Juan M. Negrete

25 de junio de 2022.- El pasado lunes 20 de junio se vivió en el poblado de Cerocahui, Chihuahua, un crimen atroz. De inmediato puso los pelos de punta a todos los que se iban enterando del trágico acontecimiento. Un personaje, de los nombrados de mala forma como malandrines, apodado el Chueco, perseguía a Pedro Palma, guía de turistas. El perseguido buscó refugiarse en un lugar sacro, un templo, en donde supuso que encontraría refugio donde la ira de su persecutor amainaría. No suponía que el coraje desatado por el criminal conocería freno definitivo, pero sí que tal vez le permitiría interponer una pausa al lío para buscar luego una fórmula más eficiente de poner tierra de por medio.

Pero no fue así. El chueco entró al templo y asesinó a su perseguido. En el santuario fueron victimados también dos sacerdotes jesuitas, Javier Campos Morales uno y Joaquín César Mora Salazar el otro. Tal vez ambos supusieron que la furia criminal del delincuente encontraría cierto candado emocional o pragmático, por tratarse de la investidura de los mediadores o por el lugar de refugio al que había acudido el perseguido. Pero, nada. El criminal acribilló a los tres personajes y hasta cargó con sus cuerpos, con la pretensión de desaparecerlos y no dejar huella o borrar pistas.

Este hecho tan reprobable trae a la memoria de este amanuense un acontecimiento similar, del que hasta la fecha no se consigue aplicación de la justicia. Ocurrió acá en la población de El Grullo, Jalisco, arrancando la década pasada. Hace ya pues unos diez años del hecho. Se venían las fiestas del pueblo que suelen desatar gran algarabía y se derrocha dinero a manos llenas. Nuestros braceros se toman un descanso de su laboriosa estancia en el norte y nos visitan con los bolsillos repletos de dólares. La derrama económica por este pretexto no nos falla.

Conocedora de esta prodigalidad, una empresa cervecera pidió al ayuntamiento que por dicho año se le concediera la exclusividad del consumo de la cerveza. El asunto se discutió en el cabildo y se autorizó dicho acuerdo. La empresa cervecera aportaría el pago por dicho derecho en tres partidas: Un tercio a la hora de la firma del convenio. Los otros dos pagos se realizarían en los dos siguientes trimestres. Venció el primero y no llegó cheque alguno a las arcas del municipio. Venció el segundo plazo y tampoco. El regidor Sergio Ruelas levantó la inconformidad en esos dos momentos. Y después siguió insistiendo en el incumplimiento de dicho acuerdo por parte de la empresa.

Sergio Ruelas fungía como regidor, por Acción Nacional por cierto, y miembro de pleno derecho del cabildo. Tenía aparte un puesto de verduras en el mercado. Lo atendía él personalmente. Pues bien, como respuesta a sus señalamientos, recibió la visita de dos sicarios que llegaron a su puesto del mercado a ultimarlo. Lo balearon, pero para su fortuna, el atentado no le arrebató la existencia. Eso sí, quedó mal herido. Desde entonces, la familia lo ausentó del pueblo y es fecha que no ha regresado a su terruño amado.

Pasaron los días y se supo que Vidal Sánchez, que venía siendo su yerno, recibió también una visita de desconocidos en su centro de trabajo. Él se desempeñaba como profesor en el Cecytej. Estaba impartiendo uno de sus cursos cuando llegaron los malandrines a sacarlo del aula. En la confusión, Vidal logró escabullirse y a toda velocidad huyó en su auto hacia el pueblo, dado que las instalaciones del tecnológico distan seis kilómetros de la cabecera municipal. Logró su objetivo y llegó al poblado, perseguido muy de cerca por los malandros.

Entrando al pueblo, por lo que es la salida a Guadalajara, se encuentra el hospital regional. Sin meditarlo mucho, buscó refugiarse en el nosocomio. Pero de nada le valió la treta. Los sicarios ingresaron a mano armada en la clínica, en la que se había refugiado, y ahí lo ultimaron, dejándole ya en brazos de médicos y enfermeras, a quienes no respetaron tampoco investidura, cargos ni representación alguna. Aunque hace ya una década de estos hechos, la justicia sobre tal desgracia sigue brillando por su ausencia.

No hay respeto ya ni para templos, ni para estancias de salud, ni para investiduras, ni para ningún monumento o atavismo de concordia, de los que nos hemos ido dotando con el paso del tiempo. De nada vale que transcurra entonces el arroyo de la cultura, ni la donosura de los sagrarios. Si no se respeta lo digno, lo sacro, lo profano es entonces que ha venido a debelar su impronta entre nosotros la necrofilia y pareciera que es una enfermedad terminal, contra la que ni atisbos brotan para su posible curación.

Hace apenas dos días, en un lujoso restaurante de la ciudad de México, la jovencita cantante Yrma Lydya Quezada, de apenas 21 años de edad, fue ultimada a balazos por su esposo Jesús Hernández Alcocer, de 79. Las autoridades lograron asegurar al criminal, que ya se iba dando a la fuga. Trascendió que se trata de un abogado prestigiado que, aparte de ser un profesionista bien formado y exitoso, mantuvo ligas con Onésimo Cepeda, famoso hombre de iglesia que estuvo al frente de la diócesis de Ecatepec.

Se impone interrogarnos en serio, como comunidad: ¿Nos faltarán todavía muchos peldaños para tocar fondo en la descomposición social, que se nos vino como maldición con la emergencia del crimen organizado entre nosotros y nuestra guerra oficial contra el narcotráfico? Por lo pronto vamos recogiendo muchas duras. No se ve llegar ni de lejos el tiempo de las maduras.

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