La mentira, virtud política
Juan M. Negrete
Ya se nos va pasando la euforia inducida por el certamen mundialista de balompié. Fueron eliminados de la justa los tres países anfitriones. En materia de las patadas, de los tres no se hace uno. Pero esto sólo fue el primer campanazo. Ya metidos a la lógica de la competencia, han venido desalojando el cuadro equipos bien respaldados en estos torneos, como Brasil por ejemplo. Y luego otros más, para todos los gustos. Nosotros, como latinos, ya no tenemos en la cartelera sino a Argentina, que no es precisamente una monedita de oro. Ya veremos entonces quién levanta finalmente el trofeo.
Ocupémonos, ya sin tanta algarabía desatada, de los asuntos que nos competen y que influyen en nuestro hacer cotidiano en serio. Como que todos estamos de acuerdo en que el que se lleva la palma de nuestra atención es el paquete de los escándalos que genera la grilla, la política, los asuntos públicos, que por ahí va su definición etimológica. Si nuestro vocablo de política deriva de la palabra con que los griegos llamaban a sus ciudades (polis); y si éstas eran las comunas más pobladas o densas que iban construyendo; estará claro que los asuntos colectivos de los habitantes de sus polis tendrían preponderancia sobre el resto. Desde allá nos viene esta maldición de la gitana.
Como los mexicanos somos buenos para bautizar o enjaretarle nombres distintos a las cosas y también a las personas, a la política también le decimos grilla, boruca, parloteo y más especies. Nos gusta mentar la política con otros entenderes. Pero le sabemos sus trucos. No nos engañamos con establecer discursos paralelos en ella para distraernos. Bien que sabemos cómo masca la iguana. Y por los días que corren, a pesar del ruido exterior futbolero, estamos atentos al discurrir de las mentiras, que es parte fundamental de la tatacha política.
Podemos señalar muchas de las mentirotas que nos hemos estado tragando en los últimos años, como ruedas de molino. No sabríamos bien a bien a cuál otorgarle la medalla al mérito. Nuestra verdad histórica, por ejemplo, lleva mano. Ya pasaron doce años de la desaparición de nuestros 43 muchachos normalistas de Ayotzinapa y es hora que no salen las actas y los oficios fehacientes valederos, para poder cerrar el caso. Si no aparecen los muchchos, en los que se aplicó nuestra sevicia, mucho menos saldrán los detalles particulares de semejante ignominia.
Pero lo que anda promoviendo sus aspas por estos días es lo de la captura del Mayo Zambada, en su natal Sinaloa, su desaparición de nuestras tierras y su aparición insólita o inesperada en el aeropuerto de Santa Teresa, Nuevo México. Todos nos quedamos de a seis con esta trastada. No es que fuera evento del otro mundo. Pero sí toca a sorpresa que la violación del traspaso de nuestra frontera a la de los gringos resultara como un casorio de kermés, una mera vacilada.
Todos los espectadores de a pie de este lado de la frontera estamos enterados de una buena sarta de triquiñuelas para brincarse esas bardas, aún antes de que las hubiera. Pero algo así como una incursión que violente las normas establecidas entre ambos países no tiene antecedentes de peso. Al paso de un siglo sólo se nos ocurre mencionar la invasión que les hizo nuestro legendario Pancho Villa en Columbus. Y así nos fue. Nos devolvieron la hazaña de los dorados con su famosa Expedición punitiva, hollando nuestro suelo casi un año completo. Luego se devolvieron a su país esos gabachos invasores, sin haber conseguido el objetivo que buscaban: llevarse preso a nuestro héroe norteño. La lección de aquellos hechos debería de abrirnos los ojos, para entenderle mejor a los pliegues concretos del secuestro del Mayo Zambada, la trastada más reciente.
Si el FBI exhibe en su museo de Santa Teresa el aeroplano con el que se realizó este mentado secuestro, la inducción normal nos lleva a suponer que es de su propiedad. Si es avioncito gringo, podría manejarlo un piloto mexicano, siempre y cuando haya habido autorización de dicha agencia. Y los costos de la gesta deben haber salido de aquellas bolsas. Pero cuestionado por nuestro gobierno, en su momento, el embajador sombrerudo gringo, don Ken Salazar, sobre esta materia, salió con el embuste flagrante de que ni el avión, ni el piloto ni los billetes fueron suyos. O sea, deslindó a su país de cualquier cargo posible.
Mas habrá que entender que venir a meterse a nuestro país, con aparatos oficiales o privados; contratar a un piloto, nacional o de allá, para que ejecutara lo convenido; y meterse a los espacios del vuelo, cruzando sin papeles oficiales y rutas convenidas y avisadas, tanto de aquí como de allá, por fuerza nos hace derivar la suspicacia de que el embajador mintió en su versión original.
Cuestionado hoy sobre el mismo particular, otra vez vuelve a mentir. Esto limita el asunto a los meros datos técnicos, que tienen que ver con la realización de dicha operación y sus permisos aprobatorios. Mas se impone revisar con más detenimiento el asunto, porque en la nave no iba solo el piloto, sino que llevaba dentro a por lo menos dos ciudadanos mexicanos, traficantes o no, mercachifles o no, con negocios a los dos lados de la frontera o no. El asunto es que son ciudadanos con expediente vivo de derechos a los que había que haber respetado.
El embajador sombrerudo sostuvo de nuevo que el Mayo se entregó voluntariamente. Este detenido confesó que fue violentada su voluntad. Accesorios al caso, hay que contar otros secuestros y hasta asesinatos. Trasciende que lo central del asunto tiene que ver con una traición al Mayo, por parte de los chapos, para entregarlo a las autoridades gringas. Luego, a los días, los gabachos reciben a 17 miembros de la familia de los chapos. Ellos que son tan delicados en estos asuntos de migración y ciudadanización para extranjeros. ¿Se aclarará este enredo? Ya veremos.




