Sarita Flores (cuento) / II

Sarita Flores (cuento) / II

Gabriel Michel Padilla

– San Agustín decía “No es la clase de muerte la que hace a los mártires sino la causa”.

Santo Tomás de Aquino decía que toda pena, que a la muerte lleva sostenida con fortaleza cristiana por la causa de Dios, es martirio.

Tragedia en la Yerba Buena    12 de noviembre de 1927

Vivas lenguas de fuego incendian las delgadas varas y hojas de las paredes de aquella choza y las pencas de maguey que conformaban el techo se convirtieron en ardientes brasas.

Al incendio siguió la explosión de la dinamita, imposible de controlar. Allá, en campamento cristero de La Yerba Buena a las faldas del Volcán de Colima.

El trueno de la explosión se escuchó en Tapalpa y todas sus rancherías. Hubo gentes que lo oyeron en los Amoles y hasta en Coatlancillo.

Muchas parvadas de chachalacas y churíos, bandadas de cuervos y una inmensa mancha de garzas, huyeron espantadas al fragor de aquel estruendo.

Al pie de aquella choza en llamas quedaron los cuerpos del general Dionisio Eduardo Ochoa, el coronel Antonio Vargas, las señoritas Faustina Almeida, María de los Ángeles Ochoa y también el de la heroína nuestra Sarita Flores.

Nadie falleció al instante. María de los Ángeles fue la primera en morir. A la hora del crepúsculo, mientras el sol forjaba una acuarela de colores antes de irse a dormir, Angelita vivía sus últimos momentos en medio de la tortura de sus quemaduras.

– ¡Qué bello cuadro para partir al cielo! – dijo mientras su cuerpo achicharrado se convertía en ofrenda para la causa. Haciendo honor a su nombre, Angelita desplegó sus alas rumbo a la tierra prometida, donde no existen tiranos como Calles, ni militares que las persiguieran.

Faustina Almeida esperó que se hicieran las once de la noche, para contemplar la osa mayor saliendo entre los pinos de la sierra, para emprender su camino a la eternidad. Su cuerpo casi desnudo, que intentaba cubrir con los guiñapos de tela que no se habían pegado a su piel.

El general Dionisio Eduardo, en cuanto recuperó el sentido, lo primero que dijo fue:

– ¡Tanto que deseaba yo morir en manos de los enemigos de Cristo! Fue cuando el capellán iba llegando y le dijo: ¡También esto es morir por Cristo, hermano! En efecto el capellán era hermano del general.

Entonces gritó lleno de júbilo: ¡Viva Cristo Rey!

– ¡Viva Cristo Rey! -. Contestó con su voz casi en agonía el coronel Antonio Vargas.

Eso fue lo que hablaron en cuanto pasó la explosión. El general aún con fuerzas les dijo a las compañeras:

– Muchachas, no nos quejemos. Ya nos queda poco. ¡Vamos cantando!

Sarita, achicharrada la piel de sus brazos, parte de las piernas y el rostro negro por las quemaduras, improvisó el coro junto con los demás. La montaña guardó y el coro de voces salidas de los labios de los mártires comenzaron a arrullar el cielo y sus voces se unieron a las de los ángeles:

Su llegada llenó de alegría, de luz y armonía todo el Anáhuac.

Al cielo, al cielo al cielo quiero ir. Al cielo, al cielo, al cielo quiero ir.

Ninguno de los cinco mártires expiró en un lecho de rosas. Los golpes recibidos por la explosión y la intoxicación por arsénico, que provoca dolor de paroxismo por asfixia, les causaron una agonía dolorosa y prolongada.

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