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Oficialés o lenguaje burocrático

Oficialés o lenguaje burocrático

Juan José Doñán

 

 

Desde hace mucho tiempo asistimos a una proliferación contaminante del lenguaje desde las esferas oficiales, lenguaje que se estila en el mundillo burocrático y el cual infortunadamente se ha ido extendiendo a diversos ámbitos de la vida social. Dicho lenguaje o subleguaje, conocido con el nombre de oficialés, consiste en una jerga hecha a base de seudoelegancias lingüísticas, con una formulación intencionalmente solemne, a veces pomposa, con giros rebuscados, borucas o palabrería vacua y, para colmo, con términos mal entendidos y usados de manera incorrecta.

Comúnmente esa jerga burocrática no se usa para comunicar, sino para la demagogia, para el escapismo a la hora de rendir cuentas y para echar rollo a destajo, es decir, para hablar mucho y decir poco o, lo que sería lo mismo, para no ir al grano, sino para evadir asuntos que son cruciales y delicados para la sociedad.

Lo más grave de todo ello es que esa jerga lingüística ha ido contaminando otras esferas sociales, comenzando porque los rollos y las declaraciones de los funcionarios afectos al oficialés no sólo son reproducidos (es decir, multiplicados) por los medios masivos de comunicación, sino porque cada vez con más frecuencia conductores de la radio y televisión, así como no pocos practicantes del periodismo escrito, han terminado adoptando también, en mayor o menor medida, ese mismo lenguaje.

Entre las solemnidades o la modalidad pomposa del oficialés está, por ejemplo, decir que equis funcionario federal arribó, en lugar de decir simplemente que llegó, o rebautizar el nombre de una dependencia estatal como la vieja Secretaría de Obras Públicas, la cual fue conocida de esta forma por varias generaciones, para llamarla ahora, de manera redundante, Secretaría de Infraestructura y Obra Pública, con el agravante de incurrir con ello en una grosera falta de concordancia, pues al ser tan pública la infraestructura como la obra en dicha dependencia gubernamental, debería ser adjetivada en plural, es decir, que en todo caso debería llamarse Secretaría de Infraestructura y Obra Públicas.

Y esto mismo vale para otras dependencias oficiales, como sería, en el caso de la administración pública de Jalisco, de la llamada Secretaría de Desarrollo e Integración Social, pues al ser tan social el desarrollo como la integración, el nombre correcto de esta dependencia debería ser Secretaría de Desarrollo e Integración Sociales.

Entre las muchas palabras malentendidas por las personas afectas al oficialés, palabras que se repiten irreflexivamente una y otra vez, se encuentra el verbo festinar, y el cual sus usuarios desaprensivos emplean de manera equivocada como sinónimo de festejar o de celebrar, cuando festinar significa algo muy distinto: activar, apresurar, acelerar, precipitar… Pero como a los adictos al lenguaje pomposo festinar les suena más elegante y catrín que festejar o celebrar, pues muy quitados de la pena dicen, por ejemplo, “festinar la destacada participación de Jalisco en los Juegos Centroamericanos y del Caribe”, aun cuando con ese dicho no celebren, sino apresuren, la participación de los atletas del solar.

Un caso parecido de este mismo lenguaje ampuloso y falsamente elegante (“elagantioso” le llamaba el gran filólogo jalisciense Antonio Alatorre) es el empleo de ofertar en lugar ofrecer, cuando lo que originalmente significa ofertar sería rebajar o dar algo a un menor costo de lo habitual. De esta manera, termina siendo ridículo decir, por ejemplo, que la Universidad de Guadalajara “oferta [¿abarata?] equis cantidad de plazas para alumnos de primer ingreso al bachillerato”.

Otro ejemplo, en este sentido, es pretender que la palabra adolecer sea equivalente a carecer, cuando lo que realmente significa es padecer, de suerte que también es risible que un dirigente de una organización proempresarial llamada Mexicanos Primero diga que “la educación pública en México sigue adoleciendo de calidad”, como si la calidad fuera algo que se padeciera y, por otra parte, como si la educación privada en nuestro país, a diferencia de la pública, fuese la encarnación misma de la excelencia académica.

Un equívoco más en el oficialés de nuestra comarca y del país en general es el empleo de truculento como sinónimo de tramposo, cuando truculento significa otra cosa: cruel, atroz, despiadado, sádico…

Otra incorrección no menos frecuente es emplear como pronombre relativo el adjetivo de identidad mismo o misma, cuyo significado preciso es, según el diccionario, “exactamente igual” y “no otro u otra”. Un ejemplo de esta incorrección se da cuando alguien dice o escribe desaprensivamente: “el ingeniero fulano de tal, mismo que es autor de una importante obra histórica”; cuando lo correcto sería decir “el cual es autor de una importante obra histórica”.

Esta pifia la cometen incluso personas que pasan por enteradas y a una de las cuales, por cierto, la acaban de nombrar “miembro correspondiente” de la Academia Mexicana de la Lengua (AML). Nos referimos al señor José María Muriá, de quien basta leer cualquiera de sus escritos y revisar su historial profesional para concluir que está muy lejos de ser una autoridad filológica o siquiera alguien competente y confiable en materia gramatical, por lo que su reciente nombramiento como “corresponsal” de la AML se explica más por relaciones públicas o cuatachismo que por una verdadera competencia profesional en el idioma de Cervantes, competencia que sí tuvieron varios de los jaliscienses que lo precedieron en ese nombramiento más o menos inocuo de ser “miembro correspondiente” de la AML. Tal fue el caso de Adalberto Navarro Sánchez, Alfonso de Alba Martín y, entre otros, Ernesto Flores.

Por lo demás, no deja de ser significativo el hecho de que el más importante filólogo mexicano (el ya mencionado Antonio Alatorre) siempre rechazara las repetidas invitaciones que recibió para formar parte de la AML. Tal vez porque consideraba que, como solía repetir el personaje más conocido que representó el actor Arturo de Córdova, “no tiene la menor importancia”.

Una pifia de otro jaez, pero igualmente común en el oficialés mexicano, es la expresión “sentarse en la mesa”, en lugar de “sentarse a la mesa”, cuando alguien se quiere referir a la búsqueda de un acuerdo entre distintos interlocutores. Es obvio que donde hay que sentarse es en la silla o en las sillas, y no en la mesa, sino a la mesa. Y no sólo por urbanidad y buenos modales, sino porque las sillas son más cómodas, como que fueron concebidas precisamente para que la gente se sentara.

Otro cliché muy sobado o repetido entre nuestros adictos al oficialés es la frasecita “al final del día”, y con la cual lo que realmente se quiere decir es “a fin de cuentas” o sencillamente “en conclusión”.

Pero entre las manías nacionales y locales del oficialés, ninguna supera al uso abusivo –y en la mayoría de los casos incorrecto– de la palabra tema, y a la cual sus desaprensivos usuarios han acabado convirtiendo en una especie de palabra comodín, que se repite a propósito de casi todo. Entre esos usuarios excesivos o abusivos se encuentran lo mismo funcionarios públicos y políticos de toda laya que dirigentes empresariales, representantes gremiales, editorialistas, presuntos líderes de opinión o analistas políticos y hasta algunos académicos.

Todos ellos han venido abusando, ya sea por pereza mental, por ignorancia, por vocación demagógica o por imitación extralógica de la tan llevada y traída palabrita; de tal suerte que tema se utiliza como sinónimo de muy diversos conceptos, los cuales, en la mayoría de los casos, nada tienen que ver con el significado que el diccionario le asigna a la palabra tema.

Así, por ejemplo, los adictos al oficialés usan tema como equivalente lo mismo de asunto y materia que de problema, caso, cuestión, rubro, deficiencia, tópico, dificultad, proyecto, punto, aspecto, componente, agenda, capítulo, pendiente, prioridad, formato, modalidad, carencia, noticia, propósito u objetivo y un largo etcétera, sin reparar en el hecho, hay que repetirlo, de que la mayoría de esos impostados sinónimos nada tienen que ver con el significado real de tema.

Un buen ejemplo de ello lo dio en su momento André Marx Miranda, quien fuera el director del Code Jalisco durante el gobierno de Aristóteles Sandoval. Dicho funcionario dijo en una ocasión que no era seguro que el gobierno del estado –del cual formaba parte el susodicho– les fuese a otorgar un premio económico a los atletas jaliscienses que habían obtenido medallas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, según sus propias palabras, “por un tema presupuestal”.

Ahora sí que, como solía decir el vocero presidencial de Vicente Fox (Rubén Aguilar), lo que el señor Marx Miranda quiso decir con “un tema presupuestal” es “falta de dinero” o, recordando el famoso pochismo que en cierto momento utilizó el entonces presidente Ernesto Zedillo, quien se excusó de comprarle algo que le ofrecía una indígena, aduciendo: “No traigo cash”.

Esto es lo que provoca la afición desmedida al oficialés, una modalidad lingüística concebida para echar rollo, para la demagogia y para andarse por las ramas, así como para exhibir falsas elegancias, pedanterías, rebuscamientos y hasta ridiculeces, y no para nombrar a las cosas por su nombre y llamarle al pan, pan y al bimbo, bimbo.

A riesgo de ser machacones, hay que insistir en lo señalado al principio: que lo más grave del oficialés es que, a diferencias de lo que ocurre con otras jergas lingüísticas, sus vicios e incorrecciones (sus virtudes habría que buscarlas con la lámpara de Diógenes) se extienden a diferentes ámbitos sociales, comenzando por el de los medios masivos de comunicación, que a su vez multiplican entre sus audiencias esos vicios e incorrecciones, con el agravante de que, a quererlo o no, los medios terminan dándole carta de legitimidad a esos vicios e incorrecciones.

Los ejemplos de estas palabras “elegantiosas” empleadas incorrectamente por los adictos a la jerga burocrático de nuestro país podrían extenderse, pero no nos daría tiempo para referirnos a una frase equívoca repetida hasta el cansancio: “ofrecer disculpas” en lugar de “pedir disculpas”.

Si disculpar es perdonar o pasar por alto una ofensa cometida por alguien que se siente y se declara culpable de haber incurrido en esa falta y en agravio de equis persona o personas, entonces ese alguien no debe “ofrecerles” a sus ofendidos que lo liberen de la falta cometida, sino “pedirles” –se sobreentiende con arrepentimiento y después de un acto de contrición– que lo disculpen, absuelvan, dispensen, perdonen…

En conclusión, no todo el que chifla es arriero. Y siempre conviene tomar con reserva a las personas afectas a querer impresionar al prójimo con el oficialés, ese lenguaje artificioso y ampuloso, a base de palabras seudocatrinas y para colmo mal entendidas, y a base también de giros rebuscados y de falsas elegancias verbales, que con mucha frecuencia no pasan de ser cursilerías, cuando no ridiculeces.

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