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Nuestra ya larga pobreza (I)

Nuestra ya larga pobreza (I)

Filosofando

Criterios

 

¿Alguno de nuestros lectores, que no por la edad sino por conocimiento de la realidad económica, podrá darse una idea de lo que significara en nuestro funcionamiento monetario la paridad de nuestro billete central con el dólar? Creo que no. Eso está más que lejano de nuestro trajinar cotidiano, aunque en los tiempos de la dictadura porfirista fue el caso. También funcionó así, con altibajos desde luego, en el largo período de la conflagración revolucionaria.

Hay buenas radiografías financieras de este pasado. Pero no es la intención de esta ilustración por armar, ahondar en tales detalles históricos. Como propuesta para empaparnos de las turbulencias monetarias presentes, consideramos relevante dar un repaso a las volubilidades de nuestros salarios, a la desigualdad del reparto y posesión de las ganancias entre los trabajadores y el capital y a otros renglones clave de nuestra vida económica. Como un capítulo central de tales asuntos viene siendo la paridad cambiaria, es pertinente iniciar por tal rubro. Pero no llevemos la lupa a un pasado tan remoto como el de los tiempos de don Porfirio o más acá, siquiera, el del Tata Lázaro. Partamos de lo que se nos ha vendido como estabilidad nacional, pues por algún momento hay que fijar el dato. Arranquemos pues del sexenio de Miguel Alemán.

En 1946, Miguel Alemán fundió la política de su gobierno con la de Banxico. Nombró como su secretario de Hacienda a Ramón Beteta. El reducido gasto gubernamental dejó de financiarse con recursos del Banxico e inició la costumbre del endeudamiento externo. Signaron su sexenio las siguientes modalidades: se padeció una restricción crediticia brutal; el gasto público fue ajustado a las expectativas de recaudación y no hubo más aumentos salariales.

En el trato con el capital extranjero arrancó la política abierta a las inversiones foráneas mediante estímulos fiscales y la exención fiscal. Inició también la moda de subsidiar la importación de materias primas para industrias extranjeras. Por supuesto que hay que radicar para entonces la aparición de los capitales golondrinos. Y para generar estímulos internos, como recurso para capitalizar la banca interna, Banxico emite valores estatales y luego él mismo los compra, volviéndolos atractivos. Obliga a la banca comercial también a comprarlos.

Mas el punto más conflictivo del sexenio de Alemán, que generó un formato que no hemos podido superar hasta la fecha, posee dos vertientes. Por un lado inicia el crecimiento de la deuda y por el otro arranca la fórmula de la devaluación de nuestro peso frente al dólar, padecimientos de los que no nos hemos podido curar, hasta la fecha. En 1947, con dos pesos mexicanos nuestros abuelos compraban un dólar gringo.

La tal estabilidad hizo agua. Tras ese primer golpe devaluatorio, ya se necesitaron cuatro pesos y cincuenta centavos para poder adquirir un billete verde. La danza macabra inició entonces. Tres años después, en1950, el tope de los cuatro cincuenta subió hasta los ocho pesos. A Alemán lo sustituyó en el poder Adolfo Ruiz Cortines, de quien siempre se murmuró que no fue más que un títere de Alemán. Como haya sido, éste procuró ensayar un eclecticismo a la mexicana, que pareció funcionar. Al menos eso es lo que afirmó siempre la prensa modosita, la que siempre ha acompañado a nuestros ejecutivos y les aplaude cuanta medida tomen.

Cortines elevó por un lado los salarios urbanos y estableció precios de garantía para los productos del campo. Pero por otra parte en 1953 devaluó la moneda. De los ocho pesos en que la había dejado Alemán trepó el dólar a los 12.50. Hay que decir que esta correlación cambiaria no se movió en 23 años, casi un cuarto de siglo. Pero los buenos economistas nos informan que dicha devaluación nos fue impuesta como condición sine qua non para poder recibir un préstamo de 61 md del BM. Tal préstamo nos fue otorgado en 1954.

En este punto, para entender eso de los condicionamientos externos, habría que hablar por necesidad histórica, de los acuerdos Breton Woods que establecieron las potencias triunfadoras de la segunda guerra mundial, en 1944, dizque para impedir otra conflagración como la que se acababa de padecer en el mundo. Por una parte se hizo a un lado el patrón oro, como piedra de toque fundamental para todo intercambio y medición de valores, estableciendo en su lugar al dólar estadounidense, que no se movería. Por la otra vertiente, se crearon dos organismos monstruos que regularían todo movimiento financiero en el mundo: el fondo monetario internacional (FMI) y la banca mundial (BM). Dicho en cristiano, desde entonces desaparecieron los gobiernos locales, por lo menos los de los países de más baja capacidad monetaria, entre los cuales nos encontramos nosotros. El primer crédito condicionado nuestro fue ése, mencionado antes. Y de entonces, a donde vamos. Pero no saltemos etapas.

Parecía que el eclecticismo a la mexicana iba a funcionar. En 1958, el bienquerido Adolfo López Mateos opera grandes movidas económicas con la misma tónica. Nacionaliza la industria eléctrica y edita, para su difusión masiva, los libros de texto gratuito. Ésta fue la cara amable de su mandato. De lo que no se escarba mucho, aunque lo hizo, fue que nombró a la cartera de Hacienda a Antonio Ortiz Mena, el patriarca de monetarismo mexicano. Este señor no sólo fue secretario de hacienda de López Mateos, sino que fue refrendado en tal puesto por Gustavo Díaz Ordaz. O sea que duró en dicha cartera doce años, desde 1958 hasta 1970. Los historiadores financistas nos dicen, en positivo, que fue el constructor y artífice de la edad de oro de Banxico. Su tesis económica es la del ‘desarrollo estabilizador’. En su tiempo, la deuda externa aún se veía manejable. El monto de deuda que dejó GDO fue de 3 000 mdd. (Continuará).

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