Trump y Groenlandia
Carlos Delgadillo Macías
Recientemente, con motivo de la realización de ejercicios militares europeos en Groenlandia, Donald Trump anunció, a manera de represalia, la aplicación de aranceles de un 10% a Noruega, Suecia, Finlandia, Francia, Alemania, Reino Unido y Países Bajos y Dinamarca, los países participantes, a partir de febrero. Además, advirtió que las tarifas podrían aumentar hasta un 25% en junio, si esos países no aceptan la cesión de la isla ártica.
El presidente norteamericano argumenta insistentemente que Estados Unidos necesita ese inmenso territorio por motivos de defensa y seguridad. En particular, lo ve como una parte esencia de la “Cúpula Dorada”, su proyecto de despliegue de satélites y misiles interceptores frente a la amenaza potencial de superpotencias como Rusia y China, pero también la República Popular Democrática de Corea. Trump ha aludido a la presencia de embarcaciones rusas y chinas en el Ártico y ha sostenido que, si Estados Unidos no se apropia de Groenlandia, lo harán Pekín o Moscú. Frente a este razonamiento, se apunta que Estados Unidos ya cuenta con presencia en la región, desde la Segunda Guerra Mundial.
La Base Espacial Pituffik cuenta con un sistema de alerta temprana de misiles balísticos, puede rastrear objetos en órbita y forma parte del NORAD (Mando de Defensa Aeroespacial de América del Norte). ¿Por qué entonces plantear una anexión completa de Groenlandia si Estados Unidos simplemente puede solicitar una ampliación de esa base o la instalación de otras, con mayor capacidad defensiva? A esta pregunta, Trump ha contestado en términos coloquiales que no es lo mismo defender algo prestado que algo propio.
Es inevitable pensar que para la Casa Blanca el asunto de Groenlandia va más allá de un tema de defensa solamente. Si se está tomando en serio la recuperación de la doctrina Monroe, eso implicaría no sólo sacar del continente americano a los rusos y a los chinos, sino también a los propios aliados europeos, comenzando por Dinamarca.
Si ese motivo no fuera suficiente, se puede explorar el tema económico. En Groenlandia hay grandes yacimientos de petróleo, tierras raras, oro, uranio y piedras preciosas, que no han sido explotados. En 2021, el gobierno groenlandés aprobó leyes para restringir las exploraciones petrolíferas y también prohibió la minería de uranio, lo que también limita la extracción de tierras raras, pues éstas suelen hallarse en los mismos yacimientos que los elementos radiactivos. Detrás de estas decisiones está la idea de que el cambio climático y los daños medioambientales son mucho más costosos que la riqueza que se podría producir u obtener.
Además, pensar en la explotación industrial de los recursos de Groenlandia no es nada sencillo. El frío extremo, la congelación de vastas regiones marítimas en buena parte del año y la falta total de infraestructura plantearían retos logísticos y financieros que no serían fáciles de asumir. Las empresas privadas o públicas tendrían que hacer inversiones astronómicas que harían inviables los proyectos de extracción. Si Trump cree que ahí encontraría una forma de contrarrestar el predominio de China en la producción de tierras raras, por ejemplo, o si realmente cree que los chinos podrían apropiarse de todos esos recursos, estaría sin duda menospreciando todas esas dificultades.
Si anexarse Groenlandia podría implicar una ruptura de la OTAN, porque Dinamarca, como miembro, podría invocar el Artículo 5 de defensa mutua frente a una agresión militar y porque no parece que haya una vía para que el país europeo ceda el territorio y ni siquiera que los groenlandeses, al independizarse (como se plantea), busquen además incorporarse a EE. UU., la pregunta es si vale la pena todo este empeño de la Casa Blanca, pensando encima en que los únicos beneficiados de las grietas en la alianza atlántica son los rusos y los chinos, justo a los que se apunta como una amenaza en el Ártico.
Agotadas las vías para entender las decisiones de Trump apelando a las razones, pueden plantearse otras alternativas. ¿Puede tratarse de la egolatría de un político que, en el afán de “hacer a América grande otra vez”, esté pensando en ampliar el territorio de su país y que eso sea parte de lo que ve como su “legado”? ¿Está pensando en la “trascendencia” de su nombre como el que logró una anexión de un territorio tan grande para Estados Unidos?
Con una mezcla de militarismo en grado superlativo (“Cúpula Dorada”), el interés extractivista neocolonial, que además se combina con la denegación del cambio climático, la nueva doctrina Monroe de Trump y sus posibles ensoñaciones megalómanas, el proyecto de anexión de Groenlandia desquicia las relaciones internacionales y refuerza el planteamiento de que Estados Unidos, como superpotencia, parece haber entrado en una fase extraña, en la que todo pareciera posible.
