Cada 9 de agosto se conmemora el Día Internacional contra la Violencia Sexual Infantil, una fecha que debería llevarnos mucho más allá de una publicación en redes sociales o de un mensaje conmemorativo. Debería obligarnos a preguntarnos qué estamos haciendo realmente, como familias, comunidades, centros educativos, instituciones y Estado, para garantizar que las infancias puedan crecer libres de violencia. En Honduras, el 10 de agosto de 2026, un día después de esta conmemoración, infancias de diferentes escuelas y colegios fueron invitadas por Voces Resilientes, un movimiento con presencia en distintos países que busca visibilizar la violencia sexual, romper los silencios alrededor de ella y promover la prevención, la sensibilización y la protección de las infancias, a participar en una movilización para colocar este tema en el espacio público.
Y justo mientras se movilizaban, mientras las infancias caminaban con sus carteles y mensajes contra la violencia sexual infantil, ocurrió algo que terminó desviando la atención de lo verdaderamente importante. Una niña de primaria sostenía un cartel en el que la palabra “sexual” estaba escrita como “Sexsual”.Algunas personas se fijaron en el error y comenzaron los señalamientos. Y entonces yo me pregunto: ¿de verdad ese era el problema? ¿Una palabra mal escrita? ¿Era más importante corregir la ortografía de una niña que detenernos a escuchar el mensaje que estaba intentando comunicar? ¿En qué momento una letra colocada de más se volvió más importante que hablar de violencia sexual infantil? Estamos hablando de una niña de primaria, de una niña que todavía está aprendiendo, y pareciera que por un momento olvidamos precisamente eso.
¿Por qué exigirle a una niña que escriba como una persona adulta? ¿Por qué convertir un error en el centro de la conversación cuando lo verdaderamente importante de aquella imagen era que una niña estaba participando en una movilización para recordarnos que las infancias tienen derecho a vivir libres de violencia? Y hay una pregunta que me resulta todavía más incómoda: ¿por qué son las propias infancias las que tienen que salir a las calles a recordarnos a las personas adultas que debemos protegerlas? Mientras alguien señalaba la palabra “Sexsual”, esa niña sostenía un cartel contra una violencia que puede marcar profundamente la vida de una persona. Mientras discutíamos una palabra, ¿cuántas niñas y niños estaban atravesando una situación de violencia sexual? ¿Cuántos todavía no saben cómo nombrar lo que les sucede? ¿Cuántos sienten miedo de hablar? ¿Cuántos intentaron contarlo y una persona adulta no les creyó? ¿Cuántos continúan compartiendo espacios con quien les agrede? Esas son las preguntas que deberían incomodarnos muchísimo más que una falta ortográfica.
La prevención de la violencia sexual infantil tampoco puede convertirse en una responsabilidad que coloquemos únicamente sobre las propias infancias. No podemos limitarnos a enseñarles que deben cuidarse, que deben decir que no o que deben contar lo sucedido y después considerar que nuestra tarea terminó. La responsabilidad de protegerlas es nuestra. Somos las personas adultas quienes debemos construir espacios seguros, enseñarles sobre sus derechos de acuerdo con su edad, escucharles, creerles y actuar cuando nos dicen que algo está ocurriendo. También corresponde a las instituciones garantizar mecanismos de prevención, atención, investigación y justicia. Una niña o un niño nunca debería cargar con la culpa de no haber reconocido una situación de violencia, de no haber sabido cómo reaccionar o de no haber encontrado las palabras correctas para contarla.
Y quizás aquí está una de las cosas que más necesitamos aprender: escuchar a las infancias significa aceptar que no van a expresarse como personas adultas. Van a escribir como niñas y niños, van a preguntar como niñas y niños, van a comprender según su edad y van a explicar lo que sienten utilizando las palabras que conocen. Incluso pueden escribir “Sexsual”. ¿Y qué hacemos frente a eso? Les enseñamos. Les acompañamos. Corregimos la palabra sin ridiculizar a quien la escribió y, principalmente, sin permitir que el error termine siendo más importante que aquello que estaba tratando de decirnos. Si realmente queremos construir espacios seguros para las infancias, también debemos preguntarnos qué mensaje enviamos cuando una niña participa, se expresa y termina siendo señalada por la forma en que escribió una palabra.
Porque “Sexsual” puede borrarse y escribirse correctamente. Una palabra se puede corregir en segundos. Pero la violencia sexual infantil no desaparece con un borrador. ¿Cómo borramos el miedo de una niña que fue violentada? ¿Cómo corregimos el silencio de una persona adulta que sabía lo que estaba ocurriendo y decidió no actuar? ¿Cómo reparamos una infancia cuando quienes tenían la responsabilidad de proteger llegaron demasiado tarde? ¿Cómo explicamos que una niña salió a movilizarse para hablar de protección frente a la violencia sexual y nuestra conversación terminó concentrándose en su ortografía? Si realmente queremos hablar de errores, entonces hablemos de los errores que sí deberían preocuparnos: el silencio, la indiferencia, la falta de prevención, no creerles a las infancias, minimizar sus relatos, proteger a los agresores, culpabilizar a las víctimas y permitir que las instituciones fallen cuando una niña o un niño necesita protección.
Después de aquella imagen, creo que sí tenemos muchísimo que corregir, pero *no estoy hablando del cartel. Tenemos que corregir nuestra costumbre de guardar silencio frente a la violencia. Tenemos que corregir la indiferencia. Tenemos que corregir las respuestas institucionales que llegan tarde. Tenemos que corregir una cultura que en demasiadas ocasiones se preocupa primero por la reputación de las personas adultas antes que por la seguridad de una niña o un niño. Y tenemos que comprender algo fundamental: una infancia nunca debería cargar con la responsabilidad de evitar ser violentada. La responsabilidad de no violentar y de proteger siempre pertenece a las personas adultas. Las infancias necesitan información, herramientas y espacios seguros, pero somos nosotros quienes debemos garantizar que esos espacios realmente existan.
Por eso quiero volver a aquella niña de primaria y a su cartel. No sabemos cuánto comprendía de cada palabra que llevaba entre sus manos, pero sí podemos comprender lo que representaba aquella imagen: una niña participando en una movilización contra la violencia sexual infantil mientras las personas adultas observábamos. Esa niña no era el problema. Su ortografía tampoco. El problema es que en pleno 2026 todavía tengamos que movilizarnos para recordar que las infancias tienen derecho a crecer sin violencia sexual. El problema es que todavía existan silencios, que todavía haya quienes no crean, que todavía existan personas que saben y callan y que todavía tengamos que exigir respuestas que deberían estar garantizadas.
Si una niña de primaria escribió “Sexsual”, podemos enseñarle cómo se escribe correctamente. Para eso también existe la educación. Pero primero preocupémonos por construir un mundo en el que esa niña nunca tenga que aprender, desde su propia experiencia, lo que significa sufrir violencia sexual. Una palabra mal escrita puede corregirse; una infancia que necesita protección no puede esperar. Y quizás ese sea el mensaje que debimos mirar desde el principio: detrás de aquel error ortográfico había una niña sosteniendo un llamado dirigido, en buena medida, a nosotros, las personas adultas. No necesitaba que convirtiéramos su error en protagonista. Necesitaba que entendiéramos lo que estaba diciendo.
Porque al final eso fue lo que ocurrió: miraron el error y dejaron de mirar el mensaje. Cuando una niña habla, escribe, pregunta, denuncia o intenta decirnos algo, nuestra primera responsabilidad debería ser escucharla. Podemos enseñarle después dónde va una letra, cómo se escribe una palabra o cómo construir una oración. Pero si alguna vez una infancia nos habla de miedo, de violencia, de algo que alguien le hizo o simplemente nos dice que algo no está bien, no podemos esperar para escuchar.
Que ninguna niña tenga que escribir perfectamente la palabra “sexual” para que las personas adultas entendamos perfectamente nuestra responsabilidad de protegerla.* Y quizás, después de aquella movilización, la pregunta que realmente debería quedarnos no es cómo escribió una palabra, sino esta: ¿vamos a seguir corrigiendo los carteles de las infancias o finalmente vamos a corregir el mundo que les estamos dejando?




