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Paco Barreda (1946-2020)

Paco Barreda (1946-2020)

Juan José Doñán               paco barreda

 

En memoria de don Benjamín de Híjar González

 

 

En las primeras horas del pasado martes 9 de junio murió Francisco Barreda García, quien en las últimas cuatro décadas fue uno de los principales animadores de la vida cultural de su ciudad natal (Guadalajara), tanto desde el ámbito privado como desde el sector público. Cuando se llegue a hacer el recuento de los gestores y promotores de largo aliento en el campo de las manifestaciones artísticas e intelectuales de la comarca tapatía, deberá figurar de manera destacada el nombre de Paco Barreda, quien lo mismo estuvo al frente de galerías de su propia invención que de espacios museográficos oficiales, consiguiendo realizar en ambas vertientes una labor sencillamente memorable. Pero la personalidad y los intereses profundos del recién desaparecido también abarcaron otras facetas.

Aun cuando pasó algunos años de su infancia en varios puntos del país debido al empleo de su padre, quien temporalmente estableció a su familia en Monterrey, Paco fue un tapatío químicamente puro, al que le interesaba y le fascinaba todo lo relacionado con Guadalajara: el pasado cercano y remoto de la ciudad; su rica iconografía, particularmente la pictórica y también la fotográfica que daban cuenta de distintos momentos, así como de las transformaciones de la urbe; sus comercios de abolengo más característicos (lo mismo tiendas de renombre que mercados municipales, trocaderos y tianguis como el Baratillo, al que solía visitar un domingo sí y otro también; sus prendas naturales (los Colomos, la Primavera y, sobre todo, la Barranca de Huentitán, de la que se volvió adicto); el birote

salado y la torta ahogada, la cual consumía con panela y no con carnitas de cerdo, luego de que hacia mediados de los años setenta se diera de alta como integrante del club vegetariano; de los diversos cines que a lo largo de décadas llegaron a ser verdaderas instituciones barriales; del rock tapatío de antaño y de hogaño, pero también de intérpretes y cantantes del solar que practicaron de manera excepcional otros géneros como José Mojica, Lucha Reyes, Lupita Palomera, Tony Camargo, Manolo Muñoz o Mike Laure y sus Cometas, quienes estuvieron entre sus debilidades.

Una debilidad no menos acusada fue la que Paco tuvo por una nómina interminable de personajes tapatíos de la más diversa catadura, a muchos de los cuales trató y fotografió y cuya vida y milagros se sabía al derecho y al revés, demostrando con ello que en él había también un antropólogo nato. En esa nómina figuraban lo mismo caballeros de fina estampa como el gran chelista Arturo Xavier González que el cuasi indigente (aunque fuese un indigente de catego) Federico Ochoa Firuláis, pasando por el Ruso, perito en el arte de subastar todo tipo chácharas y antigüedades; muchos de los más insignes futbolistas tapatíos, especialmente los de los dorados años sesenta; el Loco Camarena, un superdotado corredor de motos armadas o modificadas por él mismo, y ya en tiempos más cercanos, todo tipo de talentos, incluidos los de vocación autodestructiva, vocación que los llevó a despedirse prematuramente de este mundo, como fue el caso del poeta Enrique Macías, o el del pintor Javier Campos Cabello, o el del también pintor, escultor y chamán Juan

Kraeppelin, o el del inefable Chubasco, un singular filósofo cínico (una suerte de Diógenes del valle de Atemajac), que deambula por el centro de Guadalajara y a quien sólo la muerte le pudo marcar el alto, pues no había conseguido hacerlo ni la ceguera que lo acompañó durante los últimos años de su vida.

A Paco le tocó vivir una de las épocas más provechosas de Guadalajara, la que abarca desde fines de los años cincuenta hasta bien avanzada la década de los setenta, cuando la ciudad comenzó a salirse de madre y las autoridades de la comarca tomaron decisiones a tontas y a locas, sin reparar en las consecuencias que ello iba a tener en el futuro. Esa Guadalajara dorada y optimista Paco la conoció y la recorrió de cabo a rabo, y no sólo por gusto e interés, sino incluso por motivos laborales, pues el primer encargo que tuvo como empleado del viejo Banco de Comercio (Bancomer) fue el de cobrador, función que realizaba en bicicleta a lo largo y ancho del territorio tapatío.

Su adolescencia y su primera juventud transcurrieron en el barrio de las Nueve Esquinas, donde su familia fue vecina de los Colunga, con cuyos integrantes Paco trabó amistad, particularmente con quien luego se convertiría en un muy cotizado y exitoso pintor y escultor: Alejandro Colunga. En ese mismo barrio tapatío debutaría años después como gestor de la cultura, al abrir, en la segunda mitad de los setenta, la galería La Escalera, donde comenzó a dar a conocer y a promover a pintores y fotógrafos emergentes en cuyo talento creía. Este gusto o vocación no sólo se mantendría por el resto de su vida, sino que con el paso del tiempo fue ampliando, depurando y enriqueciendo esa faceta suya.

Así, por ejemplo, a comienzos de los ochenta abrió, en sociedad con Rogelio Flores, la galería Magritte, donde expusieron varios de los artistas más originales y dotados de la Guadalajara de la época como Javier Campos Cabello, Martha Pacheco, José Fors, Chava Rodríguez, Maximino Xavier y, entre otros, el ya mencionado Alejandro Colunga. Con el paso de los años iría creando también otros proyectos importantes en el campo de las artes visuales, lo mismo de manera personal que en sociedad y colaboración con distintas personas. Hacia fines de los ochenta y comienzos de la década siguiente fue el encargado de la sección de artes plásticas en el La Cultura de Occidente, que no sólo era el suplemento dominical de El Occidental, sino de otros diarios regionales de la Organización Editorial Mexicana.

Su debut en el sector oficial comenzó a principios de los noventa, cuando le dio forma al actual Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (Musa), del cual no sólo fue su primer director, sino el artífice de la colección permanente del mismo. Pocos años después fue invitado para hacerse cargo de la Dirección de Artes Visuales de la Secretaría de Cultura de Jalisco. Tan destacada fue su gestión en ella que fue ratificado varias veces en el cargo. Y la verdad es que no era para menos, pues nunca se han vuelto a ver exposiciones tan concurridas en espacios como el Exconvento del Carmen, donde la afluencia en el solo día de la inauguración llegó a contarse en más de una ocasión en millares de personas. Y todo ello con un presupuesto casi simbólico, el cual supo compensar con imaginación e ingenio.

Así fue como logró mantener una provechosa relación profesional con las artes visuales a lo largo de más de cuarenta años, la cual incluía también una callada o casi secreta faceta creativa personal, pues Paco Barreda fue igualmente un destacado fotógrafo, así como un “inventor” de imaginativas, juguetonas y con frecuencia provocadoras piezas de arte objeto. Esa faceta casi desconocida se explica por dos razones que, a su vez, son cualidades y atributos personales de este tapatío recién fallecido: su gran modestia y su generosidad para con los demás, sobre todo con quienes hicieron o han hecho un trabajo artístico sobresaliente.

Esa gran generosidad benefició a incontables artistas visuales, tanto de Jalisco como de otras partes del país. Beneficiada resultó igualmente la vida cultural tapatía, que desde el pasado martes 9 de junio resiente la muerte de un hombre bueno y de un talento festivo: Paco Barreda o Francisco Adrián Barreda García como se consigna su partida nacimiento del Registro Civil de Guadalajara.

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Publicado por Enrique Alfaro Ramírez en Sábado, 30 de mayo de 2020

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