Violencia y confusión

Violencia y confusión

Juan M. Negrete

Estamos viviendo demasiados cuadros de violencia. Con su aparición, siempre se viene aparejada la confusión. Es lo que tenemos en casa. Ya venía tensándose el ambiente con las protestas en torno a la mala calidad del agua que nos suministra el SIAPA. Tento que usuarios y público en general salió a la calle para hacer más contundente su protesta.

Los resultados son conocidos. El domingo once de octubre el escenario de disturbios fue la Casa Jalisco. Se desató la violencia donde se vio como agresor abierto al tropel uniformado, o sea a las fuerzas del orden.

Fue una represión absurda. Se esperaba que alguno de los altos mandos del estado saliera a dar la cara y abriera ventilas de diálogo.

Sería pedir demasiado que saliera a dialogar el titular del ejecutivo estatal. Pero procedía que lo hiciera alguno de sus tinterillos. Hubiera sido buena señal. Las que salieron fueron las fuerzas del orden, encrespadas, deteniendo y secuestrando manifestantes. No ahorraron macanazos, chorros de agua y gases lacrimógenos. Buscaron romperle el ánimo al público manifestante. Detuvieron a muchos, los torturaron y encarcelaron. Todavía están en capilla seis detenidos. Se les abrió proceso y van a tener que enfrentar un absurdo litigio. Se les pinta como responsables de que se desbordara la ira de quienes /iban a guardar el orden.

El domingo 18 de octubre se volvió a movilizar el público tapatío. Ahora con más ganas y con más sentido organizativo. Pronto detectaron a grupos de choque buscando infiltrarse en el tropel de la manifestación. Ahora los escenarios fueron el famoso parque rojo, cuyo nombre oficial es el de parque revolución, y el palacio de gobierno. El público logró aislar a los golpeadores, pero no se pudieron anular los destrozos que habían planeado ejecutar y ejecutaron. La marcha se detuvo buen tiempo, buscando sacudirse de su lado la presencia de los golpeadores contratados. Luego se reanudó y llegó hasta su meta planeada, la plaza de armas. Tampoco ahora fueron recibidos estos ciudadanos por autoridad alguna, como para al menos fingir que escuchaban los motivos de la queja y, de ser posible, dar fe de la recepción de algún pliego petitorio. Nada. Otra vez como respuesta la cerrazón y los oídos sordos, .

Dando por concluida la marcha, todo mundo esperaba que los contingentes se dispersaran en su retorno a casa. Pero los grafiteros e incendiaron no tomaron las de villadiego. Al contrario, ya sin estorbos multitudinarios procedieron a pintarrajear los muros de la catedral y del palacio de gobierno. Y tras esto, las llamas. Todo el tiempo anduvieron lanzando cohetones y estallidos de pólvora. Pero lo de los incendios es otro capítulo, bastante extraño por cierto.

Algunas puertas del palacio de gobierno fueron desbaratadas. Luego les prendieron fuego. Pero que hayan incendiado portones en el edificio del congreso del estado y también propinarle destrozos al palacio de justicia, tiene que llamarnos la atención a todos, hayamos ido a marchar o no. ¿Cómo está eso de que la multitud no avanzó hacia estos edificios, sitos junto a la plaza de la liberación, y sufrieron atentados que luego serían cargados al desahogo de la furia de los protestantes? Como que la lógica no operó como debe de ser. No es que les haya salido el tiro por la culata a quienes se montaron en este macho, pero casi.

De los destrozos que le propinaron a las vidrieras de muchos locales comerciales, al café D´Val, al hotel Porto Belo y a otros locales aledaños, valdría la pena timbrar la atención. Viene a ser un comportamiento conocido, el típico de los grupos de negro, a los que ya se acostumbraron los defeños o chilangos. Allá, en la capital, tales grupos dominan la escena. Un día salen a descomponer las marchas y al otro también. Pero aquí, con los jalisquillos tan bien portados, y no se diga con los tapatíos, no era moneda corriente. Ahora se nos treparon ya a nuestros escenarios y no sabemos si van a continuar montando comedias destructivas, como la que nos endilgaron esta semana, o no.

Lo peor que hay que reseñar del vandalismo habido y vivido, viene a ser la abulia de los grupos policíacos, quienes se comportaron cuales meros espectadores de ocasión. Los pintarrajeros e incendiarios se dieron gallo por horas enteras, toda la tarde y hasta ya entrada la noche, en volver picadillo los maderos de las puertas derribadas, la destrucción de vitrales y hasta el sacrilegio de ostentarse como refrendadores de vendeta pública. Porque el fondo de toda esta marabunta y sus malas acciones demoledoras encierra esta intención. Aparecerse como la ira desatada y sin control de los manifestantes; hacer notoria la irracionalidad de la masa pública incontrolada, que protesta por la mala calidad del agua suministrada, pero que se excede en sus protestas.

Resulta más que raro que de la primera marcha hubiera habido 51 detenciones y que de la segunda sólo se hablara de dos. Y ha de quedar constancia clara que estos dos fueron inmovilizados por la tropa manifestante y entregados a la policía para que al menos los resguardaran y no causaran estropicios. En la segunda marcha no hubo mandato a las fuerzas del orden para que aplacaran a los pillos. Se les dejó hacer lo que les viniera en gana. Parecía, como consta en los videos del caso, que estaban ocupados en meras actividades creativas. Y tan contentos. Y los cuicos, como el chinito, nomás milando.

Es probable que marchar y desgañitarse en manifestaciones públicas sobre el asunto del agua pasará a segundo plano, por lo pronto. Al mudo de Lemus lo paró en seco la presidenta Claudia. La federación pondrá los recursos pecuniarios que se necesiten. La construcción, las obras de saneamiento se van a llevar a cabo. Esto elimina la causalidad inventada para dar paso al manejo privatizado de un servicio tan primario como lo es la dotación de agua limpia y suficiente a los tapatíos. Por fin.

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