Viaje desangelado (cuento) / II
Mel Toro
Segunda parte:
Casi para retirarse a las duchas, el Greg pide a sus paisanos que le esperen un poquito, porque les tiene un mensaje. Supone que a más de uno le va a agradar la propuesta. Sus cuatachones no se hacen del rogar. Se paran de inmediato a la mitad del corredor general, para enterarse del chisme, antes de dispersarse a sus habitaciones.
_ Después del partido de mañana – les dice -, tengo un conocido que nos puede dar un raite al rancho. ¿Qué dicen? ¿Nos lanzamos?
_ Sobres y zás – le responden a una -. ¿Va a venir aquí o hay que ir a encontrarle a alguna parte?
_ Me dijo que a la una arranca de ‘Las Águilas’. Ya ven que no nos queda lejos. En media hora nos lleva el camioncito desde aquí. Nomás no habrá que hacerle al loco. ¿Quién se apunta?
El Cuate Reynaga es el primero que para el dedo. Tiene ya más de dos meses que no va al rancho. Se le queman las habas por arrancar para allá. También el Royer asiente. Anda tan pobre o más que el Cuate y no piensa desaprovechar una oportunidad como ésta de traslado gratuito, para ir a reunirse con sus papás y sus hermanos. La expectativa de pasarse con la familia las dos semanas que vienen se les aparece a todos ellos como tendida en bandeja de plata.
Aunque son unos diez paisanos, ninguno más levanta la mano. Están pobres, cierto, pero como que no ven tan gravoso lo de apartar la lanita necesaria para irse en el camioncito foráneo a la hora que ya tengan todos sus asuntos en regla. El Greg va inquiriendo a cada uno de los presentes. La respuesta común le es negativa. Así se quedan. Tres hacen buen equipo. La pichada queda lista.
Al día siguiente, domingo de ramos, a las puras diez de la mañana arranca el partido de la final. Aunque se trate de otra final tan esperada, como broche de oro, ya no hay tanto público. De los internos, algunos han preferido tomar las de villadiego e irse a sus casas, ganándole un día más al período del asueto escolar de la primavera. Otros habían armado planes de descanso para visitar distintos villorrios con amigos o conocidos y también han desaparecido.
El público escasea pues. Pero eso no le baja la mística a los integrantes de los dos finalistas, que se dan con todo, hasta con las cubetas y las toallas. Se conocen a fondo y se saben hasta las más escondidas mañas. Es competencia esperada por muchos. A lo que no le atina siempre el respetable es al resultado final. Se reeditan siempre logros y pifias.
El resultado final, apurado y ceñido, favorece esta vez al equipo de los ingenieros. Marcador de la mínima diferencia: dos a uno. Mas no da pie a tragedia alguna. Alguno tenía que ser el ganón. Tampoco hay celebración festiva en exceso, porque la mayoría de jugadores y del público mismo tiene hechas ya las maletas para arrancar a su destino. El Greg, capitán perdedor, felicita a los vencedores, con el honor caballeroso del que sabe competir. Se disculpa por retirarse, porque tiene que darse un duchazo rápido y arrancar al destino fijado con anterioridad.
Su par de aretes, el Royer y el Cuate Reynaga le avisan que ya están listos para partir. Le esperarán en la sala de estar, para no perder más tiempo. No lo apuran, pues conocen de sobra la agilidad con que emprende sus tareas su buen amigo Greg, pero el tiempo apremia.
En tanto anda trepado el líder, mojándose su cuerpo sudoroso en las duchas, Jorge Díaz, otro de los paisanos, se integra al grupo de espera, maleta en mano. Lo enteraron del aventón ofrecido para llevarles al rancho y desea saber si hay lugar para él. Los chicos le informan que el único que sabe si hay espacio es el Greg. No tardará en llegar.
_ Aquí lo espero – les responde y se instala en el sillón sobrante. Ya bañadito el campeón, baja corriendo a la sala, también maletín en mano, como los otros tres. La comitiva está lista para arrancar. Jorge Díaz le aborda de inmediato.
_ Me dijeron los compas que hay un raite al rancho y que sobra un lugar. ¿Me aceptas, para irme con ustedes? ¿Quepo?
_ Ya le estamos dimos dando – responde a la carrera el Greg -. Y no perdamos más tiempo. No vaya a ser que se tarde el camioncito y no lleguemos a la hora señalada. Que no quede por nosotros. ¿Ya vienen listos?
_ Vámonos – se oye la respuesta común, mientras enfilan con rumbo a la parada del camioncito urbano, que les llevará a Las Águilas.
[Continuará…]
