Serenata sin fin (cuento) / I

Serenata sin fin (cuento) I

Mel Toro

 

Primera parte

Aparte del Teto y del Greg, hay otro compinche al que le encanta eso de azuzar a los cuates para llevar el discreto encanto de las serenatas a las novias esporádicas. Le dicen el Memo, por llamarse Guillermo. Aunque también le apodan el Palo. De chiquillo estaba tan fifirichito que su tío Miguel, bueno para poner sobrenombres, le puso el mote de Palillo y así le conocieron toda la infancia en el pueblo. Pero ya creció, se vino a vivir a la ciudad dizque para estudiar y como ya no está niñito, pues adiós Palillo. Ahora es el Palo, nada más.

Esta muchachada pueblerina, emigrada a la ciudad para continuar sus estudios, comparte sus tiempos libres en tareas laborales. De ello saca lana para la torta. Todos los fines de semana rematan en convivios largos, hasta trasnocharse en serio. Mas lo de llevar serenata viene a ser su aventura central. Incluso hay dentro de la palomilla quienes murmuran que eso de juntarse los fines de semana para cenar juntos y luego descorchar botellas no es más que la tapadera del fin verdadero. Así tildan el hábito que poco a poco se les ha vuelto rutina de llevarle música a la muchacha con la que andan quedando bien. Están de acuerdo todos en que es una experiencia grata, Y se dan gallo.

Para lo de la cantada y la tocada, se atienen a los que mejor le hallan a la tal chifladura. Todos sueltan la voz, pero quienes mejor armonizan y saben indicar tanto primeras como segundas son dos hermanos que se integraron al coro del grupo folclórico de la universidad. Aparte de sus buenas voces, dominan los acompañamientos de la guitarra y el acordeón. Le sacan sabor al contrabajo y se acompañan también con tercios y güiros. Son un costal de sorpresa instrumental.

Los hermanitos Pepe y Paco le han propuesto a la muchachada la tarea de aprenderse canciones tradicionales, para no ir a salir junto al balcón con improvisaciones de mala nota. Eso les ha metido en la nueva dinámica de que también algunas veces entre semana se junten a ensayar las canciones elegidas, para aprendérselas y ejecutarlas como debe ser. No las integran al repertorio sino hasta que la flota las tiene bien aprendidas.

Con las primeras desveladas, se atuvieron a las cancioncitas más conocidas de todos. Pero poco a poco se le fueron metiendo a lo granado de piezas mejores. De ahí que Pepe, cuando notó que les había despertado la sensibilidad, juntó a los más que pudo para enseñarles las distintas voces y los difíciles acordes de la canción de Perjura, su favorita,

Les expuso que no se trataba de cualquier compositor, sino de uno de los más reconocidos del tiempo de don Porfirio, don Miguel Lerdo de Tejada, pariente de Sebastián de los mismos apellidos, quien fuera presidente de la república después de Benito Juárez. Así se fue cultivando poco a poco la palomilla, con todos estos avatares nimios, que parecían ser anodinos, pero en el que les imbuía Pepe con todas las ganas de que sus paisanos se metieran a estas dinámicas.

Les aclaró que otro músico, ligado a Lerdo de Tejada con esta canción, se llamaba don Fernando Luna y Drusina, y más minucias de este jaez. Tras satisfacer la página cultural los ponía a tararear los acordes de la bella melodía de cada canción por estrenar, una en cada serenata. Puso pues en sus manos la letra de Perjura:

 

Con tenue velo tu faz hermosa

Camino al templo te conocí,

Y al verte ¡oh niña tan pudorosa

¡Por vez primera amor sentí!

Tiernas palabras dije a tu oído,

Dulces caricias te prodigué

Y al ver mi pecho de amor henchido

Ser siempre tuyo fiel te juré.

 

¡Ay! cuántas veces la luz del día nos sorprendió.

¡Ay! cuántas otras tus juramentos el cielo oyó;

Esos momentos, amada mía, no olvidaré

Cuando en tus brazos y en beso amante mi alma dejé.

 

Con velo blanco tu faz traidora

Camino al templo te vuelvo a ver,

¿Dónde están, dime bella señora

Tus juramentos que diste ayer?

Tiernas palabras junto a tu oído

Dulces caricias, también tendrás;

Más nunca un pecho de amor henchido

Tu nuevo amante darte podrá.

 

Pero ¡ay! no puedo dejar de amarte mi dulce bien

Que es imposible que yo te olvide si eres mí ser.

Yo ni la muerte podrá arrancarte del corazón.

Que somos uno aunque tú digas que somos dos.

 

Ya metidos en gastos, les hizo saber que se trataba de una cancioncita vieja pero muy gustada en la sociedad porfirista. Y también les ilustró con que el texto pertenecía a un poema más largo. Las dos interpretaciones más conocidas de las que hasta se podían obtener discos, eran: una de Jorge Negrete y otra con Hugo Avendaño.

Al oír ambas versiones, se llevaron pues la sorpresa de que la letra de cada una era distinta. Pepe les ilustró con que para una versión se había escogido una parte del poema y para la segunda, otra. Por eso aparecían distintas. Aclaradas las partidas, se sentaron a machacar acordes y a rebuscar flecos, hasta que sintieron dominar la pieza. Satisfechos con el logro de dominarla, la integraron como la cereza del pastel de su desvelada.

[Continuará…]