San Rodrigo Aguilar Alemán, el ahorcado
Gabriel Michel Padilla
-¡Qué bonito es Roma!, no importa que mi corral se haya quedado sin borregos y gallinas –vendí hasta las cluecas- para pagar el pasaje, pero aquí estamos en la enorme basílica construida por Miguel Ángel, la casa de los Papas que sucedieron a San Pedro. Aquí estamos en la inmensa plaza para la canonización del nuestro mártir de Ejutla, sí, el mismo que colgaron del mango de la plaza de mi pueblo.
-La rama que escogieron para colgarlo se secó en un mes, pero todo lo que quedó del árbol como que se fortaleció. A estas alturas, luce verde y cada año se llena de fruta que no ajusta para todos los peregrinos que van a venerarlo.
-Como te prometí cuando veníamos en el avión atravesando el mar, que ya que se me bajara el susto de venir en un avión te platicaría la historia.
-¡Miren! ahí está el retrato del padre Rodrigo, entre los que van a canonizar. Está igualito que cuando llegó de Unión de Tula desterrado por sus propios feligreses y nosotros le acogimos en Ejutla.
-Cuando llegó a la casa de don Mateo Michel, doña Altagracia su mujer le pidió que pasara, pero se negó sabiendo que su marido no estaba en casa y no había dado su consentimiento.
-Hasta que llegue su esposo, aceptaré su gentil hospedaje, le dijo el padre Aguilar.
Finalmente se quedó ahí dos semanas hasta que las monjas del majestuoso monasterio de Ejutla lo convencieron de que ahí tenían cuartos suficientes para hospedarlo, que además necesitaban quien diera clases de latín a los seminaristas, pues no había quien diera las clases. Y sobre todo una razón más importante, si llegaban los del gobierno, era más fácil escapar desde el convento que del centro del pueblo.
Los muchachos estaban felices con el padre Rodrigo, aparte de que era un gran latinista, era poeta y unos pocos años antes, había viajado a Jerusalén. Con sus relatos como los de Marco Polo tenía fascinados a los seminaristas que se olvidaban por momentos de que la espada de Damocles, de Plutarco Elías Calles se cernía sobre sus juveniles cabezas.
Aquel día de su martirio, los estudiantes de latín no se percataron que los caballos de los soldados venían bajando a galope del cerro de los Añiles. Cuando se dieron cuenta, el monasterio estaba sitiado por todos lados, nadie podía escapar, a menos que le llegaran al precio al jefe de la tropa. El padre Juan de la Mora, entes de que llegaran escapó junto con el padre Jerónimo y el padre Emeterio con rumbos desconocidos.
Por razones hasta hoy desconocidos, el padre Aguilar no escapó.
Las tropas federales comenzaron a disparar sobre el monasterio.
Nadie contestó el fuego. Sin ninguna resistencia entró un piquete de soldados. En cuanto lo detuvieron fue llevado a la comandancia y ahí lo tuvieron mucho tiempo. Mientras tanto la gente se movilizó a juntar mucho dinero para intentar su liberación.
Ya estaba por soltarlo el militar mientras contaba y acomodaba los centenarios que le habían pagado por el recate, cuando se presentó el jefe regional de los agraristas.
El jefe agrarista guardaba rencor al padre Rodrigo porque se negó a casarlo con un muchacha bonita, quien le dijo que ella no se arrejuntaría, si no se casaba por la iglesia.
Entonces tuvo la gran idea de ofrecerle una buena suma de dinero al padre Aguilar para que lo casara, quien se negó sabiendo que ya tenía mujer.
Cuando el agrarista se percató que lo tenían preso en Ejutla, supo que la hora de la venganza había llegado.
-Supe capitán que recibió dinero para dejar libre al curita, pero le juro que si lo suelta los voy a denunciar.
-Vamos, vamos no sea idiota, de cuando acá dos gitanos se leen las cartas. Póngase más mansito si no quiere que me lo “truene”.
-Sospecho que usted es del bando de los mochos y por eso lo quiere liberar. Así es que póngase mansito.
El agrarista cuando oyó al militar le dijo:
-Tiene razón, es más fácil por las buenas, y para que vea que respeto la autoridad militar le traigo yo también un regalito.
-En ese paliacate rojo hay unos cuantos pesos para que les regale una propina a sus muchachos. Pero a mí deme chance de tomar venganza. Ya vi ahorita que pasé por el jardín una rama muy gruesa para colgar al malhechor.
-Déjese de zalamero, ahí déjela cooperación para la causa y no se le olvide que si se le escapa una palabra no lo recomiendo. Llévese al malhechor y hasta le facilito unos muchachos para que le ayuden a hacer justicia.
Ya estando al pie del mango, al donde lo condujeron en medio de empellones y golpes, don Rodrigo preguntó:
-¿Quién me va ahorcar?
-¡Yo mero¡ -Contestó un soldado que parecía muy valiente.
-¿Quieres quedarte con mi rosario?
-Yo lo quiero, dijo el joven soldado, mi novia me ha pedido que le regale un rosario bendito,
-Pues ya está bendito, lo traje de Jerusalén.
Luego el padre les dice a los ahorcadores.
-¡Estoy listo!
El joven soldado que había recibido el rosario comenzó a temblar. Eso molestó al agrarista.
-¿No que tan valiente?
Entonces los demás dijeron:
-¡yo no lo voy a ahorcar!
El padre les dijo entonces:
¡Acerquen esa piedra grande entre todos, yo me subo. Amarren bien la cuerda del tronco del mango. Yo me subo, luego quiten la piedra. Y así cumplen con su deber!
-Ahh pos sí –dijo alguno, -su mercé disculpe por todos aquí tan mensos.
Y acercaron la piedra. El padre tranquilamente subió. Ya con la soga en el cuello les dio la orden:
-¡Ya retírenla!
Obedecieron la orden y el padre Aguilar quedó colgado, mientras que su cuerpo se mecía suavemente en el aire.
Era a fines de octubre, ya comenzaba a hacer frío, la gente que estaba escondida bajo los robles del Narigón, la montaña sagrada de Ejutla, vio que un relámpago muy brillante iluminó todo el paisaje e hizo que se esclarecieran todos los cerros de en derredor y en Ejutla se sintió una ligera sacudida de tierra.
Todo eso pasó y yo lo recuerdo como si fuera hoy. Pero hay que olvidar cosas tristes. En pocos minutos aquí en La Roma de los Césares y de los Papas, aquel ahorcado en una rama del mango de Ejutla será santo y podremos rezarle con todo nuestro fervor.
Roma 21 de mayo de 2000
