UdeG: otra vez acoso sexual

UdeG, otra vez acoso sexual

Juan M. Negrete

Tristes notas salieron esta semana como denuncias sobre acoso sexual, que ejercen algunos docentes en detrimento del alumnado. No podemos pasarlas de largo. De las muchas impertinencias con que nos encontramos en los espacios dedicados al estudio, ésta viene siendo tal vez la que mayor virulencia provoca a su paso. Es un asunto indigerible  y perverso.

Los escenarios apuntan a dos de las preparatorias de nuestra universidad estatal. Una es la ubicada en el municipio o ranchito de San Martín de las flores. La otra señalada es la ubicada en Santa Anita. En ambas ocurren manifestaciones y escándalos del alumnado, exigiendo la separación de unos profesores señalados. Hasta se pide la renuncia de los directores de tales planteles. Se les acusa de no poner remedio a tal anomalía y hasta de complicidad, por la indiferencia mostrada una y otra vez a estas sentidas demandas. O sea que no es nada nuevo.

No tendría sentido ampliar los detalles particulares de estas denuncias, si nos han de llevar nada más a desbordar sus meros aspectos morbosos. Se impone la necesidad de levantar la voz y exigir a las autoridades pertinentes que metan la mano y que apliquen las sanciones necesarias; que lleven al control de esta anomalía y, de ser posible, a la desaparición de conductas tan execrables.

La desgracia de estas denuncias consiste en que son hechos que se magnifican por un lapso de tiempo, pero luego se difuminan sin haber generado acciones de corrección. Hay o se levanta mucho ruido en su torno; pero poco a poco va cediendo la denuncia hasta que se olvidan. Pasan años y felices días en los que las lápidas, con que se cubren estos estropicios, afirman su entierro diagnosticado como definitivo.

Pero no hay tal. Cuando menos lo esperamos, brotan de nuevo estos escándalos mediáticos. Tan recurrentes nos resultan que casi podría esbozarse cada uno de ellos con los mismos pinceles . Otra vez se desata el ruido en su torno. Otra vez se les cubre con silencios que parecen hasta de complicidad. Y otra vez se eleva el manto de la impunidad a dar cuenta del más reciente desaguisado de esta laya. La vida cotidiana retoma sus rutas pues, como si nada hubiera pasado.

En colaboraciones anteriores nos hemos ocupado en esta columna de la descomposición, en la que se desenvuelve la vida de quienes trabajan o se ocupan de las tareas de los espacios educativos. Se ha señalado desde aquí, sin atrevernos a decir que sea con índice de fuego tan sólo para nuestras instancias locales, que la presencia promiscua de la avaricia y del dinero en tareas tan delicadas poseen una parte significativa en esta descomposición.

Mas las averías, derivadas de manoseos eróticos y de transgresiones personales en las relaciones entre docentes y discentes, son de tan baja estofa, que hacen que los señalanientos de corrupción y de desviaciones en las tareas universitarias sustantivas aparecen como meras tortas y pan pintado, cual lo hubiese calificado don Quijote en sus reprimendas al tal Sancho Panza. Las faltas que se cometen desde el campo de la sexualidad deben tomarse como una descomposición de alto coturno.

Se entiende que la relación que establecen los maestros con sus alumnos tiene que ver con las altas miras que nos han de ocupar en cuanto a la superación de unos y de otros. Hasta podrían proponerse como hazañas de superación de la especie. Hablamos de las esferas de conducta en las tareas de la enseñanza y el aprendizaje. Son esfuerzos a los que nos aplicamos todos o que deberíamos hacerlos. Estamos obligados a elevar nuestras miras, particulares  y colectivas, para incidir en la superación de todos, a nivel personal y a nivel de comunidad.

Visto desde perspectivas abstractas, los docentes se escogen (o debería de hacerse así) de entre los adultos más destacados en la tarea de la comunicación y la ampliación de nuestros mejores valores. Se supone que los adultos ya aprendimos tales fortalezas y hasta las tenemos debidamente interiorizadas. Lo natural en estos vaivenes vivenciales es que unos superen a otros en materias tan delicadas. Nos referimos a la entronización de lo valioso a nivel comuna.

De lograr en positivo la transmisión de los tesoros, que la humanidad entera ha venido realizando, proviene el aura de prestigio que ostentan ciertas profesiones en la conciencia colectiva. Los médicos atinados, así como desprendidos, rivalizan con los mentores. No importa que la materia de manejo entre unos y otros cambie de rostro. Lo que importa es que sus ocupaciones concretas dignifiquen a todos los demás y nos permitan sostener la ilusión de un mundo mejor para todos.

Será entonces que ponemos en manos de los ejercitantes más destacados de estas primicias lo que más estimamos: el futuro de nuestros hijos. Los mentores se ocupan de transmitir  y de hacer que las nuevas generaciones lleven a la práctica de estos valores. Suponemos que así se han venido cuajando nuestras realidades positivas. Aplaudimos en serio cuando nos topamos con las riadas de nuestros nuevos graduados. Vemos en ellos al relevo valioso de las generaciones desgastadas en el ejercicio vital, en el que se nos han ido los años.

Por eso, cuando descubrimos trasgresiones sustantivas entre la turba de nuestros escolares, tenemos que caer a la cuenta de que tales conductas son condenables. No embonan tales desaciertos con los procesos dedicados a la formación positiva de la generación del relevo. Ya ni hablemos de elevación de miras, que le viene quedando muy lejana a tales infractores. Es entonces una obligación cordial, de la que nadie se puede excusar, la de marcar un alto y revisar lo que haya caído en la putrefacción. Hay que avanzar en serio, en la construcción de la calidad humana y en la del respeto que nos debemos unos a otros.