En la capital (cuento)
Gabriel Michel Padilla
[Esta narración es continuación del texto “Las prisioneras del Maximato “, ubicado en la época cristera]
A las doce del día llegamos a México. De la estación nos iban a conducir a Gobernación. El capitán nos preguntó si podíamos pagar un carro para llevarnos hasta el edificio para no ir en medio de soldados. Contestamos afirmativamente. Pasamos al carro que debía conducirnos.
Ahí el Capitán que nos llevaba nos entregó con el Coronel Delgado.
Mi coronel, pongo en sus manos estas prisioneras, que yo recibí en Irapuato, aquí está la lista de cada una de ellas. Todas son disciplinadas, no tengo ningún reporte de mala conducta y menos de rebeldía. Son suyas.
Al vernos el Coronel se sorprendió y como con lástima sólo nos dijo:
Pasen.
Despidió en voz baja a su asistente, nos hizo pasar a su escritorio, nos pidió tomar asiento y luego nos preguntó:
¿Desde donde vienen?
De Autlán, Jalisco. Contestó la Madre.
¿Qué, todas son religiosas?
Sí señor.
Levantó una acta. Entre tanto llegaron unas señoritas de las Damas Católicas. Una se llamaba Soledad Muñoz, “Chole”, otra María de los Remedios y Vicenta, no recuerdo los apellidos. Iban con el fin de pedir nuestra libertad. Chole, al entrar le dijo al coronel con mucha gracia:
Ah señor Delgado, cuantas monjitas tiene.
Pues sí señorita, ya gobernación se convirtió en convento.
Dígame señor ¿Qué acaso todas son monjitas?
Si, todas. Esperábamos un tren lleno pero sólo llegaron 17
Entonces la señorita viéndonos a todas con mucha ternura dijo:
Démelas
No, cómo se las voy a dar, todavía no sé por qué las trajeron. Tráigales de comer y luego veremos. Al mismo tiempo le daba dinero para que comprara la comida. Después de que las señoritas salieron el Coronel nos dijo:
Qué ustedes no sabía del decreto de abolición de los conventos? Y nos hizo una larga exhortación sobre esa desobediencia a la ley. Entre tanto llegaron las señoritas con la comida y al verlas el Coronel dijo “que coman” Y levantándose de su escritorio salió.
Después de comer y haber recogido todo, nos sentamos a descansar un poco. A eso de las 4 llegó el Coronel y los demás empleados. Las compañeras de la señorita Chole se retiraron quedándose sólo ella para ver si se llevaba “sus monjitas”, como decía. El Coronel la llamó aparte y le dijo que se buscara 17 fiadores para repartírselas y que estuvieran separadas. Pero ella le dijo al Coronel que eso sería muy difícil.
Por lo pronto nos dejó ir con ella, quizá con la finalidad de que luego nos fueran repartiendo para no estar juntas y así no poder violar la ley Calles.
Levantó acta y nos leyó algunos artículos de la Constitución y de la nueva Ley de Calles en los que se prohíbe vivir en comunidad y haciéndonos prometer que no nos volveríamos a juntar, nos hizo firmar y nos alejamos de Gobernación. Como a las 8 de la noche llegamos a casa de la señorita, juntándonos ahí con un sacerdote que también había sido rescatado por ella y después de obsequiarnos una confortante merienda, nos preparó un dormitorio en el que pasamos por primera vez una noche tranquila sin estar rodeadas de soldados.
EN EL TEPEYAC
Al amanecer del siguiente día, en el oratorio de la señorita Chole hicimos nuestra primera oración comunitaria, y mientras orábamos llegó un religioso agustino quien nos dio la comunión. Pasando el desayuno nos preguntó Cholita que si queríamos visitar a la Santísima. Virgen de Guadalupe y contestamos todas afirmativamente, y añadimos: “con mucho gusto”. Preparados dos carros nos fuimos a la Villa.
Estando frente a la Virgen, era imposible contener nuestra emoción, frente a Ella que sabía de cada uno de nuestros sufrimientos, no pudimos articular palabra alguna, extasiadas por emoción de aquel momento.
Les dimos permiso a nuestras lágrimas para que expresaran sus sentimientos, y a nuestros corazones los dejamos desahogarse a sus anchas.
Mientras en silencio nos reponíamos, comenzamos a escuchar las palabras de un sacerdote anciano, que parecía conocer nuestra historia de prisioneras desterradas, arrancadas de su terruño, como pájaras alejadas de sus nidos, de sus bosques. “Desde la montaña del Tepeyac, corazón de la Nación Mexicana y antorcha de los pueblos, La Muchachita que bajó del cielo, Aquella, cuyos ojos lo ven todo, sabe de nuestras cuitas, de nuestras penas de una por una, Ella tiene por encargo remediarlas, su oficio es entregarnos su querencia, ella no permitirá que se marchite nuestra carne, que se aflojen nuestros huesos.
Los que tenemos fe en ella, hemos sido declarados como estorbos, como tiliches viejos e inservibles, como enemigos de la patria. Pero Ella vuelve a encender el canto de los pájaros finos, los mismos que extasiaron a Juan Diego, para que nuestras flores, nuestras canciones y nuestras danzas también se vuelvan a encender”.
Tan llenas de esperanza escuchamos aquellas palabras que salimos como recién resucitadas con ganas de vivir más y con más gozo, la culebra del miedo se conjuró y salimos reanimadas a enfrentar nuestro destino.
Pero cuando salíamos de regreso, los espías del gobierno nos miraron caminar a todas juntas, reconocimos unos empleados de Gobernación y seguramente alguno de ellos se había encargado de reportarnos pues al llegar al carro que nos esperaba ya había orden de presentarnos en Gobernación.
Nos condujeron a casa de la de la Señorita Chole, quien estaba recibiendo una fuerte reprensión, al llegar, a nosotras también nos reprendieron porque andábamos juntas.
¿Acaso no pueden andar solas? ¿No les bastan sus dos pies para poder caminar? nos dijo muy irritado un empleado de Gobernación. –Tomen sus cosas pues las llevaremos a otro lado.




