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Ni para dónde apuntar

Ni para dónde apuntar

Estamos en el arrancadero del año nuevo. Todavía no despertamos completamente de la pesadilla mundial de la pandemia del coronavirus, asociada por derecho propio año 2020. Con los trabajos y dificultades que nos destapó el mal en todo el mundo, obliga revisar en serio qué estamos haciendo mal. Detenernos a ver las tareas del mantenimiento vivo y con calidad de nuestros congéneres y las de generar las mejores condiciones para la reproducción de la estirpe humana.

En lo del mantenimiento traemos reprobada la tarea. Los economistas nos lo advierten todos los días. Los renglones de la producción de alimentos y enseres para cuidarnos, su distribución y consumo, somos deficitarios. Aún si fuéramos solventes lo de la desigualdad es una vergüenza mundial. El hecho de registrar que hay países ricos y pobres, endeudamientos estratosféricos de los países, dice que la usura sentó sus reales en y no apunta a retirada.

El endeudamiento periférico de muchos países es resultado de las asimetrías establecidas desde la imposición del engranaje capitalista en el concierto mundial. Lo que ahora llamamos neoliberalismo es la fórmula más desarrollada del esquema capitalista. La debacle de las economías más pobres tenía que llevarnos a una crisis mundial como la presente, con o sin plaga. Las lacras de la disfuncionalidad saltaron las fronteras y golpean ya al interior de los sagrarios neoliberales. ¿Cómo explicarse las elevadas cifras de contagiados y víctimas, por ejemplo, del coronavirus en Estados Unidos y Europa?

Cuando nuestros políticos idearon el gran atraco del Fobaproa aquí con nosotros muchos nos hicimos lenguas sobre la deshumanización a que puede llegarse en este gremio. En los sexenios de MMH y de Salinas nuestros ídolos gobernantes desmantelaron la planta productiva que con paciencia había construido la clase trabajadora. Las empresas paraestatales estaban consagradas en varios artículos de la constitución y funcionaban. Eran la parte de la ‘propiedad social’, para distinguirla de la propiedad pública (custodiada por los gobiernos en turno) y de la propiedad privada, en la que cada chango cuida y se columpia en su mecate.

El capítulo paraestatal tenía que ver con empresas ejidales y comunales, cooperativas, sindicatos y otras concesiones en todos los rincones del país. Había tabacaleras, fundiciones, minas, puertos, carreteras, flotas de aviones, costurerías y mil empresas más. Los teléfonos, las telecomunicaciones, las instalaciones para la generación y el consumo de electricidad y sobre todo la industria petrolera, toda la argamasa que nos conjuntaba como nación, nos hacía caminar con la frente de la autosuficiencia en alto.

¡Ah!, pero llegaron los sabios tecnócratas, nos trajeron el discurso persistente de la insuficiencia, de que el tinglado paraestatal estaba lacrado de números rojos, que no éramos competitivos y que de ahí provenía la gran pobreza del país. Nos salieron con la chicana de que desinflar al estado obeso, demasiado obeso. Y se dieron a la tarea de desmantelar la red productiva, la que pusieron a remate al mejor postor. Así pasaron toda la red paraestatal desde la propiedad social a las manos de propietarios particulares.

Como que los empresarios privados del país resultaban demasiado generosos. Al son de empresas quebradas y deficitarias, metieron sus carteras y se dispusieron al rescate colectivo, para volverlas eficientes, para que el país se sacudiera un renglón tan parasitario. Ellos las trastocarían de nuevo en valiosas, las retornarían al cauce del incremento positivo. Fue su cantilena. Lo complicado vino a ser saber de dónde iban a acumular las carretadas de dinero para coronar actos empresariales privados ‘tan solidarios’. No lo supimos bien, hasta que nos reventó el famoso Fobaproa.

El gobierno, administrador legal de los bienes paraestatales, los puso a precio irrisorio. Los regaló a ciertos postores escogidos. Éstos, por muy ricos que fueran, no tendrían en sus bolsas propias fondos suficientes para comprar puertos, instalaciones, carreteras y toda la infraestructura construida en medio siglo de esfuerzos colectivos. Pero recibieron préstamos voluminosos de la banca privada, recién privatizada también, para estar a tono.

Lo obvio vino enseguida. A la vuelta de algunos años, todos estos compradores de fantasías se encontraron con la dura realidad del quebranto. No estaban en condiciones de cubrirle sus adeudos a la banca. Pero le entró al quite nuestra inconmensurable casta política. Se les ocurrió poner en los hombros de todos nosotros semejantes adeudos. El pueblo mexicano, con sus impuestos cotidianos y sin haber sido consultado para ello, fue puesto en posición de deudor, supliendo a los acreedores insolventes de la banca. Así, se nos dijo, se conjuraba el peligro inminente del desastre bancario, un rescate que sigue pagando el incauto pueblo mexicano, sin visos de que concluya.

Este modelito mexicano de rescate de deudas privadas, para convertirlas en públicas, se aplicó en la debacle del 2008 contra la crisis financiera de nuestro vecino del norte. Y es la salida única que instrumentan los genios neoliberales en todo el mundo. Sea el renglón del armamento, de las farmacéuticas, de cualquier industria o renglón productivo que se revise, no tienen estos señores neoliberales otro emplasto, que no sólo no cura, sino que ni siquiera mitiga los dolores. Así inicia este nuevo año y esta nueva década. Ya veremos hasta dónde vamos a llegar. Salud.

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