UdeG, 30 años de Padilla

Filosofando

Criterios

 

Debería leerse mejor ‘de pesadilla’, porque eso vienen siendo los últimos treinta años de la UdeG, o la era Padilla: un sueño doloroso y hostil, agrio y tenebroso. Ayer, viernes cinco de abril, los muchachos del colectivo de reflexión universitaria (CRU) organizaron un foro en el auditorio Silvano Barba del CUCSH, para ocuparse del tema. Es de aplaudirse la buena voluntad de este grupo por resarcir el sentido de la existencia de una universidad pública. El CRU está incrustado en redes y mantiene mensajes constantes sobre este asunto. Es un equipo crítico que sostiene esta bandera con valentía, aunque no se vea mejoría en el horizonte todavía.

Responsabilidad es de las autoridades poner remedio a tantas malas trazas denunciadas. Pero en cuanto sale a relucir el tema de la UdeG vuelven la cara, fingen demencia, cambian de tema. Dejan, a los denunciantes, chiflando en la loma. Esperar que los desfiguros que ocurren en la universidad sean enmendados es algo así como esperar un milagro, como pedir las perlas de la virgen o implorar por imposibles.

Entre los disertantes estuvo nuestro colega periodista Juan José Doñán, siempre ocurrente. Dijo que no hay visos de que la gente del poder le vaya a meter correctivo disciplinario alguno. Formuló que, si acaso se pueda esperar un cambio en positivo, habrá que esperar este impulso de la comunidad universitaria, de los estudiantes y maestros en ella congregados. Si la vitalidad y la fortaleza de estos contingentes la apuran, podremos abrigar esperanzas en ese sentido. Pero si la masa magisterial y estudiantil no hace suyo este reclamo transformador ni pone manos a la obra, la pesadilla continuará ahondándose, para perjuicio de la comuna.

Parece un juicio atinado. Se atiene al principio funcional de toda democracia. Lo que no realice el pueblo no se hace. Lo espetó bien claro: lo poco o mucho bueno que se ha realizado, a lo largo de estos treinta años, no ha derivado de las buenas gestiones de los administrativos, ni es producto de esos personajes ponzoñosos que sólo medran del presupuesto. Esas páginas positivas, que las hay, se deben al trabajo paciente y responsable de los muchos intelectuales, pensadores y aprendices que pululan intramuros de la UdeG. Algo así como decir que el pueblo es bueno y sabio y que produce, a pesar y aún en contra de quienes están puestos ahí de estorbosos para que nada funcione.

O sea que los administrativos de ahora y los que han andado por ahí a lo largo de estos treinta años sólo saludan con sombrero ajeno. Sólo han estado cabildeando para su peculio, para manipular la nómina y sacarle jugo. Y no hay veedor ni auditor que les vaya a la mano. A todos los han corrompido, los mantienen en capilla; los han vuelto cómplices o les han cegado y nada ven. O todas las opciones juntas y aún más que se pudieran ir enumerando.

El economista Pablo Sandoval señaló también con mucha propiedad los renglones de su torcido manejo del dinero. Entre otros datos informó cómo la burocracia universitaria de cuadruplicó desde la llegada del tal Raúl Padilla a la rectoría y cómo no ha dejado de crecer. Es el renglón más floreciente y que no padece merma en sus ingresos. Por el contrario, empluma y vuela. Raúl fue rector único, porque antes sólo había un puesto de este tipo. Ahora, después de su reforma académica, el antiguo rector único se denomina ‘general’, porque hay como otros quince más, uno por cada centro. Y hay tantos centros aquí y en el resto del estado, como abundan los perros en la calle.

Lo grave del tostoneo no es que haya tantos, sino que cobren tanto. Sean eficientes o no, cobran y mucho. Más de lo sensato. Se multiplicaron pues las espitas que derraman dinero y todo está debidamente autorizado, es pues legal. Ninguno de los tantos funcionarios universitarios roba, aunque parasiten de nuestra casa de estudios y la mantengan al borde de la tiricia. Porque se ha de saber que sus sueldos son muy elevados. De cincuenta mil pesos para arriba, por piocha. Pero como todos ellos, los tales funcionarios, también son profes, están con doble presencia en nómina. Dobletean salario y ni calor les llega. Otros andan también de diputados, de regidores, dirigiendo partidos, y la luz les brilla aún con más esplendor, pues no tramitan licencias ni hay poder humano que les obligue a hacerlo.

La revelación más fuerte de Sandoval fue la de los túneles oscuros del dinero. La universidad recibe unos catorce mil millones de pesos de presupuesto. Le llegan en dos partidas, una estatal y otra federal. Cada una de ellas cubre más o menos la mitad. La federal está bien monitoreada y etiquetada. Si se le aplicara una auditoría, las percepciones federales podrían salir bien libradas.

La oscura, la tenebrosa, de la que no se sabe con qué parámetros funciona es la estatal. Y así opera desde hace años. Es evidente que no hay voluntad política para enderezar tales entuertos. Pero hay algo más tétrico, que han venido inflando a últimas fechas: la partida de fondos propios, la de los dineros que cobra directamente, jalándolos del bolsillo del público al que le otorga ‘servicios’. Esta nómina se eleva ya a unos dos mil millones de pesos anuales. Aunque se promoviera la aplicación de una auditoría, estas cuentas no pasarían a revisión, por razones normativas que se desprenden de la autonomía. O sea que el baile en la UdeG va para largo, con las mismas bailadoras de siempre. Y ni quien les meta orden. Luego que seguimos pues se nos acabó el espacio.