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Alfaro, ¿aprendiz de político?

Alfaro, ¿aprendiz de político?

Alfaro, ¿aprendiz de político?

Juan M. Negrete

Connotados analistas sostienen que la política es asunto demasiado serio para confiárselo a los políticos. Es verdad de Perogrullo, pero verdad al fin. Hemos de sentarnos a destazarla, a sacarle cicuas, para mejor entender lo que nos ocurre. Precisamente porque el ejercicio de la política es tan influyente en el acaecer de la vida cotidiana, hay razón para no tomarlo a la ligera.

Entre las turbulencias de la semana, tomó estafeta el incremento al transporte urbano. Significa una erogación desproporcionada para la gran mayoría de la población. A quienes se trasladan en auto propio o en bicicleta, pueda no repercutirles la medida. Incluso para quienes deambulan a pie pudiera no afectarles. Habría que preguntarles a los que se ocupan de elaborar estadísticas la correlación de estos grupos. Sin tener estos datos a la mano puede presumirse que afecte del 80% al 90% de la población, lo cual ya es ampolla gruesa.

¿Cómo entender que si el índice generalizado de la inflación ronda en el 5%, la autoridad pertinente haya autorizado el incremento en un 35%? Hay absurdos que se delatan solos. Y ya no metamos al análisis atentados viejos, plasmados con el fin de hacer ganar a los dueños de las unidades en detrimento de los usuarios, como el de haber recortado el viaje de las líneas, lo que significó tomar por fuerza dos o hasta tres camiones para el traslado que el usuario hacía antes en una sola toma. O sea, hemos venido saltando etapas de mal en peor.

Pero el drama presente no nos vino solo. Está integrado a un menú de estropicios colectivos. Pertenece a una danza de ocurrencias desatinadas, orientadas todas a sacarle más jugo y provecho a cuanta erogación haga el respetable. Por entendido se da que no se trata de sandeces, sino de actividades sopesadas con cordialidad para generarles abultadas ganancias a las buchacas en las que se detiene el flujo monetario. Son los bolsillos de los grandes ganones, las arcas de los beneficiarios, el destino de este descontrol económico que afecta la economía de la masa informe de consumidores de servicios.

Antes, cuando se presentaban sin esperarlos estos aumentos de transporte, se ponía de pretexto el aumento de la gasolina, contra lo que no teníamos antídoto a la mano. Pero ahora, con el conflicto de los huachicoles y su confrontación, por lo menos desde que empezó el ruido de la 4T no se pueden esgrimir como argumento las alzas a los carburantes. Se sabe del disparo del precio de los aguacates y de otras frutas de temporada. Se sabe del incremento en el costo de otros servicios. Pero de incrementos que incidan en el costo directo de los pasajes no hay noticias. ¿Con qué han de justificarlo entonces?

En la batahola generada por estos episodios, salió el gobernador del estado, Enrique Alfaro, a decirle al público tapatío, el gran afectado, que era un aumento que ya estaba autorizado por su antecesor, Aristóteles; pero que no lo aplicó en su momento, esperando que no descendiera el nivel de votos para su partido. Ok. Accedamos sin conceder, como dicen los abogados. Aristóteles ya lo había aprobado; pero su cálculo electorero le aconsejó que no lo hiciera para no perder votos. De todas formas, el gran público le dio la espalda al PRI y esos votos en disputa se los llevó Alfaro. ¿Por qué razón viraría el interés de ese público hacia Alfaro, tomando como referencia la piñata de los costos del transporte? ¿No iría implícita, en ese viraje, la ilusión de que al menos en estos asuntos cotidianos y elementales, como el del transporte, ya imperara la cordura?

Debe tener Alfaro a su lado muy malos consejeros, que no le señalen estos puntos susceptibles de litigio. O no les hará caso tal vez. Porque el mero salir a justificar tales cargas onerosas, que golpean al bolsillo popular, ya es un hecho lamentable y desatinado en sí mismo. Y luego recurrir a tales argumentos y tan endebles, da para apagar los monitores y dejar de hacerle caso. Sería la mejor de las reacciones, si la molestia no estuviera siendo reavivada cada vez que se toma un camión y se saca del bolsillo el excedente de marras. La memoria del público tiene agravio para rato. Es probable que no se le cure pronto. De ser así, la repercusión se vería de nuevo, más adelante, en el sentido del sufragio. ¿Qué ganará entonces él en esta batalla electorera?

Pero no es el único desvarío observado en el episodio. Se les ocurrió a algunos muchachos salir a la calle a protestar con banderas desplegadas, a buscar que el gran público hiciera suyo el derecho a disentir y llamarle la atención a las autoridades. Los que se alínean con el poder sostienen que toda forma de manifestación es inútil. Pero la esperanza de que las autoridades enmienden es uno de los atractivos recurrentes que dan vida al activismo político y lo vuelve interesante. Esto ocurre, desde luego, donde se ejerce en serio tal actividad. Alfaro, ya como autoridad, ¿cómo formuló o fulminó la manifestación de estos activistas? Que son rijosos profesionales, dijo. Que se la viven inventando pretextos para tremolar sus banderas. Y que así fuera ¿no es su derecho? ¿Se lo va a conculcar? Lucidos estamos con don Alfaro, si es el caso.

Aparte, se fue de boca. Dijo que no enviaron guardianes a reprimirlos; que los muchachos se propasaron y vandalizaron las instalaciones de la estación Universidad; que incluso agredieron a los guardas y éstos tuvieron que responder en defensa propia contra los desaforados. Para desgracia de su discurso justificatorio, las imágenes que circulan sobre el percance no le dan la razón. Hay demasiados errores derivados de hechos que deberían ser sopesados y bien estudiados antes de darlos a la luz pública para aplicarlos. Sobre todo si van en perjuicio de la salud económica de los más. ¿Aprenderán algún día?

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