Saramagia
Josefina Reyes Quintanar
No tienen nada, pero lo son todo
José Saramago

Durante el sexenio de Ernesto Zedillo, un 22 de diciembre de 1997 ocurrió la masacre de Acteal; el ataque paramilitar sucedió en el municipio de Cenalhó. Las víctimas fueron 45 tzotziles, en su mayoría mujeres, entre las que se encontraban 4 embarazadas y niños, todos pertenecientes a la organización pacifista Las Abejas; todos ellos se encontraban orando en una ermita. A pesar de la participación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y a los procesos penales, nadie pagó por las muertes, no hubo castigo ni justicia.
Tres meses después de la matanza de Acteal, en marzo de 1998, José Saramago aterrizó en México invitado a un foro literario. Desde el aeropuerto anunció que iría a Chiapas. “Porque es mi derecho y es mi obligación”, fueron sus palabras. Para entonces ya era famoso el portugués. Muchos ya habían leído su Ensayo sobre la ceguera y la obra que lo catapultó a la fama mundial: El Evangelio según Jesucristo. Además estaba a meses de recibir el premio Nobel de literatura.
Los orígenes de Saramago son humildes. Nació cerca del río Tajo en un pequeño pueblo de Portugal, Azinhaga, en 1922. Su familia era campesina, sin tierras propias. Su tiempo transcurría en vivir el día y disfrutar del sol y el agua. Por ello los rebeldes de la Selva Lacandona no le eran indiferentes, hombres y mujeres que sólo poseían un palo porque ni a fusil llegaban. En su travesía por Chiapas lo acompañaron Carlos Monsiváis, el poeta Juan Bañuelos y los obispos Samuel Ruiz y Raúl Vera para recorrer San Pedro Cenalhó, Polhó y los campamentos de los desplazados. También lo siguieron los servicios de inteligencia durante toda su estancia, amenazado con la expulsión del país bajo el artículo 33 constitucional.
Saramago se encargó de informar al mundo acerca de la situación en las montañas del sureste mexicano, donde la vida de hombres, mujeres y niños seguía siendo la misma desde 1521 hasta la fecha. Parafraseando a Borges, decía “Millones de personas viven un atentado a su dignidad”. De regreso a su casa escribió “Todos somos Chiapas” y meses después el ensayo “Chiapas, nombre de dolor y esperanza”, en defensa de los pueblos indígenas. Aquí el escritor recurrió a la metáfora de los “persas”, en alusión a las Lettres Persanes (1721) de Montesquieu, para incidir sobre la importancia de aprender a entender al Otro desde su lugar y su perspectiva.
El escritor portugués encontró en Chiapas un mundo que no podía comprender. Decía que para el europeo no era fácil entrar al mundo indígena. Se llevó el horror del testimonio de Acteal. Escuchó a los sobrevivientes. Conoció al pequeño Gerónimo Vázquez, un niño de cuatro años al que los paramilitares le amputaron cuatro dedos. Describió la situación zapatista a la par de un campo de concentración, una ocupación militar donde la parte de las comunidades indígenas no pueden enfrentar al Ejército por no tener los medios, no tienen comida ni agua y viven en condiciones infrahumanas. Una guerra desigual, llena de desprecio hacia los indígenas.
En San Cristóbal de las Casas, Saramago declaró: “Si la voz de un escritor les sirve para algo, mi voz en vuestra voz. Seguiré hasta el final de mi vida con la conciencia de que mi voz no es sólo mi voz porque creo que, por la boca de cada uno de nosotros, está hablando la humanidad entera…” Antes de su visita a Chiapas, Saramago tenía tiempo siguiendo los movimientos del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Y posteriormente las visitas se sucedieron. Mantuvo contacto, primero epistolar y luego físico, con el subcomandante Marcos, con quien se encontró en el Zócalo de la Ciudad de México, durante la Marcha del Color de la Tierra en 2001. Fue tal su pasión por nuestro país que alguna vez dijo; “Si no me encuentran en mi país, búsquenme en México”.




