Serenata sin fin (cuento) II
Mel Toro
Segunda parte.
De a poco, la muchachada ha ido acoplándose a las lecciones musicales que les imparte su buen amigo Pepe. A todos ellos les encanta el concierto mélico. Los progenitores les indujeron desde chiquillos en este gusto y ninguno lo ha abandonado. Bueno fuera, se dicen unos a otros, meternos al orfeón universitario; pero mal les alcanza el tiempo libre que les deja el estudio, para agenciarse unos quichos y enfrentar las malpasadas.
Por eso le han hallado traza a la combinación de sus sesiones sabatinas de convivencia, reencuentro, la manutención de la liga del paisanaje y entregarse a opíparos banquetes de las fondas del barrio, sin olvidarse de la bebeta. Es una rutina que ha venido a darle sentido al soso transcurrir de sus días de preparación estudiantil y a sus rutinas por alcanzar un grado profesional, con el cual abrirse las puertas en el futuro. Pero lo mejor de estas sesiones sabatinas está bordado con la experiencia de sus serenatas.
Para el sábado venidero, el que ya les habló de una novia por cortejar y agasajar con sus cánticos, que no les salen ya tan improvisados, es el Memo. Les hizo saber que la chica vive por el viejo barrio en donde estuvieron las instalaciones deportivas del Oro. Todavía les tocó conocer los buenos tiempos de este equipo de fútbol, aunque al que aplaude todo mundo en la perla, desde hace varios años, es al de las chivas.
Con la efervescencia futbolística, los clubes unidos construyeron un moderno estadio. Lo llamaron Jalisco y las cuatro cuadrillas de fútbol concentraron sus encuentros entre sí y con otros equipos del resto del país en ese escenario. De ahí que la zona en donde estaban las instalaciones del Oro dejara de ser un páramo deportivo. Desaparecieron las canchas. Por eso se empezaron a construir por dicho rumbo casas habitación. La familia de la más reciente novia del Memo vive allá. Habrá que ir entonces a explorar esos nuevos territorios.
Pero Memo salió más exigente que los anteriores. Paco le sugiere a su hermano Pepe que junte al grupo y ensaye con ellos otra canción de pegue, fina. Hasta se llevó consigo la partitura, para no encontrar negativa. Sabe bien que si la propone él, se la rechazan. Pepe entiende la jugada de su hermano y hace suyo el brete. Se trata de la canción de Gratia plena, cuya letra pertenece a un poema muy conocido de Amado Nervo y al que musicalizó Mario Talavera. Les llegó con fotocopias del dichoso poema, para que se lo aprendieran todos de memoria:
Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
Su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar…
El ingenio de Francia de su boca fluía.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Quién la vio, no la pudo ya jamás olvidar!
Ingenua como el agua, diáfana como el día,
Rubia y nevada como margarita sin par,
A influjo de su alma celeste… amanecía…
Era llena de gracia, como el Avemaría.
¡Cuánto, cuánto la quise! Por diez años fue mía;
Pero flores tan bellas nunca pueden durar.
Era llena de gracia, como el Avemaría.
Y a la fuente de gracia, de donde procedía,
¡se volvió… como gota que se vuelve a la mar!
Era llena de gracia, como el Avemaría.
La suspicacia de Pepe, por conocer al dedillo a cada uno de sus paisanos tan quisquillosos, le hizo entender de golpe que bien podrían no acceder a incorporar a su ramillete esta pieza tan fina. Aparte de ser de difícil ejecución y aprendizaje, la finura del texto podría ser pretexto suficiente para que la echaran al bote de la basura. Con el fin de no ir a correr tal desaguisado, les llegó al ensayo con una segunda canción clásica. Tan complicada en su ejecución como la Gratia plena, pero de más sabrosa deglución. Y dio en el clavo.
Les llegó con Marchita el alma. Les ilustró a detalle de su composición y de su letra, que provino de la canilla de Manuel M. Ponce y del éxito que siempre tuvo en la historia de sus abuelos esta canción:
Marchita el alma, triste el pensamiento
mustia la faz y herido el corazón,
atravesando la existencia mísera
sin la esperanza,
sin la esperanza de alcanzar su amor.
Yo quise hablarle y decirle mucho, mucho
pero al intentarlo mi labio enmudeció.
Nada le dije porque nada pude,
pues era de otro ya,
pues era de otro, ay, su corazón.
Su propuesta no sólo fue atinada. Todos aceptaron sin chistar las dos nuevas piezas. Y no sólo eso. Acordaron reunirse dos o tres veces más en la semana a pulirlas, pues el siguiente sábado iban a estrenarse como orfeón serenatero en serio.
[Continuará…]
