Filosofando

Criterios

Si nos ocupamos de revisar las volutas de nuestra vida política es fácil constatar que su ejercicio conoce una degradación. O ya tocamos fondo o aún descenderemos más. No es cuestión de adivinanzas. Los conocedores nos podrán dar datos que corroboren una u otra postura. En tanto los consultamos, podemos revisar empíricamente nuestra práctica política cotidiana y adelantar afirmaciones firmes. Aunque no queramos, estamos empapados de envés y del revés de nuestras triquiñuelas.

Somos, como los habitantes de cada pueblo lo son, dueños de nuestras costumbres y las cambiamos o mantenemos según nos sople el viento. Señalemos algunos puntos en los que sostenemos que nuestro nivel de politización ha descendido peligrosamente. Tomemos el dato conocido de que nuestros partidos hicieron agua. Su naufragio nos viene de algunas décadas atrás. Su pique final se dio hace seis años, cuando firmaron el malhadado Pacto por México. Resultó un verdadero desfalco en el actuar de nuestros próceres dedicados a la disputa de los puestos públicos.

Antes de ese susodicho Pacto, no nos cansábamos de señalar con índice de fuego el connubio de nuestros dos viejos partidos mayoritarios, el PRI y el PAN. Les empezamos a denominar PRIAN y no hubo fuerza opinante que deshiciera, claro en nuestro imaginario, esa fusión desnaturalizada. De principio surgió alguna resistencia desde el interior de la militancia de ambos partidos por diluir verdad tan obvia a la vista de toda la ciudadanía. Pero poco a poco tales defensores cedieron pues carecían de elementos de convicción. El asunto terminó por convertirse en verdad de aceptación universal.

De las explicaciones más socorridas, una decía que Salinas les había llegado al precio a los panistas y éstos se habían vendido. Hasta nombre recibió. Se la llamó la Concertacesión. En todos los asuntos de importancia para el funcionamiento político, la bancada del PAN votaba de consuno con la priísta y, ya juntos, le sacaban del fuego las castañas al ejecutivo. Así cocinaron primero la desnacionalización de la banca. Luego cancelaron el reparto agrario, le reconocieron personalidad jurídica al clero. Nos metieron en la zambra de la privatización de la economía y desmantelaron todos los artículos y reglamentos, que nos habían heredado las generaciones de la revolución.

Eso de que el PAN votara siempre apoyando las propuestas del PRI tenía sus bemoles. Se supone que habían sido rivales o contendientes políticos a lo largo de medio siglo. De ahí que no saliéramos de nuestro asombro. La oposición blanquiazul se había vuelto modosita y ahora cohabitaba con su violador. Bueno, entiéndase que esta figura resulta medio forzada pero no va en sentido literal. Así lo exponían muchos críticos. Los de AN se defendían haciendo ver que los que habían renunciado a sus viejas proclamas nacionalistas eran los del PRI. Que ahora se gobernaba y se actuaba con la agenda que siempre había enarbolado el blanquiazul. Había que buscar la defección en los idearios del PRI. El que había cambiado de bandera era el tricolor.

Pero el colmo del pisoteo de banderas de convicción vino cuando el PRD le tocó la puerta al PRIAN y pidió entrar a la reta. Los prianistas se pusieron contentos por el hecho de que los del sol azteca se les sumaran para hacer carro completo. Con fanfarrias, bombo y platillos signaron este nuevo enlace nupcial de tres cuando ascendió Peña Nieto al poder. A su nuevo bodrio nupcial le llamaron Pacto por México. Armaron luego su tinglado para modificar de pe a pa la constitución. Y así fue como signaron sus reformas estructurales.

Deben suponer estos prohombres grillos nuestros que la gran masa no entiende lo que se embija en nuestras paredes cotidianas del hacer y deshacer. Una bolita de inconformes, anidados en lo poquito que quedaba de oposición, léase PRD, decidió romper amarras y jugarse el último as. Fue el origen de Morena. Encabezado el movimiento por quien ahora es el presidente de la república, AMLO, vociferó y condenó al nuevo pacto, al connubio desnaturalizado que habían celebrado los tres lados del triángulo de nuestra política e invitó a la población a ensayar algo nuevo. Lo impensable por ellos ganó. Morena se llevó la partida de todo a todo.

No sólo se alzó Obrador con el poder ejecutivo, sino que los morenos consiguieron también la mayoría en el senado y en el congreso. Hablamos de la mayoría simple, no de la calificada. Pero en el trance, los viejos prianperredistas quedaron muy disminuidos. Los morenos obtuvieron mayorías simples, suficientes para ganar muchas disputas políticas, no todas. Las mayorías calificadas son necesarias para conseguir los cambios constitucionales.

Ahora que se discutió lo de la guardia nacional, hubo remiendos y ajustes. Morena concilió y cedió con la vieja y multiforme oposición. Lo sorpresivo vino a ser el voto unánime. Toda unanimidad es sospechosa. Es cierto que los prianperredistas nos tienen acostumbrados a verlos que venden su alma al diablo. No sabemos todavía qué fue lo que se puso a negociación con los morenos, para darles todos sus votos sin remilgo alguno.

Léase bien. No concedieron los votos suficientes para que el partido en el gobierno, Morena, consiguiera la graciosa mayoría calificada. Es parte del jugueteo político. No. Les entregaron todo el pandero, completito. ¿A cambio de qué? Ya irán saliendo con los días los indicios que revelen lo oscuro de la negociación. ¿En beneficio de la vida política nacional? Ya lo sabremos.

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