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Rosario y Ahumada

Rosario y Ahumada

Rosario y Ahumada

Juan M. Negrete

Reproduzco unos trozos de mi última novela, La Chiquita, publicada hace dos años por la Secretaría de Cultura del Estado de Jalisco, so pretexto de que Rosario Robles ha sido enviada a chirona y Carlos Ahumada, detenido también en Argentina, será tal vez extraditado a México. Los protagonistas (La Chiquita, cubana, y el Negro, mexicano) discuten la intromisión en su amorío de este personaje argentino, Ahumada. Contiene una parte de la investigación que realicé para darle sustento objetivo al relato. Por este motivo, el texto del artículo se ampliará un poco más de lo acostumbrado. Espero comprensión. Va.

 

“Carlos Agustín [informa Chiquita] no vivió en un hostal de los autorizados. Tampoco estuvo todo el tiempo en La Habana, sino que se movía por todas partes. Por supuesto que nuestro servicio de inteligencia le puso cola y fui yo una de las asignadas a esta tarea. Aunque para él fui una compañía invitada suya. Me dijo que quería agasajarme y ver si podríamos rehacer nuestro buen trato pasado…

[…] Acepté su invitación, aprovechando que me buscó en cuanto pisó tierra cubana. No estaba, en su complicada situación, en condiciones de cortejarme y buscar una consorte más, para ampliar su maraña de red de faldas. Por ahí habían ido antes sus intenciones. Eso debes saberlo muy bien tú, que eres macho. Ustedes nunca pierden la perspectiva del trato erótico. Aunque para él era ya más que suficiente andar lidiando aquí con Cecilia, su esposa, y con esa otra enamorada suya tan bella, doña Rosario Robles, como para todavía agregar a su colección una activa y ardiente mulata caribeña. Me llamó. Me dijo que le urgía verme. Enteré su solicitud al comité y me dieron puertas libres, por ver si podría yo servir de carnada informativa…

[…] _ ¿Puedes referirme acaso algo nuevo, que modifique lo que se sabe?

_ Modificar, nada. Sólo que no es cierto que supimos de su entrada a Cuba hasta que estuvo aquí instalado. Nuestra policía funciona. En asuntos de seguridad hemos desarrollado. Ningún nacional escabulle los hilos con que se le ubican. Está a nuestra vista en todo momento. Funciona todavía mejor con extranjeros.

_ ¿Entonces? ¿Se consintió oficialmente su estadía?

_ No pudo ser de otra manera.

_ Y ¿lo dejaron hacer libremente?

_ Concesión de permiso conforme a lo acordado por las partes. De todas formas, se le dio seguimiento a cada uno de sus pasos. Yo fui una de las personas asignadas, por ser de sus confianzas. A ver si lo entiendes.

_ Algo se me pierde. Un turista cualquiera informa de los motivos de su visita y los pasos que dará mientras dure su estancia. ¿A él le abrieron la casa así, sin más? ¿No sabían que era un delincuente internacional?

_ Todo se sabía sobre él. Y se le concedió la autorización. Fue línea que llegó desde muy alto. Puedo presumir que Fidel lo ordenó, aunque no pueda asegurarlo. Es lo más probable. El cuento de que llegó a instalarse como cualquier turista en una casa para viajeros, no es digerible. No podría así cumplir su objetivo de esconderse, propósito central de su estancia con nosotros. Acá viajan muchos mexicanos y andan por todas partes. Cualquiera podía interceptarlo y dar cuenta de su hallazgo, aunque no pudiese cargar con él.

_ Entonces ¿a dónde llegó?

_ Llegó primero a una de las fincas que tiene Salinas en La Habana. Una residencia que queda a escaso medio kilómetro de la casa de seguridad de Fidel, en el barrio de Atabey.

[…] _ Dices que Ahumada – reviro nervioso, confiando esquivar su mandoble – no anduvo por la libre, sino enchiquerado en una finca de Salinas.

_ En varias fincas – me contesta veloz también, mordiendo la carnada -. Y todas de ese personaje. El tipo es riquísimo. Ha adquirido muchas propiedades aquí. Yo no sé qué tanto. Es uno de los extranjeros más influyentes en Cuba. Lo sabe todo el mundo. Más los que hurgamos secretos políticos.

_ Pero [Orlando y Eduardo] dijeron que no tiene inversiones en la isla.

_ Que se lo cuenten a un ciego. Salinas las tiene, y muy pesadas. No sé si a él le convengan, pero a nuestra economía le vienen muy bien. Nuestro servicio telefónico por ejemplo es eficiente y barato, cuando apenas hasta hace un año era miserable. Nada funcionaba, nada servía. Ahora es bueno, está extendido a toda la isla y bien barato. Sé que el dinero de Salinas hizo el milagro.

_ Será el dinero de Carlos Slim, dueño de Telmex.

_ A mí no me enredes, mi Negro. Es dinero de ustedes los mexicanos. […] ¡Ah! a propósito, Carlos Agustín siempre se quejaba de que ni Salinas, ni Diego le daban el dinero, que le habían prometido.

_ ¿Cuánto dijo que prometieron entregarle por su beso de Judas?

_ Primero estuvo reticente conmigo a manejar cantidades. Pero luego cambió. Me hizo saber que negoció todo lo erogado por él. La razón que les presentó fue que, por haber exhibido infraganti a la gente del PRD, nunca lo iba a recuperar. Consideraba que su material valía por lo menos la recuperación de su dinero. Eso me dijo.

_ ¿Manejó cantidades precisas?

_ Sí. Habló de 40 millones de dólares. Que la deuda de tu partido con una televisora se remontaba a 60 millones, pero que al negociarla quedó en 40. Él la pagó y tanto el Jefe Diego como Salinas prometieron recuperársela. Luego se quejó siempre de falta de liquidez. Renegaba porque no le daban nada. Al contrario, le quitaban.

_ ¿Cómo está eso?

_ No sé si creerle. Una vez dijo que Salinas le envió una cantidad, que le fue entregada a Cecilia, su esposa. En otra ocasión retobó porque le tuvo que dar una fuerte suma al abogado, que le había puesto su protector, Salinas. No era tan claro en sus cuentas, cuando me las refería. Yo tampoco podía escarbar mucho. Aparte de mal gusto, no estaba en mi papel hacerlo. Como informante sí, pero no soltaba él tan fácil la sopa.

_ Sin embargo, te acordarás de las partidas.

_ Salinas le dio 3 millones y medio de dólares, por el trueque de los videos. Que supo que no era dinero sólo suyo, sino que lo recolectó de algunos otros actores, gente de la farándula política de tu país. Tú los conocerás. Yo no recuerdo bien sus nombres. Que luego Diego le entregó, como único pago, otros 3 millones. Quedaron depositados en la cuenta de su periódico. Ya estando aquí en Cuba, Salinas le envió con su abogado medio millón de dólares más, aunque le hizo que firmara el recibo por dos y medio. Se lo firmó. Para su sorpresa, su abogado le exigió, como pago de honorarios, dos millones de dólares. Tuvo que pagárselos. O sea que se enfrascó con ellos en un juego de toma y daca, jorobita, jorobita…, lo que se da, no se quita…

_ Según tus cuentas, le dieron en total siete millones de dólares, pero le quitaron cuatro y medio. Su chistecito traidor le salió en dos millones y medio de dólares. Pero él esperaba cuarenta. Y lo que obtuvo fue cárcel aquí, cárcel allá, desprestigio, descrédito y una especie de exilio del paraíso, donde había encontrado la forma de lavar dinero, de enriquecerse a manos llenas y de contar con la protección del gobierno, de derecha o de izquierda. Bien les dije ayer que había equivocado su intento de escalar el olimpo de la plutocracia mexicana. Estaba a punto de conseguirlo, pero le falló el último peldaño. Se desplomó hasta el suelo. Tal vez no vuelva a recuperarse…”

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