se encontraron con las tropas del general Izaguirre, que habían aparecido de sorpresa. Las melodías marianas fueron quebradas por disparos de treinta-treinta arrojados al viento, capaces de robar el sueño hasta a los mismos tecolotes.