Se nos muere el año viejo

Se nos muere el año viejo

Juan M. Negrete

Entramos ya en la recta final de lo que en el calendario común designamos como 2025. Dentro de unos días, a la continuación de esta misma contabilidad la entablaremos con la numeralia de 2026. Se trata de la cuenta de los días. Precisando con más detalle, cada día proviene de una vuelta de rotación de nuestro planeta sobre sí mismo. Y el año proviene de una vuelta completa de traslación de nuestro globito alrededor del sol, nuestra estrella central.

Es del conocimiento común afirmar que el ciclo completo de nuestra vuelta al sol gasta 365 giros del planeta sobre su propio eje. Aunque en realidad se gasta unas cuantas horas más. Por tal razón, tras tres años, al cuarto le agregamos un día más al calendario. Al año con un día sobrante lo denominamos como bisiesto. Así sumamos en un día más las horas sobrantes de cada vuelta anual y le seguimos como si nada extraordinario nos ocurriera en esta contabilidad.

Pero como sean las cosas éstas, tan nimias y regulares, a la contabilidad anual que vamos a concluir le nombramos de cariño el año viejo. Y a la cuenta que va a empezar la designamos como año nuevo. No tienen la menor importancia ni los giros planetarios ni sus cuentas, porque en realidad la luz y las sombras se siguen alternando todos los días y la vida de todos también continúa ocurriendo con la misma regularidad. Que algunos le pongamos crema a los tacos a estas fechas, es cosa nada más de diferencias culturales. No hay uniformidad de calendarios, ni tampoco de fechas de referencia para estas cuentas. Y nada extraño se nos viene tampoco de estas diferencias.

Cuando cogemos estos pedazos de tiempo, con el que medimos nuestro transcurrir cotidiano, y les insertamos otras garras de revisión, por ejemplo, las del paño político, ahí sí que nos encrespamos y nos ponemos a hablar de períodos trágicos, de historias recurrentes, y de malos retazos de nuestra vera realidad. Casi, casi, como revivir aquellas ideas de las brujerías y la presencia de los demonios en nuestras cosas, como si los entes infernales pudieran salirse del averno y vinieran a contaminarnos de desgracias el acontecer humano. Así nos dan diez y las malas, si nos ponemos a teñir de calificativos por ejemplo a los gobiernos que soportamos.

Si nos venimos a los casos concretos, a los que estamos aludiendo, bien podríamos catalogar al 2025, o año viejo, como al que nos trajo la desgracia de que subieran al pedestal ejecutivo del poder gringo a una persona esperpéntica, por decirle lo menos. Donaldo Trompas, para todos los que lo mentamos en castellano, vino a ocupar la atención de todo mundo a lo largo de nuestra última vuelta solar. Y todavía le faltan cuatro días, para las que habrá que seguirle con atención.

La verdad dicha, somos superficiales cuando nos metemos a estos bretes de calificación o descalificación de personajes, como tarea clara del acontecer político. El Trompas es un personaje irredento, que no debería estar ocupando tal sitial de poder. Si ocupa tal silla, es porque en el ejercicio electoral de los primos güeros y sus reglamentos, su candidatura ganó la partida. Fue elegido por los bolillos y ahí lo van a tener que aguantar los tres años que siguen. Luego se maneja la opción de si hubiera la variable de su reelección y de si la gringada optara por ella. Eso ya se verá. Por lo pronto siguen tres años más con la misma monserga y ni a quién quejarse.

Si le escarbamos más a la tierrita de los procesos electoreros, con que nos tiene sometidos y entretenidos la llamada democracia occidental, lo que habría que dilucidar serían más bien los modos y entresijos con que la propaganda y el mercado de los sufragios llega a estos estropicios. Si el Trompas ya había estado en dicho sitial en un período anterior, ¿a poco los gabachos votantes no le detectaron que se le brincaba la cadena? Si eso lo detectábamos ciudadanos que ni vivimos en esa realidad, ¿cómo pudo pasarles de noche a los propios güeros a la hora de elegir partidas? Por supuesto que son casos para Riplay.

Nos vendría bien consolarnos con decir que, a final de cuentas, sólo les afecta a ellos, los que lo hicieron ganar, y que con su pan que se lo coman. Pero desgraciadamente no es así. Casi todos sus arranques y ocurrencias tienen resonancia inmediata en nuestros lares. O sea que no estamos tan ajenos y distantes del accionar casero gringo. Y lo peor nos viene cuando no se restringe la mera influencia a consecuencias mercantiles o financieras, sino que se cuelan al tronco fundamental de las vidas ajenas, como ocurre con su accionar belicista, en el que anda desatado. El caso más doloroso presente es el cerco belicoso desatado contra nuestros hermanos venezolanos.

No son los únicos, sino los más destacados. Se les metió hasta la cocina en Argentina y en Honduras e impuso la línea del formato de un gobierno similar al gringo. Pero lo mismo habrá que decir de lo que ocurrió en Bolivia y en Chile, aunque la injerencia no haya sido tan descarada como en los otros mencionados. Ocuparse en este mismo tenor de Paraguay o de Perú, de El Salvador o de Ecuador, resulta hasta ocioso. Los trompeteros latinos hasta le adivinan los deseos a la ultra gringa. Y así nos está yendo. Tampoco acá aprendemos.

Pero lo de Venezuela se cuece aparte, por ser el renglón más escandaloso de todos sus amagos. Ya se hizo a un lado el discurso meramente electorero e ideológico. La bandera del filibustero, del corsario, del pirataje moderno es la que tremola y ondea hasta con orgullo el invasor gringo. Y todo indica que es lo que vamos a torear en todo el año que viene, el 2026, sin visos de cordura alguna. Pero es lo que vemos venir y a lo que habrá que hacerle frente. De todas maneras, feliz año nuevo.

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