¿Un lío muy tapatío?

¿Un lío muy tapatío?

Juan M. Negrete

No hubo necesidad esta semana de tirar la tarrraya a la esfera global para buscar material de análisis, que nos diera pie para comentarios. Aquí en casita aportó el horno bollos más que suficientes e indigestos para entretenernos. Aunque no habría que descartar lo que la cartelera internacional estuvo presentando. Paró el dedo el burdo racismo del Trompas, quien ya no sorprende, pero de que se desboca, bien que lo hace. ¿Cómo estará su cerebro para que suelte tales parrafadas como la de que si en la guerra con Irán se aniquila a Los Ángeles y a San Diego, les saldría barato el castigo? Pues ¿qué jabón estará patrocinando a este güero jiricuento, para soltar tales barrabasadas?

Pero dejemos la cartelera mundial para quedarnos en casita, que ahora nos está aportando material suficiente y duro con el cual entretenernos. Pongamos de nuevo la atención en una cosa a la que ya nos habíamos referido: las manifestaciones de la muchachada en las prepas de la universidad estatal. Insisten en sus demandas de que la autoridad pertinente retire de los puestos docentes a esa plaga de profesores hostigadores sexuales, a los que señalan ya con nombre y apellido.

Empezó el sainete con un malestar abierto en preparatorias de la periferia. Primero en San Martín de las flores y luego en Santa Anita. Pero luego se vinieron a Tonalá e ingresaron de lleno en el casco urbano. La protesta última más notoria de la semana se dio en la vocacional. Esto ya nos queda casi en el corazón del ambiente universitario. Está junto a las instalaciones oficiales del CUCEI, que nos resulta un espacio de los consagrados como oficiales de nuestra máxima casa de estudios.

El problema no tiene que ver tanto con las ubicaciones mismas, sino con el lío bochornoso que están presentando, ya de manera ruidosa y de tumulto, a la opinión pública. Se trata pues de la denuncia abierta de conductas inapropiadas y reprobables de docentes, en las que es victimado el alumnado, sobre todo el femenino. Las muchachas de las preparatorias están en edad de merecer, como lo maneja el argot popular. Pero eso ni es excusa ni pretexto para que los indiciados se propasen y las conviertan, en los hechos, en víctimas de su ludibrio y de su lujuria desatada. No tiene justificación ningún hecho de esta naturaleza, que se presente como ocurrido y veraz.

Al no tratarse de casos aislados, ni esporádicos, sino abundantes y frecuentes, al grado de que la muchachada agraviada haya tomado la iniciativa de denunciarlos de manera pública, se ven lentas y torpes las autoridades universitarias para coger el toro por los cuernos. En nuestra máxima casa de estudios hay burocracia de sobra para ocuparse de asunto tan penoso y no sólo poner las barbas a remojar, sino para cortar de tajo.

No estamos en esta página en situación de ponernos a dar consejos de conducta. Pero es razón que a la cara brota, para que los señalados tomen la denuncia en serio y busquen el remedio y el trapito. A ningún mentor, que incurra en estos agravios con su alumnado, se le han de tolerar los malos pasos referidos. La relación maestro-alumno tiene más que definida su esfera y los controles por aplicar son más que estrictos. Esto lo sabemos muy bien quienes nos hemos dedicado a estas tareas y es de observación universal para quienes estén en el ajo.

Podría juzgarse como comprensible que se entere uno de algún caso extraordinario de tales transgresiones, que ocurra en algún momento, dado que se trata de una actividad extendida de lo lindo en nuestra realidad nacional. Pero viene a resultar cosa distinta el dato de que las faltas señaladas se vuelvan recurrentes y se expandan. Eso revela una deficiencia de fondo tanto en los cuidados de los responsables de la experiencia docente, como de relajamiento de los tirantes del control de los adultos imbricados en estas tareas.

Ni cómo sugerir, a ninguno de los involucrados, tirantes especiales de control. Cada docente ha de tomar en serio que el respeto con sus discentes en ningún caso se pueda permitir ni guiños de lujuria, abierta o soterrada. El alumnado tiene ante sí la misma exigencia de respeto para con sus docentes. Por tanto, de una vertiente y de la otra, ha de fluir la corriente del respeto integral a la apertura necesaria para la recepción de los valores que posibiliten la transmisión del conocimiento y la transferencia de lo valioso. Es delgada la línea que se da en la entrega de la confianza para estas tareas y el salto imperceptible a concesiones voluptuosas. Pero es conducta en la que debe poseer claridad plena el docente, para no dar los traspiés que aquí se señalan.

Lo dicho y expuesto hasta ahora sobre este lío tan peliagudo por las autoridades universitarias parece eludir el núcleo del problema. No se le escuchan ni miran planteamientos sólidos y de la reciedumbre que exige la situación. Semejantes deficiencias en conductas dolosas de los docentes universitarios no componen una respuesta atinada para el público que les da seguimiento. Es evidente que no se trata de meros rumores o de casos escandalosos inventados, con el fin de desfigurar y descalificar a grupos particulares.

Pero aunque fuera el caso, toca a las autoridades universitarias, las del más alto nivel, pitar el cuerno y llamar la atención a toda su grey. Dice el refrán que a grandes males, grandes remedios. Pues habrá que hacer caso a la sabiduría popular y acotar en serio esta deficiencia docente tan enconosa, que pone en predicamento a la actividad universitaria local, antes de que se nos convierta en un mal irreversible. La figura magisterial ha de atenerse a la prédica de su virtud impoluta, con la que le vimos crecer y desplazarse en nuestro pasado inmedito. No tiene por qué enlodarse y convertirse en el ídolo con pies de barro que todos reprobamos y rechazamos. Creo que estamos a tiempo de corregirlo.