Pleito por las pensiones
Juan M. Negrete
Aunque la justa por el dominio del balón nos tenga robada la atención de la mayoría, centrados todos en los resultados de los partidos de fútbol en disputa, vamos volviendo los ojos al asunto pensionario. Es bandera permanente de la CNTE y los maestros no la pliegan. Vale entonces atender el asunto para revisarle sus pliegues escondidos.
De antaño se sabía que los viejos, como los niños, eran cuidados por el tronco familiar. Ahora vemos tales cuadros como imágenes idílicas, aunque tenían una explicación objetiva. Las familias componían un núcleo vivencial propio. Acumulaban bienes y generaban la ocupación necesaria que proporcionara lo necesario para afrontar a diario las necesidades ineludibles del grupo. Lo obvio era que quienes estaban en edad de merecer fueran los encargados de la ocupación fabril o económica que desarrollara el grupo.
Los ancianos, por haber mermado sus fuerzas, ocupaban espacio dentro de la comuna sin tener que cubrir desgaste energético. Ya habían cubierto su cuota en el pasado. Ahora sus necesidades las atendían quienes vivían la etapa activa. Eran valores entendidos. No generaba esta distribución de tareas ninguna reconcomia, si lo entendía hasta el menos pintado.
Había refranes consagrados que daban razón del hecho: Nunca está de más un viejo, por mucho atole que beba. Y se le entendía de sobra bien su sentido oculto. O aquel otro que rezaba: No hay danza sin viejito, que viene en razón de lo mismo. Son pinturas de un pasado que ya no tienen tanta vigencia en el medio. Fueron y funcionaron, pero las fuimos sepultando con los años. Digamos que pertenecen al pasado eminentemente campesino o ranchero que tuvimos antes.
Vino el desarrollo urbano en nuestro país y con él apareció o se masificó la ocupación laboral fuera del hogar o de los parámetros familiares. En las ciudades se instalaron fábricas, industrias, grandes almacenes y otros centros de labor. Se expandió el espacio de las viviendas y desarrolló por fuerza el transporte o la movilidad de la fuerza laboral. Se nos vino encima pues el urbanismo y aparecieron con él otros formatos para resolver las necesidades más urgentes.
Para cuidar a los niños se inventaron guarderías. También se dio inicio a etapas de escolaridad más recortadas, de manera que los infantes estuviesen metidos más tiempo en estos espacios escolares y las mujeres en activo quedaran libres para ocuparse también en tareas pecuniarias. De los varones en activo no decimos nada, porque la tarea de cuidar niños no les incidía entonces. Es un hábito al que se ha buscado romperle las costuras todavía sin mucho éxito. Pero por ahí va.
Para los viejitos se inventaron los asilos casi, casi con la misma finalidad que la de las instancias de cuidados para los parvulitos. El recurso de su guarida en el hogar perdió presencia. Cuando nuestros viejos vieron que estos escenarios tan diversos se dejarían venir, buscaron prevenir sus efectos posiblemente perniciosos. Porque no se trataría tan sólo de la desaparición de los espacios de guardería, sino también y sobre todo de las fuentes de su manutención. Era el efecto natural de la desaparición de los viejos hogares familiares.
De ahí se desprendieron las medidas de los modelos pensionarios, que viene a ser el formato de manutención para los adultos mayores, sobre todo, que gastaron su etapa activa vital y que ya en la vejez no tendrán ni la energía, ni la habilidad suficiente para estar ganándose cada día el pan con el sudor de su frente. Si ya lo habían hecho antes, en su pasado reciente, merecido tendrían entonces no ser arrojados de puntitas al arroyo y mucho menos a morirse de hambre.
Una fórmula central, a la que se recurrió y que estuvo funcionando mucho tiempo después de pasos de aprendizaje necesario, consistió en forjar bolsas comunitarias de fondos de ahorro, sostenidas por los sindicatos, o impuestas a los centros de trabajo, para que del salario de los trabajadores en activo, a lo largo de todo el ejercicio operacional, se formaran capitales eficientes, de los que luego se extraerían los fondos necesarios para la manutención de los pasivos o jubilados.
A estos fondos se les dio el adjetivo de solidarios. Fueran mutualidades o bien remanentes obligados para las empresas, que derivaran de las ganancias obtenidas por la aplicación diaria de la fuerza de trabajo, el hecho es que en todos los centros de trabajo registrados existían estas bolsas solidarias, destinadas a solventar las pensiones. Tan sagrada su aplicación, como la del pago salarial. Se entiende a leguas que una y otra erogación es tan justa como pertinente y necesaria. Y parecía que todo funcionaba a pedir de boca.
Pero hace como una generación, con los que ahora calificamos como regímenes neoliberales, nos llegaron unos genios que decidieron darle palo al funcionamiento de estas bolsas solidarias o de recolección colectiva. Salieron con la invención de que era mejor individualizar la cuenta de cada trabajador en activo. Y que cuando le llegara la etapa de su jubilación, se pudiera retirar a vivir con las ganancias de los ahorros que hubiera atesorado con un porcentaje de sus salarios.
Lo curioso, o novedoso, de dicho formato vino a ser que no administrarían tales bolsas, ni las empresas coludidas, ni el gobierno mismo visto como responsable; mucho menos las agrupaciones de los trabajadores, que antes llevaron mano en tales asuntos.
Los administradores de estas cuentas ahora serían los banqueros, los profesionales del manejo financiero en el mundo. Y le pondrían comisión a tal manejo. O sea, ganarían con ello y cobrarían el favor. A tales cuentas bancarias les pusieron nombre, ahora bien conocidas por todos. Son las Afores. Ya seguiremos desarrollando este punto tan sabroso.




