Sheinbaum en España

Carlos Delgadillo Macías
La presidenta Claudia Sheinbaum acudió a la IV Cumbre “En defensa de la democracia”, que también es conocida coloquialmente como “Reunión de líderes progresistas”, que se realizó en Barcelona. Estos eventos son una iniciativa de líderes de izquierda que están intentando hacer un contrapeso a la derecha y la ultraderecha a nivel global. Sus principales impulsores son Pedro Sánchez, presidente del gobierno español, y Luis Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil.
La cumbre tuvo su agenda principal el sábado 18 de abril. Además de Sheinbaum, Sánchez y Lula, estuvieron presentes, entre otros, Gustavo Petro, presidente de Colombia, Yamandú Orsi, presidente de Uruguay, y Gabriel Boric, expresidente de Chile y otro de los grandes impulsores de la cumbre en ediciones anteriores.
En el caso específico de México y España, el encuentro entre sus presidentes marcó un paso importante en la normalización de las relaciones diplomáticas, que estaban en una situación irregular desde el diferendo de 2019, cuando la Casa Real española decidió hacer pública una carta del entonces presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, en la que invitaba al rey Felipe VI a pedir disculpas por los agravios cometidos contra la población indígena durante la Conquista y la Colonia. Esa publicación y la negativa de las disculpas provocó un enfriamiento que perduró durante todo el sexenio obradorista.
Un proceso de acercamiento
Sin embargo, ya con el cambio de gobierno en México y con el segundo periodo de Trump, tanto la Casa Real como el gobierno español comenzaron una estrategia gradual de acercamiento con la administración encabezada por Sheinbaum, quien no invitó a Felipe VI a su toma de posesión, en octubre de 2024. El mejor camino fue el de la cultura.
Ya en diciembre de ese mismo año, España fue el País Invitado de Honor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Si bien esa asistencia no fue una iniciativa del gobierno mexicano, sino del comité organizador de la feria, puede mencionarse como un antecedente importante.
Para mediados de 2025, en junio, se otorgó el Premio Princesa de Asturias de la Concordia al Museo Nacional de Antropología de México. Ya en ese momento la presidenta mexicana reconoció el gesto y lo atribuyó a una voluntad de acercamiento por parte de la Corona española.
Para finales de 2025, el Premio Cervantes, máximo galardón internacional de las letras hispanas, fue otorgado al escritor mexicano Gonzalo Celorio. Por las mismas fechas, José Manuel Albares, ministro español de Asuntos Exteriores, hizo declaraciones en las que reconoció públicamente las injusticias contra los pueblos originarios durante el proceso de la Conquista. Nuevamente, Sheinbaum se mostró satisfecha en una conferencia matutina. A la par, el presidente Sánchez declaró en entrevista que para su gobierno era una prioridad la normalización de las relaciones diplomáticas con México.
Ya en los inicios de este 2026, el gobierno mexicano envió a España dos grandes exposiciones con piezas del arte y la cultura de los pueblos indígenas. En una de ellas, el propio Felipe VI reconoció finalmente aquellos agravios sobre los que había optado no opinar en 2019, hace ya siete años. Ése fue el gesto necesario para encaminar el proceso.
La urgencia coyuntural
Tanto en México como en España hay gobiernos de izquierda que enfrentan, cada uno a su manera, la amenaza de Donald Trump y sus políticas intervencionistas, agresivas e injerencistas. En el caso de México, la deportación masiva por parte del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), los amagues de intervenir en territorio mexicano contra los carteles, además del discurso hostil de la Casa Blanca, que sacude el espantajo de los aranceles, se han combinado con señales ominosas como la intervención militar en Venezuela y el bloqueo contra Cuba.
En el caso de España, el órdago por Groenlandia y la aplicación efectiva de los famosos aranceles, además del apoyo de Estados Unidos a Israel en el conflicto palestino prepararon el terreno para una postura firme de La Moncloa frente a la guerra en Irán. Pedro Sánchez ha sido la voz más crítica de la agresión estadounidense e israelí, se ha opuesto en redondo a participar y ha hecho gestiones para que los aliados de la OTAN sigan una línea parecida. Además, ha estado denunciando recurrentemente las acciones de Israel en la Franja de Gaza, lo que le ha valido ataques verbales y diplomáticos de Tel Aviv.
A todo esto debe sumarse, como catalizador, la formalización del “Escudo para las Américas”, propuesto por Trump, que reunió a mandatarios afines en Florida, el pasado 7 de marzo. Con la participación de personajes como el argentino Javier Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa y el salvadoreño Nayib Bukele, la cumbre mostró el músculo de la derecha continental, que también cuenta ya con el chileno José Antonio Kast, que tomó posesión apenas unos días después.
En este escenario, Claudia Sheinbaum ha entendido que las diferencias históricas con España no podían opacar la necesidad de hacer bloque en las izquierdas. México simplemente no podía desaprovechar la oportunidad de sumarse a España y Brasil, de uno y otro lado del Atlántico, para contrarrestar el avance de las derechas. Con Trump como amenaza común, Sheinbaum y Sánchez lograron que por fin prevalecieran la racionalidad y el pragmatismo en su política de alianzas.
Ya hay algunos frutos: Brasil, España y México se han comprometido a enviar ayuda humanitaria a Cuba, que permanece bloqueada por Washington. Y la próxima edición de la cumbre “En defensa de la democracia” se realizará en México, durante el 2027, en una fecha exacta aún por definir.
No ha sido sólo la voluntad de reconciliación lo que ha acercado a los gobiernos de México y España, sino, sobre todo, la urgencia de un entorno por demás sombrío, con la guerra, la intervención, la injerencia y la amenaza como cosa de todos los días, por parte de Estados Unidos y su impredecible presidente.