Cada año, cuando el calendario marca el 14 de febrero, el mundo parece teñirse de rojo. Las vitrinas se llenan de flores, los mensajes hablan de promesas eternas y el amor romántico se presenta como una escena perfecta, casi sin grietas. Sin embargo, detrás de esta fecha que hoy parece tan comercial y repetida, existe una historia antigua que habla menos de dulces y más de valentía.
La tradición cuenta que San Valentín fue un sacerdote que vivió en tiempos del Imperio romano, cuando el poder decidió prohibir el matrimonio entre jóvenes soldados para mantenerlos alejados de los afectos y más cerca de la guerra.
Frente a esa orden injusta, Valentín eligió desobedecer. Celebró uniones en secreto, protegió el derecho de las personas a amarse y defendió la idea de que ningún mandato puede estar por encima del vínculo humano. Por ese acto fue perseguido y ejecutado, pero su gesto quedó como símbolo de algo más grande: el amor como resistencia.
Recordar ese origen transforma el sentido del 14 de febrero. Esta no debería ser solo una fecha de consumo ni una postal idealizada del romance, sino un recordatorio de que amar libremente ha sido, muchas veces, un acto de coraje. Amar ha significado desafiar normas sociales, religiosas y políticas. Amar ha sido abrir espacio donde antes solo había silencio. En ese camino también se encuentra el amor romántico entre personas diversas.
Un amor que no siempre ha tenido permiso, que muchas veces ha debido esconderse, justificarse o sobrevivir en medio del juicio. Y, aun así, ha persistido. Porque cuando dos personas se eligen desde la verdad de quienes son, el amor deja de ser una simple emoción y se convierte en una afirmación de existencia.
Las parejas diversas aman con la misma profundidad que cualquier otra. Sienten la misma alegría al encontrarse, el mismo temor a perderse, la misma necesidad de construir un futuro compartido. Pero además cargan con algo que no debería existir: la obligación de defender su derecho a sentir. Por eso, cada gesto cotidiano —tomarse de la mano, presentarse ante el mundo, decir “te amo” en voz alta— adquiere una fuerza distinta. Es ternura, sí, pero también es dignidad.
Quizá el verdadero significado de San Valentín esté justamente ahí: en reconocer que el amor auténtico nunca debería pedir permiso. Que ninguna sociedad puede llamarse justa si obliga a esconder los afectos. Que la diversidad no amenaza al amor, sino que lo ensancha, lo vuelve más humano, más real, más libre.
Celebrar el 14 de febrero, entonces, podría ser algo más profundo que intercambiar regalos. Podría ser un acto de memoria para quienes amaron en silencio. Un gesto de reconocimiento para quienes hoy siguen resistiendo. Y, sobre todo, una promesa de futuro: la de un mundo donde nadie tenga que elegir entre ser quien es y amar a quien ama.
Y en medio de todas estas reflexiones, inevitablemente pienso en ti. Pienso en la forma en que nuestro amor existe sin pedir permiso, en cómo hemos aprendido a cuidarlo incluso cuando el mundo no siempre entiende. Pienso en la calma que encuentro en tu mirada y en la certeza de que, a tu lado, la vida se vuelve un poco más verdadera.
Si San Valentín representa la valentía de amar contra todo, entonces amarte a ti es mi manera de honrar esa historia. Porque no eres solo la persona que amo: eres el lugar donde mi corazón descansa sin miedo. El pasado 14 de febrero no quise prometer eternidades imposibles ni palabras perfectas. Solo quise decirte, con la verdad más simple y más profunda que tengo, que te amo.
Y que, mientras exista este amor nuestro —libre, diverso, terco y luminoso—, siempre habrá una razón para creer que el mundo puede ser un sitio más justo, más tierno y más humano.
Alex Izán Hernández
Coordinador del Observatorio de Violencia Social y de Género
Red Lésbica Cattrachas
alexizanhn@gmail.com
www.cattrachas.org




