Viaje desangelado (cuento) / V
Mel Toro
Quinta parte:
El paisaje luce esplendoroso. Es la primavera. Acaban de alejarse los fríos intermitentes del invierno. Todo mundo ha guardado suéteres y sarapes para el año siguiente. Ya pasó el mediodía, pero el calor no cede. Llevan las ventanillas del carro bajadas por los cuatro lados. Van ingresando a la serranía de Quila y de cuando en vez les llegan de la roblada bocanadas frescas, que se agradecen.
Poco a poco languidecen los temas de la charla sostenida. Más bien les va llegando a todos la modorra que produce el calor, aparte del efecto fuerte de la ingesta etílica, a la que los muchachos no están acostumbrados. Para revivir la charla, el padrecito les remueve el tema de la falta de dinero en sus bolsillos, no con afán de cobrarles, justifica, sino para medir el tamaño de sus carencias declaradas. A los tres pasajeros del asiento trasero les ha ido ganando la modorra y dormitan. Ninguno de ellos hace eco de la pregunta.
Jorge, quien viaja al lado del curita, también siente el efecto del mareo, derivado de ir tomando bebida fuerte. Es el menos aficionado al trago, no tanto por la pobreza confesada, sino porque en su familia sus padres son más que estrictos en este renglón. Proviene de un abuelo cristero y de un padre dedicado a la herrería. Ambos beben, pero no se desmandan. A su muchacho lo han educado a observar esta regla no escrita, pero bien estricta entre los miembros de la familia.
Sin embargo, ahora ha accedido a beber. Siente los efectos del alcohol más que los otros, por falta de costumbre. Quisiera dormitar como ellos, pero le da pena dejarle colgadas las palabras de la boca al padrecito. Como el chofer tampoco platica, no se vale dejarlo hablando solo.
_ ¿Cómo está eso, muchachos, de que no cargan dinero ni para dar una comida? Ya sé lo que es la pobreza, pero no creí llegar a conocer ejemplos tan extremos como el de ustedes.
Todo obnubilado Jorge, al notar que sus colegas ya colgaron el pico, suelta una parrafada, como para justificarle la situación de los cuatro, basándose en el dilema de que o estudian o trabajan. El padrecito no le da mucha bola a esta respuesta. No le convence. Pero ve que los otros tres ya no le van a dar el gusto de coger el guante. Nomás falta que se suelten a roncar, arrullados por el cencerro del auto y ladeados por las curvas.
Cuando Jorge nota que su discurso está perdido y que no le hace mella a su interlocutor, le suelta una parrafada, de las que suele reprimir cuando está con la broza. Pero ahora su somnolencia y los efectos del tequila le han desinhibido.
_ ¡Ay, padre! ¡Como si usted no lo supiera!
_ ¿Que no sé qué, muchacho? ¿A qué te refieres?
_ Que la vida del estudiante es como la del coyote: con la barriga vacía y el pito como garrote. Y ya no me haga más preguntas. Me está ganando el sueño.
Tanto el chofer como el curita ríen la gracejada de Jorge y la celebran con buena risotada. Pero entienden que ya no va a hablar más. El sueño lo va venciendo también. La cautela sugiere que será mejor dejarlo que dormite, como al resto de sus colegas. Algunos de los de atrás ya van hasta soltando ronquiditos suaves. Jorge les hace segunda.
[Continuará…]




