Pequeños diálogos para la infancia (I)

Dibujo sobre la lluvia. Dibujo: Cortesía de Proyecto Tlal-xoxo-wia.

Por: Colectivo COA
Colaboración especial para Partidero

Una charla del Colectivo por la Autonomía con la partera y doctora Norma Escalante

Nos olvidamos de la niñez y la infancia y no consideramos la sobreestimulación, mala alimentación, estrés, químicos y la contaminación con que crecen. Debemos comprender todo lo que una persona actualmente vive desde antes de nacer, en la gestación, infancia y juventud pues de ahí depende el futuro propio y el de la comunidad, en última instancia el de la humanidad. Para eso dicen las parteras que hay que comprender la condición prenatal y de crianza.

Comencemos con lo que sucede prenatalmente. El bebé dentro del vientre materno todo lo recibe de la mamá, es la figura principal. Cómo atendemos a las mamás y cómo valoramos la etapa de una madre que está gestando. Qué sucede social y ambientalmente en la familia, la comunidad y el trabajo. Las emociones de la madre el bebé las recibe, lo que se traduce biológicamente en la gestación mediante las hormonas y neurotransmisores. Todo este proceso es alterado, inhibido o sobreestimulado con los químicos, la contaminación y el estrés.

Lo que vive un bebé en su gestación e infancia queda en su memoria, es como una semilla que tiene una potencialidad cuya principal misión es ser tú misma, con todo lo que vengas a ser, tu creatividad y lo que vayas a desarrollarte como persona; esa semilla queda marcada por los condicionamientos, que pueden llegar a ser “traumas” que influyen la vida futura.

Cuidar la forma de nacer es importante. Como es tan intensa esa experiencia definitivamente nos queda grabada, cómo lo vivimos, pero sobre todo, cómo somos acogidos, recibidos. Estamos diseñados para vivir la vida de la mejor manera desde el alumbramiento, pero nosotros como seres humanos interrumpimos o intervenimos. Por ejemplo, lo natural es recibir el calor y el alimento de la madre, pero separamos al bebé de la madre y lo meten a una incubadora. Quién fuera a pensar que en un momento en que bebé y mamá necesitan estar juntos sometamos a ambos a tanto estrés, que desvía al bebé de una adaptación saludable y óptima al medio externo y, en última instancia, la separación aleja el calor y el alimento que le dan toda la seguridad, primera necesidad de todo ser humano, que si no está cubierta desencadena en la recién nacida o el recién nacido la sensación de rechazo, falta de afecto, de que no se les quiere o acepta.

Bajo esa condición todas las funciones van a ser diferentes: la digestión, la respiración, la frecuencia cardiaca, generando a su vez más intervención. Se van acumulando experiencias negativas o no deseables que alteran las funciones físicas y emocionales básicas. Si realmente eso se prolonga es un trauma.

Mamá y bebé viven un vínculo muy estrecho; las necesidades que un bebé por su naturaleza tiene son cumplidas cuando se viven de una manera natural sin interrupciones. Se generan situaciones de sentirse no atendido, no valorado y frustrado al alterarse estos ritmos.

Michel Odent dice que “un bebé vive en un cunero su primera experiencia de sumisión”, porque está en un lugar donde no puede hacer absolutamente nada para cambiar aquello, más que llorar. A veces el llanto es salvador; si el niño no llora suficiente tal vez no se lo llevan a la mamá. Tenemos mecanismos de defensa, llorar es uno de ellos pero es como vivir sobreviviendo. Esto nos refleja que la sociedad está en la sobrevivencia, en vez de estar en la libertad, en el crecimiento armonioso y en la subsistencia plena. Físicamente dentro del vientre materno a través de la placenta y después de nacer con la leche materna también recibimos de mamá el entorno.

Realmente, si hay contaminación ambiental, se ha demostrado que hay contaminación intrauterina. Si nuestra sangre trae plomo o plástico los bebés lo están recibiendo. En la placenta y en la leche materna se han encontrado los químicos, el bisfenol, los pesticidas y muchos más. Eso se sabe y se ha demostrado desde los años ochenta, cuando se demostró que había xenoestrógenos en la leche materna y otras sustancias químicas sintéticas que interfieren con la función normal de las hormonas y con la salud en general, imagínense ahora, treinta o cuarenta años después.

Así que la leche materna sigue siendo la mejor opción, porque los nutrientes y elementos que contiene, como las inmunoglobulinas —que son los anticuerpos— no se los va a pasar absolutamente nadie más, ni siquiera la leche de vaca, porque ésta le estaría pasando los anticuerpos y defensas que generó la vaca, no las que generó la mamá apropiadas para el ambiente donde ella vive y su bebé crecerá. Ahora también se sabe cómo con el parto vaginal y la leche materna se propicia una microbiota excelente para los recién nacidos; también con el contacto con la piel y el entorno de la mamá, no se necesita la asepsia, digamos, clínica.

Esa asepsia ha sido una exageración que surgió cuando se descubrieron los microbios, lo que planteó que todo debía ser aséptico. Es un enfoque erróneo: nosotros convivimos con cantidad de microbios saludables desde que nacemos y son parte de nuestra salud. De hecho, en el momento del parto nos agenciamos una gran cantidad de microbios saludables que nos ayudarán a estar mejor en el ambiente exterior. La microbiota genera vitaminas, proteínas y enzimas necesarias para el equilibrio de nuestra salud, entonces el no separar al bebé de la mamá conforma también una microbiota sana.

Se ha planteado la pregunta, ya desde la filosofía: ¿quiénes somos nosotros?, si somos o tenemos muchos más microbios que células en el cuerpo, y mientras más biodiversa y equilibrada sea la población de esa microbiota lo más seguro es que mejor sea tu salud. Muchos aspectos de la inmunidad están en la microbiota y también ella propicia varios estados emocionales. Se ha demostrado que la niñez y las poblaciones rurales tienen una microbiota mucho más biodiversa debido a su contacto con la naturaleza y su crianza comunitaria más allá de la familia nuclear.

El bebé y la mamá, más que un binomio, son una fusión. Para el bebé, mamá y bebé son una sola persona. Hasta los 8 meses de vida se va creando la conciencia de ser otra persona. Por eso es que cuando mamá no está, el bebé está en confusión, en sensación de abandono, angustia. En el proceso de gestación, el bebé tiene una conciencia generalizada más que individualizada; decimos que se está encarnando un alma. Las vivencias y percepciones las siente en todo su cuerpo, globalmente.

Los bebés tienen una “lentitud” comparada con nosotros: lo que reciben por sus sentidos, el tiempo que toma para interpretar lo que sienten y su respuesta, es muchísimo más lento que en el adulto. Su tiempo-ritmo es diferente en todas sus percepciones, pero es tratado con prisa, sin contemplación. Y para bebés y niños es “no me entienden”; la comunicación puede dificultarse, ellos tienen que adaptarse a “nuestras maneras”. Por eso es importante el tiempo que se pasa con ellos y adaptarnos a su manera, para que se sientan bien y crezcan de manera más armoniosa.

Decimos que las y los bebés reciben una sobreestimulación física, emocional-social y también química-ambiental. Queremos y exigimos respuesta rápida, pero no es así. La mamá debe tener tiempo para escuchar, observar, tocar y meterse en el tiempo del bebé en la crianza y no someterlo a nuestro tiempo.

Que no haya prisas antinaturales hiperestimulantes, que aunadas a otros estimulantes como azúcares, colorantes y alimentos industrializados fomenten la hiperactividad y otros trastornos. Le bañamos, le alzamos, le alimentamos rápido. Por eso es muy importante el tiempo que la mamá pase con el bebé, sin prisas y sin el estrés del trabajo y otras exigencias que imponen un ritmo anti-bebé.

También hay mujeres con angustia, estrés y depresión: estas también se transmiten y se aprenden. Personas adultas hay que no encuentran de dónde vienen sus emociones; algunas las aprendimos desde que estábamos adentro.

No quiere decir que el bebé sea un papel en blanco; hay capacidades mentales no ordinarias que generan respuestas inesperadas. En neurobiología se dice que hay situaciones y cierto tipo de estrés que es posible que el bebé lo maneje, y hay otros que invaden esa capacidad y nos superan, y huimos, lo enfrentamos o quedamos paralizados o marcados. Hay evidencias de esto en la psicología perinatal. Conocemos niñas y niños que vienen con ciertas (in)capacidades o alteraciones relacionadas con su gestación.

Por eso la alimentación y nutrición desde la gestación, así como la crianza, son cruciales. La agricultura orgánica tradicional para nosotras es muy importante, es prevención. Es muy bueno que haya atención e investigación para las enfermedades que van surgiendo, pero es fundamental ir a las causas y retomar desde la gestación y el nacimiento todo lo que conlleva en el desarrollo emocional, como lo ha demostrado la psicología perinatal de la mano de la neurociencia.

Es salud mental y conciencia: una mamá que cuida una cosa es muy probable que cuide otra, como la alimentación y el entorno. Es prevención, porque niños y niñas nacen ya con traumas, violencia y padecimientos. ¿Qué hacen los niños con tanta carga? ¿Cómo reclamarles ante un camino así?

Por esto es muy importante la educación en las parejas que están empezando. Los niños por sí solos no pueden hacer el cambio.

La primera necesidad del ser humano desde la gestación y al llegar a este mundo es sentirse seguro y después recibir alimento en todos los sentidos. Sentir seguridad es estar alimentados emocionalmente. Esa seguridad está relacionada con la oxitocina, la hormona del amor, del contacto y de las relaciones, fundamental en la crianza hasta la juventud. La oxitocina se produce en grandes cantidades en la gestación, durante el parto y el posparto.

Este diálogo continúa en la Parte 2, donde se abordan experiencias comunitarias, agroecología e infancias rurales frente a la crisis ambiental y alimentaria.

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