Todos los días hay explosiones

Muy lamentable el siniestro de hace unos días en plenas fiestas de Amatitlán. La fe que se conjuga con las tradiciones pirotécnicas y las vendimias populares en los vecindarios o pueblos son grandes oportunidades para fortalecer la convivencia social y familiar, además de activar la economía de los comerciantes que buscan el “pan de cada día”.

Sin embargo, este tipo de desgracias es un grito de alerta para todos. Los accidentes son inevitables en todo el mundo, pero hay accidentes que se pueden evitar cuando se extreman precauciones.

Ya hace varios meses, en un escrito de Los laberintos imborrables, daba cuenta de un accidente en las inmediaciones entre Temacapulín y Palmarejo, Jalisco. Un joven que cayó de una motocicleta sufrió un golpe tan grave en su cerebro que ha estado desde entonces en una rehabilitación prolongada y dolorosa para él y para su familia. De una experiencia negativa, hubo una explosión de solidaridad inaudita. Cientos de personas y decenas de familias, hasta la fecha, después de seis meses, siguen acompañando esta experiencia que, además de milagrosa, ha sido exitosa, porque el joven ha mejorado muchísimo y esperamos que, en un tiempo no muy lejano, se incorpore a una vida normal y siga cumpliendo sus sueños e ideales.

En el mismo Temacapulín, pero hace 15 días, otra tragedia movió a los vecinos de la pequeña población alteña, acostumbrada desde hace décadas a estar alerta ante los episodios de amenazas y riesgos que trajo, en su momento, la construcción de la presa El Zapotillo.

De pronto, una explosión rompió la quietud tradicional. Un tanque de gas explotó en un taller contiguo a una casa y muy cerca de las escuelas. El fuego se propagó con furia en los inicios de este mes de mayo, caracterizado por el bochorno climático. Hubo gritos de desesperación y, a la vez, las redes sociales pusieron en movimiento acelerado a los vecinos que, con cubetas de agua, extinguidores y el apoyo de los cuerpos de rescate municipales, sofocaron el siniestro sin más daños que los materiales, que, aunque fueron cuantiosos, no cobraron víctimas humanas.

El caso de Amatitlán es verdaderamente doloroso. Las pérdidas humanas son irreparables y los heridos graves siguen en riesgo. Las pérdidas materiales no serán tan grandes, pero una fiesta que se convierte en tragedia es una pesadilla que no se supera tan fácil. Es cierto que muchas instituciones se organizan para auxiliar en la emergencia, pero las heridas y la muerte son tatuajes imborrables.

Y pensar que todos los pueblos, pequeños o grandes, han pasado por tragedias de una u otra forma. Apenas hace un mes, la compañera Lilia Ruiz nos compartía el eterno viacrucis de las explosiones del 22 de abril de 1992. Han pasado 34 años y las heridas siguen abiertas.

En toda la República Mexicana han pasado tantas cosas de todo tipo. En este preciso momento surgen gritos desesperados por tantos acontecimientos negativos en México y en el mundo.

Jalisco está explotando diariamente. Miles de personas sufren distintos atentados, sea de los criminales, de los malos gobernantes, de los malos líderes religiosos o de nuestras propias imprudencias y temeridades. Pero el discurso es: “Nuestro pueblo es muy solidario. Apenas hay una desgracia y todos corren a ayudar”. ¿Y para qué esperarnos a que haya desgracias? ¿Por qué no cambiamos a la cultura de la prevención?

Es cierto que no le tenemos miedo a la muerte. Y que “Jalisco no se raja”. Pero tampoco tengamos miedo a la vida digna. No nos conformemos con ser solidarios en la emergencia, y muy resistentes o resignados. Es urgente una serie de explosiones permanentes y bien articuladas que nos lleven a una organización personal, familiar, popular e institucional a favor de la seguridad, de la integridad, de la justicia y de la paz, que garantice que siga la fiesta y no solo el júbilo mundialista que, de antemano, sabemos que es para unos pocos.

Necesitamos un Jalisco incluyente de verdad, no en el discurso hipócrita de siempre. Necesitamos subir de nivel en todas las áreas de la vida humana. Y para eso sumamos todos y todas.

Por lo pronto, disculpen que me retire al rancho, pero en Temacapulín seguimos en emergencia. No hemos podido hacer que exploten bien las clases de música y estamos buscando alumnos que se integren a la banda musical, así como dinero para pagar al maestro con apoyo de los padres de familia. Aquí es donde se ocupa entender la dinámica de los procesos proactivos y solidarios. Lo que no debería explotar, explota. Y lo que debería despegar se queda anclado, estancado, porque hay personas que se dedican a mojar la pólvora. ¿A poco a ti no te ha pasado?

Pero ya verán que la banda va a sonar… tarde o temprano. Y los proyectos de tu comunidad también.

Gabriel Espinoza Iñiguez
Salvemos Temaca AC

Gabriel Espinoza
Gabriel Espinoza Íñiguez nació en Cosolapa, Oaxaca, el 30 de agosto de 1968. Es hijo de padres campesinos y comerciantes, Cesario Espinoza y Librada Íñiguez, ambos originarios de Temacapulín, Jalisco. Estudió Filosofía y Teología en el Seminario Conciliar del Señor San José, en Guadalajara. Ejerció como sacerdote de 1995 a 2015. A partir de 2015 solicitó dispensa a la Santa Sede y realizó un intenso trabajo social en rechazo a la presa El Zapotillo y a la privatización del agua. Diseñó la campaña permanente Volvamos a la Raíz y cursó la maestría en Desarrollo Rural en la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Xochimilco. Actualmente trabaja en proyectos de soberanía alimentaria y medio ambiente, y colabora en iniciativas con la Universidad de Guadalajara, en el Centro Universitario de los Altos (CUAltos).