Serenata sin fin (cuento) /III

Serenata sin fin (cuento) III

Mel Toro

 

Tercera parte:

Por fin se les llega el sabadito lindo, programado para llevar la serenata más fina de todas. Para ésta ensayaron varias piezas nuevas. Le pusieron mucho empeño a las lecciones de Pepe, quien no regateó tiempo al coro en las tarareadas, hasta que sintió que ya daban todos el do de pecho.

Se iban a su casa cada uno, tras la tarea, ocupada la mente en tan bellos acordes y amarrando las volutas, altas y bajas, que les había enseñado su mentor para que luciera su participación. La más complicada de todas les pareció de inicio a fin ésa de Marchita el alma. Y se decían unos a otros si, aparte de la letra, no iría a tomar a mal el mensaje la novia, porque su letra reflejaba una situación dura o tirante entre los amantes. No le dieron más vueltas al asunto y aceptaron el pronóstico de que les iría muy bien esta vez: unos a otros se decían que se lucirían en serio y, a la buena, hasta empezarían a contratarlos, quienes se fueran enterando de lo bien que iban armando sus desveladas con cantigas.

Como todas las tardes de sus sábados, esta vez se les amplió la concurrencia de amigos. Corrió el rumor de que habían estudiado buenas rolas y que se habían afinado unos a otros. Habían descubierto bien a bien quiénes eran los buenos para llevar en primera voz la melodía y quiénes entrarían al coro haciendo segundas y terceras. Bueno, hasta descubrieron que uno de ellos era fino para destemplar con su sexta disonante. Había quedado integrada la armonía a placer de todos.

Ya juntos, cenaron bien con su famosa tía Pachita, tras haberse deleitado con la religiosa ingesta previa de tragos, que ninguno de ellos perdonaba, nunca. Eso hubiera sido una verdadera herejía. No serían todavía ni las diez de la noche cuando concluyó el ritual de la cena y marcharon a la casa, listos para partir.

Palo, el novio, resaltó el dato de que era temprano para arrancar; que todavía les sobraba tiempo. Se les sentó a un lado a los capitanes musicales, sus primos Paco y Pepe, y les pidió su opinión de una vieja cancioncita cuamilera, que conoció desde niño. Se le metió en la cabeza no sólo que estaba que ni mandada a hacer para esta cantata nocturna, sino que le gustaba hasta para que fuera la pieza central.

_ Mi única objeción – le contestó Pepe -, es que no la hemos ensayado.

_ Pues yo la canto solo, hermano. Ustedes nomás me acompañan.

_ ¿Cuál es? – le reviró el aludido -, para ajustarla al tono de tu voz.

_ No creo que la desconozcan ustedes dos, que son unos tigres para esto de los líos musicales – les retobó el Palo, induciendo que ya le habían dado luz verde -. Se trata de la vieja rola Otra vez. No sé quién la haya compuesto. Para mí que es del dominio público.

_ No – retobó el Paco -. Sí tiene autor conocido. Es de Ignacio Fernández Esperón. Vamos ensayándola, carnales. Yo la conozco bien. Pero afina el galillo lo mejor que puedas tú, Palo, para que te luzcas. Es buena idea eso de que partas plaza con ella.

El resto de cantores guardó compostura para oírla con cuidado. A algunos les resultó completamente desconocida. Le pusieron atención a la letra:

Quiero ver otra vez
Tus ojitos en noche serena
Quiero oír otra vez
Tus palabras calmando mi pena

Quiero ser otra vez
El que inquieta la paz de tus sueños
Con la voz amorosa
De un cariño borracho de ensueño

Y quisiera, sobre todo
Un poquito de esperanza
Tú te has vuelto muy esquiva
Muy dada a la desconfianza

No hay razón, dulce bien,
De que me trates como a un extraño
Siempre soy el que he sido
No me pagues con un desengaño
Mira, prieta, me harías mucho daño

Los músicos, con el solista, le dieron dos o tres repasadas hasta que sintieron que ya la tenían en la bolsa. Pero para esto, el resto del contingente se lanzó por más boas a la tiendita de la esquina, porque se les estaba agotando el parque etílico y la noche apuntaba a resultar una de las mejores serenatas de toda las que habían llevado.

Tanto se emocionó el Palo, el mero machín de la ronda, que empezó a empinarse los tragos a pico de botella. con el brete de que les iba a salir muy bien su talacha, le alentaban. Aunque no se dedicaba él a la cantada, se oía bien cortado y mejor afinado. Tanto le levantaron el ánimo que hasta soltaron una buena tanda de guacos, sin todavía arrancar a su destino.

Cuando ya sonaron las campanadas del santuario dando la media noche, cada uno se trepó al carro asignado y arrancaron con rumbo a la velada nocturna, siguiendo en caravana al auto del Palo, pues ninguno otro de la comitiva conocía el domicilio de la novia.

No estaba tan lejos. Se gastarían a lo sumo una media hora en el desplazamiento. De santa Tere bajaron por la avenida de las Américas hasta Hidalgo. Llegando a la catedral dieron vuelta hacia el sur y luego cogieron la avenida Revolución. Ya de ahí se metieron al barrio de casas nuevas en donde habían estado las instalaciones deportivas del club Oro. El Palo condujo a la comitiva justo hasta el domicilio acordado y, ya puestos en orden de batalla, músicos, cantores y espectadores se dispusieron a arrancar el festejo.

La ceremonia siempre inicia con la clásica entrada del Despierta, dulce amor de mi vida, como debe ser. Se siguieron de corrido con las infaltables mañanitas. Todo en orden. Para cuando concluyó esta pieza, y ya listos para poner en ejecución el concierto tan bien preparado con antelación, alguno reclamó la presencia del novio, al que no se le veía por ningún lado. Más de alguno supuso que le estaba ganando la timidez y se se estaría escondiendo entre los espectadores. Pero ya era hora de que diera la cara y se integrara al orfeón. Tenía que calentar el galillo, para cuando fuera el cantor central.

Sin hacer mucho barullo, Pepe dio la orden de que lo buscaran. Se acercó el Teto y les hizo saber que el tal Palo se había quedado completamente dormido, apoyado en el volante de su camioneta. Pepe, avezado a estos menesteres, dio la directriz de que continuaran ejecutando la serenata, tal cual la habían planeado, esperando a ver si el Palo se despertara cuando le tocara su canción.

Llegó la serenata a su clímax y el Palo, ni sus luces. Pepe tomó la determinación de que Paco, su hermano, interpretara la de Otra vez, dado que la conocía bien. Estaba seguro de que le saldría bien lograda, pues su timbre de barítono no desentonaba con lo escogido. El Palo seguía entregado a los brazos de Morfeo y no despertó.

Cuando terminaron de ejecutar las diez canciones de la lista preparada, bajo, maracas, voces, güiros y guitarras, a una nota, soltaron la despedida: “Me despido ya… alma de mi alma… que duermas tranquila, vida de mi vida, tu sueño con calma…” Cuando se les aparece en puro en medio el fantasma del Palo y les manda a callar.

_ Ningún ‘me despido ya…’ Les traje a cantar una serenata y no me van a dejar colgado de la brocha. ¡Qué va a decir mi morenita!… A ver, todos a una… me siguen.

Y empezó a entonar a voz en cuello la de “Despierta, dulce amor de mi vida…” con el acompañamiento enfurruñado de la rondalla. No vendría a ser raro que ahí estuvieran todavía cantándole a la ingrata al pie de esa ventana, con las exigencias impertinentes del tal Palo… tal astilla.

Fin

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