Viaje desangelado (cuento) / III
Mel Toro
Tercera parte:
La parada se encuentra en la esquina de la calle de Jesús García con la de Cruz Verde. Los cuatro viajeros ven forzado el horario, pero sí tantean llegar a tiempo al punto acordado. La unidad no se hace esperar y la abordan, contentos de que alcanzarán a llegar puntuales a la cita.
Pero no les salen las cosas como lo esperaban. Aunque no sea tan largo el tramo por recorrer, a la hora de que el bus enfila por la avenida López Mateos reduce su velocidad y se desplaza casi a vuelta de rueda. Algunos pasajeros muestran molestia en el rostro y le reclaman al chofer. Éste ni se inmuta ni se acalambra. Es domingo, mediodía, inicio de período vacacional, sin pasaje esperando en las esquinas. ¿Para qué acelerarse? Hay que llevársela calmada, hoy que se puede.
El recorrido hasta la parada final dura más de la cuenta. Cuando llegan a la glorieta de Las Águilas, ya pasan por lo menos diez minutos del tiempo convenido. El amigo de Greg se comprometió a llevarles en aventón hasta el rancho, pero no está en el sitio acordado. O ya se fue o cambió de parecer y no hará el viaje.
El contingente de los muchachos viajeros, como todos los gorrones, decide darse un ratito a la espera. Es la paciencia del colero, que siempre debe ser sufrido. Pasan los minutos y no se asoman ni las luces del auto esperado ni ánima que los levante. La reconcomia de haberse tardado tanto y no estar a la hora en punto les corroe los dentros. Ni a quién echarle la culpa.
Sin darle más vuelo al asunto ni tomarlo por el lado duro, se cuelgan sus maletines al hombro, que no están pesados, y empiezan un lento desfile, bordeando de carretera. Deciden irse adelantando, avanzar en la dirección indicada. Si se aparece el chavo comprometido con su carrito, bueno; y si no, pues ya le van tomando ventaja a lo que venga, dicen. No falta más de una tonadilla pegajosa silbada entre ellos.
Lo obvio, también murmuran. aunque no le echan la culpa a nadie. Así suele ser la mala suerte. Pateando botes y mascando chascarrillos, caminan lentos con rumbo al sur. Tal vez algún considerado les lea las malas intenciones de traslado frustrado y les levante, aunque no se conozcan. Suele acontecer. El problema serio es que caminan a pleno sol, al mero medio día y el hambre les empieza a hacer rugir las tripas.
Los hados se telegrafían siempre unos a otros. No lleva el contingente ni un cuarto de hora pateando botes y chiflando canciones desentonadas, cuando un carrito opel, también de malos bigotes como ellos, se les frena delante. Un tipo joven, que viaja de copiloto, les aborda.
_ Supongo que ocupan aventón. ¿Hasta dónde van?
_ Hasta el puente del Corcovado – responde el Greg -. Pero si nos dan un aventón a donde sea, en esa dirección, no nos enojamos.
_ Nosotros vamos a Cocula – responde el copiloto -. Si creen que les sirva el raite, súbanse. Sí cabemos.
Muy atento el ofrecido se baja del auto y les abre la puerta del asiento trasero, para que lo aborden. Tres caben perfectamente ahí. A Jorge, el más rollizo, le invita a subir al asiento delantero para ir más cómodos. Ya con casa llena, el opelito arranca rumbo a Cocula, destino de los dueños del carro. Los raiteros resolverán allá la forma de continuar su viaje.
Mientras acelera el chofer, el joven copiloto siente necesidad de abordar a los chicos, para romper el hielo. “Se les ve finta de estudiantes”, les dice para abrir boca. Los muchachos asienten. Van intercambiando información sobre lo que estudian, en dónde se asisten y hasta sobre cuáles son sus pasatiempos favoritos. Así van enterando a los del auto sobre las ocupaciones en que se entretienen.
_ Vivimos en el internado de fray Jorge, que está por la avenida de Jesús García, despuecito del parque Alcalde.
_ Ya conozco el asilo. Y debo decirles que Jorge y yo somos amigos. Por si les interesa saberlo, yo también soy curita, como él. Aunque él es religioso, franciscano.
El Royer, muy observador, le dice que apenas le iba a preguntar sobre si era padrecito. Aparte del tipo, le había notado en el pelo una especie de corte como de tonsura.
_ Algunos se la renuevan de vez en cuando, para mantenerla visual. A mí no me gusta tanto presumirla. Pero curita sí soy.
_ ¿Y dónde oficia, padre? – le interroga Jorge, a su lado.
_ En la capilla de la Purísima. Está a mi cargo. ¿La conocen?
_ Sí – responde el Greg -. Es la de junto al mercadito de San Diego.
_ Esa mera.
[Continuará…]




