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Nuestra voluble línea universitaria

Nuestra voluble línea universitaria

Nuestra voluble línea universitaria

Juan M. Negrete

Les deseamos a nuestros sufridos lectores una feliz pascua navideña y nos vamos a tema. Llevamos diez semanas ocupándonos del capítulo universitario. Con la presente colaboración vemos conveniente darle cerrojo al asunto, para dedicarnos a otras minucias. Obliga pues asentar algunos puntos finales, no por definitivos, sino para darle cierto reposo. Veamos pues.

Es clave en esta historia, en lo que se refiere al ámbito universitario, la modificación del 13 de diciembre de 1934, hecha al artículo tercero:

La educación que imparta el estado será socialista. Además de excluir toda doctrina religiosa, combatirá el fanatismo y los prejuicios, para lo cual la escuela organizará sus enseñanzas y actividades en forma que permita crear en la juventud un concepto racional y exacto del universo y de la vida social”.

Ya narramos antes con cierto detalle cómo se convulsionó el mundo de la educación superior con esta medida y buscó la forma de eximirse de su cumplimiento. Mucha gente dedicada a estos trabajos hizo suyo el enfrentamiento. Era una tarea ingrata pues las universidades estatales, que tendían a ceñirse a esta normativa, fueron apareciendo como hongos. Aparte de en ellas, el cardenismo abrió el IPN (instituto politécnico nacional), la escuela superior de agricultura de Chapingo y el IMP (instituto mexicano del petróleo) para darle vitalidad a esta línea popular de trabajo. También vino un impulso muy sólido y firme para las escuelas normales rurales. Fueron otros tiempos.

Pero la derecha no habló de rendirse. Movieron todos los hilos para que el poder no continuara más en manos del equipo cardenista, que promovía a Mújica. Lo consiguieron. El sucesor fue Manuel Ávila Camacho. A pesar de este logro, promovieron a un candidato propio, Juan Andrew Almazán, apoyado abiertamente por el clero, los empresarios y los hacendados dolidos con el reparto agrario. Iban por todas la canicas. La partida se la llevó Ávila Camacho, quien puso de secretario de educación, en la SEP, o lo que ahora es la SEP, a un ex-cristero, a un hombre de derecha, quien pugnó y luchó porque todo volviera al esquema callista, al viejo esquema, Octaviano Véjar Vázquez, católico confeso. Desde su ministerio inició una agresiva campaña anticomunista.

Los proyectos educativos de prosapia religiosa, que habían funcionado bajo el callismo y el cardenismo con disfraces laicos, fueron destapados. Expulsó de la SEP a todo aquel que se manifestara socialista o que guardara posiciones anticlericales. En un texto muy revelador, que se encuentra en el libro de Héctor Hernández García de León, Historia política del sinarquismo, 1934 -1940, que le editó Porrúa, se asienta uno de sus dichos, que él mismo consideraba lema de su ejercicio: “Nada vale un ideal de redención, si no se dibuja tras él la silueta de la cruz”. Silva Herzog enjuicia al período en estos términos: “…en el decurso del sexenio, el clero recobró las trincheras perdidas durante la revolución y los gobiernos revolucionarios. A partir de entonces se multiplicaron las escuelas confesionales y comenzó a violarse el artículo 3° constitucional”.

La dinámica de distensión caía de perlas en un estado donde la lucha por sostener las banderas de la educación socialista, el sindicalismo y el reparto agrario, se sostenía con los mínimos alcances que dan las victorias pírricas. El clero y los ricos del rumbo se sumaron de plácemes al viraje que impulsaron desde el mismo poder. Semejante involución no podía haber resultado ajena a las parcelas educativas de nivel superior. Lo que ahora vivimos en tal campo son polvos de aquellos lodos. Con esto cerramos nuestra incursión por estos lares. Lo retomaremos cuando vuelvan a agitarse las aguas. Gracias.

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