Para muchos estudiosos, En Busca del Tiempo Perdido no solamente es una de las más grandes obras de las letras francesas del siglo XX sino de las más importantes creaciones literarias de todas las épocas. La inclusión en el relato de elementos de la vida de su autor Marcel Proust, quien vivió de 1871 a 1922, de personajes y ambientes sociales de su tiempo, está al servicio de un propósito innovador del género novelístico.

Por el Camino de Swann es el primero de siete volúmenes, en cuyas páginas brilla la cultura, el talento y la potencialidad creadora del novelista francés. La edición de la obra se realizó durante los años 1919 a 1927. Proust no conoció la edición de todos los ejemplares porque murió al terminar de escribir la obra, sin tan siquiera revisar los últimos volúmenes, mucho menos conocerla impresa.

Cuando empieza a sentir problemas de salud se afana en recuperar sus recuerdos a través de la escritura, y al intentar hacer una evaluación de su vida logra recuperar una época llena de tensiones y riqueza creativa. El afán de dejar un registro de los tiempos a través de vivencias, emociones y todo aquello que vio y sintió a partir de su infancia, lo llevó a crear una obra intensa y estremecedora. Arranca la narración a partir de su estancia en la pequeña ciudad de Combray y a partir de ese momento asistimos a la reconstrucción de su vida a la vez que nos damos cuenta de la hipersensibilidad emocional de su carácter y de las angustias profundas y constantes de un hombre excepcional.

Hace referencia así a los recuerdos que lo abruman al decir que mucho tiempo ha estado acostándose temprano. Algunas veces, apenas había apagado la bujía, se cerraban sus ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decir: ya me duermo. Y media hora después despertaba con la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se le figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante el sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque le parecía que pasaba a convertirse en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto o en la rivalidad de Francisco I y Carlos V.

La descripción de sus recuerdos nos lleva de la mano de la aprehensión a que se siente sujeto, primero por la dependencia que siente hacia su madre, después al describir la vida de el judío converso Carlos Swann, a quien le atribuye dependencia hacia personas con las que convive, destacadamente su esposa Odette de Crécy, a quien todo mundo considera una cocotte, o mujer de todos. Otorga a Swann dos elementos constantes, los celos por compartir a su mujer con distintos hombres y el ser el centro de cotilleos por vivir con esa mujer y ser al mismo tiempo instrumento de desprecios y abusos de ella.

A final de cuentas Marcel Proust es el acuarelista que dibuja y pinta personajes, situaciones, caracteres, estados de ánimo y que en su angustiada misión de recobrar la memoria de todos, pinta para sus contemporáneos y el futuro una clara y precisa imagen de la época, que transcurre en lugares de Francia, embargada por lo cotidiano y la amenaza de la primera guerra mundial.

En la recuperación de sus recuerdos Proust dice que en ninguno de aquellos grabados, por gustosamente que los ejecutara su memoria, pudo poner lo que ya tenía perdido hacia tanto tiempo, es decir, el sentimiento que nos mueve, no a mirar una cosa como un espectáculo, sino a creer en ella como en un ser sin equivalente, ninguna de ellas señorea una parte tan honda de su vida como el recuerdo de aquellos aspectos del campanario de Combray.

Porque alrededor de Combray había dos lados para ir de paseo, y tan opuestos, que tenían que salir de casa por distinta puerta, según quisieran ir por uno u otro: el lado de Méséglise la Vineuse, que llamaban también el camino de Swann, porque yendo por allí se pasaba por delante de la posesión del señor Swann, y el lado de Guermantes.

La vida social parisina de finales del siglo diecinueve y principios del veinte por su parte es elemento central de la narración, así como la superficial forma en que se actúa. La separación de las clases sociales dominantes y su manera de llevar la vida cultural y social de la aristocracia y la burguesía, son herencia de otras épocas aun en transición, sin resolver el papel de cada clase. A la vez que la veleidad con que actúan ambas, la costumbre de reunirse en los salones y en determinados días que llaman “de recibir”, donde aparecen los artistas de la época, pintan la forma de concebir esa vida social.

Músicos, pintores y literatos desfilan ante la superficial sociedad parisina y la vívida descripción de los diálogos nos interna en los estereotipos de su convivir. Los personajes que recorren los salones son el más claro ejemplo de una sociedad, en mucho decadente. Todo ello transcurre en los barrios de las clases altas, de los que es ejemplo acabado Saint-Germain  de Paris.

La señora de Verdurin dirigía uno de los salones típicos de la burguesía francesa y para figurar en el cogollito, en el clan o grupito de los Verdurin, bastaba con una sola condición aunque indispensable: prestar tácita adhesión a un credo cuyo primer artículo rezaba que el pianista, protegido aquel año por la señora de Verdurin, aquel pianista de quien ella decía: “No debía permitirse tocar a Wagner tan bien”, se cargaba a la vez a Planté y a Rubinstein. Asistir temporadas completas a Bayreuth casa de Wagner, era otro de los deportes del grupo de los Verdurin.

Dice el autor que su imaginación (igual que los arquitectos de la escuela de Viollet le Duc, que al imaginarse que se encuentran detrás de un coro Renacimiento, o de un altar del siglo XVII, rastros de un coro románico, vuelven el edificio al mismo estado en que debía estar en el siglo XII)  no deja en pie una sola piedra del nuevo edificio, hace cala y reconstituye la calle de los Perchamps. Claro que dispone para estas reconstituciones de datos más precisos que los que suelen tener los restauradores: unas imágenes conservadas en la memoria, las últimas quizá que al momento existen, y que pronto dejaran de existir, de lo que era el Combray de la infancia; y como fue Combray mismo el que las dibujó en su imaginación antes de desaparecer, tienen la emoción –en lo que cabe comparar un pobre retrato de esas efigies gloriosas cuyas reproducciones le gustaba regalarle su abuela– de los grabados antiguos de la Cena, o de un recuadro de Gentile Bellini, donde se ven, en el estado en que ya no existen, la obra maestra de Vinci o la portada de San Marcos.

Y termina diciendo Proust que la realidad que conoció ya no existía, bastaba con que la señora de Swann no llegara exactamente igual que antes, y en el mismo momento que entonces, para que la Avenida fuera otra cosa. Concluye que los sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco al mundo del espacio donde los situamos para mayor felicidad. Dice que no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban la vida de entonces; el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.

 

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