Bajo el epígrafe de bohemia literaria y artística pueden agruparse todos esos poetas, narradores de cuentos, chascarrillos, rarezas o tradiciones, así como también esos maestros del canto y la danza, que bullen en torno a esos jalifas y emires caprichosos y espléndidos, de cuyo favor viven y cerca de los cuales hacen un papel ambiguo de consejeros y bufones.

Tales personajes constituyen, en realidad, una bohemia trashumante que va de una a otra corte, atraída por la fama de munificencia  de los príncipes, en busca del grano que les hace falta a sus buches de pájaros cantores y paga en elogios y ditirambos el bien que reciben.

Son ellos los que han creado esa leyenda magnifica en torno a la figura de Harunu, dándole proporciones salomónicas y haciéndolo centro solar de un ciclo poético, comparable al de su contemporáneo de occidente el gran Carlomagno, y ellos también los que, en su presencia estable o temporal, dotaron de prestigio perenne a esas cortes de El Cairo, Damasco, Bagdad, Kabul o Samarcanda.

La vida de esos literatos y artistas está llena de altibajos. Es el caso del juglar medieval, que va de corte en corte probando fortuna y que no puede prolongar demasiado su estancia en ningún sitio, a menos de hacerse gravoso y aburrido. Los literatos de La mil y una noches conocen el valor prestigioso de la ausencia y se eclipsan temporalmente en un horizonte para aparecer en otro. Bagdad es el centro de sus andanzas, el punto de ida y vuelta, pero están recorriendo sin cesar el área geográfica del imperio.

Si los umeya se caracterizaron por su fidelidad a la ortodoxia y su pietismo, a tono con el fervor y místico entusiasmo del primer siglo del Islam, los abbasies  se distinguen por su tolerancia, que hasta los hace sospechosos de herejía.

El poeta del jalifa Harunu –r- Raschid, Abu Nuás, pertenece por antonomasia a ese grupo de personajes que se les encuentra entre las cortes. En las narraciones de Las mil y una noches podemos ver el modo de vivir de esos literatos y artistas, que a veces se conducen como grandes señores y otras descienden a la categoría de pícaros.

En el siglo II de la hechra, es Bagdad un gran centro de cultura y del arte, al que afluyen, atraídos por la liberalidad y tolerancia del jalifa y de su visir el Barmeki, todos los sabios y artistas notables del imperio islámico. Ahí Abu Nuás es el príncipe de los poetas de su tiempo, cuyos rasgos esporádicos compendia en su persona. Es hombre de vida irregular, borracho y pederasta, y además heterodoxo y no lo oculta. Frecuenta los alcázares y los figones; es hombre de corte y de pueblo y su proyección popular agranda humanamente su figura. Es un Horacio con ribetes de Apuleyo, nos dice Cansinos Assens, quien considera además al poeta árabe como el Quevedo Oriental. Abu Nuás sobrevive a su mecenas tres años, siendo ambos de la misma edad cuenta al morir 50 años, en tanto que el jalifa Ar Raschid no pasó de los cuarenta y siete.

Al producirse la invasión de Persia por los árabes, optaron los persas por el exilio, primero a la provincia de Kohistán, y luego hostigados por los árabes se trasladaron a Ormuz, y finalmente penetraron en la India, donde el rachá de Guzarate les permitió establecerse y practicar sus ritos zoroástricos. Habían regresado de esa manera a su lugar de origen, donde permanecen y son conocidos en la actualidad como parsis. A ellos deben los escritores miliunanochescos  situar en el reino poético del viejo Irán, sus más acabadas fábulas y sus más delicadas criaturas. Sobra decir que los poetas árabes heredaron de los persas la finura de su canto.

A propósito de la muerte del visir persa Chafar el Barmeki a quien el jalifa Harún,  mandó cortar la cabeza a su ejecutor Mesrur por intrigas palaciegas, Schahrasad afirma que el poeta Abu Nuás cantó;

¨!Desde que el mundo os perdió, gloriosos hijos de Barmek,

ya de viajeros desiertos los caminos en la noche

están, y tampoco nadie en la aurora los recorre!¨

Porque, afirma que los Beni – Barmek eran realmente visires prudentes y almojarifes inteligentes, que acrecían el público erario, y eran además elocuentes, instruidos, hombres de temple, buenos consejeros y de una generosidad que con la de Hatim –Thay se podía comparar.

¨Y precisamente a su prestigio se debe que el nombre y la gloria de Harunu –r- Rachid se extendiera desde las mesetas del Asia central hasta el fondo de las nórticas selvas y desde el Magreb y Al –Andalus hasta los lindes extremos del país de Az-Zin y de Tartar¨

Cuenta además Schahrasad en la noche 765, a propósito del pecador poeta, que le preguntó su amigo Mohammed –ben- Nafi en sueños  a Abu Nuás, después de su muerte:

¨ –¿Qué hizo contigo Alá?

Y él me respondió:

–Alá me perdonó por unos versos que compuse poco antes de morir y que quedaron debajo de mi almohada.

Pasé yo entonces a la alcoba y levanté la almohada del lecho y encontré  allí una esquelita de papel con estas líneas:

Ye Señor, si mis pecados

fueron contra ti harto graves,

tu clemencia es todavía

mucho más que ellos, de grande.

Si solo esperar pudiera

el perdón el inocente,

¿a quién clamara el culpado

en sus angustias de muerte?

Yo tan solo la esperanza

tengo como medianera;

¡ye Señor, no la rechaces

y perdona mis flaquezas!¨

 

 

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