Ayotzinapa, asignatura pendiente. /I

Juan M. Negrete

El presidente electo AMLO hizo promesa solemne a los padres de los 43 muchachos desaparecidos, alumnos de la normal Rural de Ayotzinapa, que se abocará a trabajar en la solución de su drama desde el primer día de su gobierno. Los dolientes se mostraron agradecidos y confiados con el gobierno entrante por este viraje ante su exigencia. Se opone a las mentiras, la indiferencia y la soberbia, con que les ha tratado el gobierno actual.

Mientras estamos a la espera de que los morenistas arriben plenamente al poder, consideramos pertinente proporcionarle al público materiales en torno al mundo de los profesores de escuela. Es de todos conocido que el sindicato magisterial (SNTE) no sólo es el más grande de México, sino de toda América Latina. Hay que ocuparse con atención de los muchos flecos con que cuenta este asunto. Sus líos son problemas complejos y de larga data.

El drama de Iguala es confuso por sí mismo. Vino a enredarlo más el manejo bastante poco escrupuloso, al que lo sometieron muchos medios de comunicación. El público guarda una distancia prudente y no se pronuncia con empatía sobre él, lo cual revela el dominio obtuso que de toda esta información ha permeado. Esperamos que el gobierno de AMLO desembrolle tantos hilos de boruca y haga una tarea oficiosa sobre el caso, hasta desmadejarlo y poderlo ver con nitidez. En tanto nos llegan estos futuros ramalazos, iremos tejiendo información sistemática en su torno, desde nuestra nueva tribuna Partidero.

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En 1823, apenas consumada la independencia, se abrió en la ciudad de México la primera escuela normal del país para la formación de docentes, con el nombre de ‘Escuela Normal Lancasteriana’. Por las mismas fechas y con el mismo fin apareció en Guadalajara el ‘Colegio de San José’. Vino luego, 1825, la Escuela Normal Lancasteriana de la Constitución, otra vez en la capital. Es lo viejo.

Se debe a Ignacio Manuel Altamirano, en 1885, la propuesta de ley para crear la Escuela Normal con carácter nacional, con plan de estudios definido y presupuesto desglosado. Abrigaba la idea de la coeducación, o sea, la responsabilidad estatal. Bajo tal impulso, aparecieron las escuelas básicas para la tradición de nuestro normalismo. Destacan la Escuela Normal de la Ciudad de México (1885), la veracruzana (1886) y la Escuela Normal para profesores (1887). La primera generación de maestros normalistas se gradúa en 1891. En 1900, el colimote don Gregorio Torres Quintero es elegido primer presidente de la sociedad de profesores normalistas de México.

A la turbulencia de la revolución no le fueron ajenos nuestros normalistas. Se vieron involucrados en ese vértigo. Mas esto nos llevaría a otro campo. Volvamos a lo meramente escolar y su evolución. Tras el conflicto armado la Escuela Normal se transformó (1924) en Escuela Nacional de maestros. En cuestiones de protocolo y denominación, ahora se le da tratamiento similar a nuestra actual ‘bicentenaria y benemérita’ UdeG. La Escuela Normal de maestros porta el pomposo rótulo de ‘centenaria y benemérita’. Podríamos cerrar este recuento histórico. Ya no se registran virajes de nota. Sin embargo el normalismo en México conoce la fundación de dos instituciones más que no hay que pasar por alto: La creación de la Escuela Normal Superior de México en 1942, dirigida a profesionalizar a los maestros de secundaria, y la aparición, en 1978, de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN) como fuente nueva de formación de profesionales de la educación en el país.

Reportes de Tenoch Cedillo Ávalos, su rector, afirman que la UPN tiene programas nacionales orientados a fortalecer la formación y el desempeño docente de la educación obligatoria e incluso que podría atender exigencias de la educación superior. Cuenta con 77 unidades alrededor de la República Mexicana y 208 subsedes con cerca de 5,000 académicos, planta docente con 35% en nivel de postgrado. O sea que la reporta como en estado de cabal salud. Si se dan crédito a estos datos, habrá de constatar que el modelo escolarizado más reciente, orientado a los profesores del país, ha dejado atrás al modelo normalista anterior, que arroja números poco alentadores.

Para el 2000 se informaba de la existencia de 655 planteles. Una década después, en 2009, se registra su decremento en 450. De éstas, 265 son normales públicas. En 2000 se reconoce también la cifra de 200 mil alumnos normalistas. Para el ciclo 2009-2010 la baja es de 128 mil. Esta reducción es significativa, habla por sí sola. Estamos manejando hasta aquí cifras anteriores a la herida viva que le viene a significar al normalismo la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que ha acelerado el deterioro en sus matrículas. No se descubre el hilo negro con afirmar que estos decrementos venían siendo secuelas o resultado de la intención abierta del poder federal en el sentido de la privatización del sector educativo. Incluso se hablaba abiertamente de concluir con esa etapa y cerrar de manera definitiva no sólo las escuelas normales rurales sino todo el conjunto, las 265 escuelas normales públicas.

¿De dónde le vino esta calentura al gobierno mexicano? Todo apunta a ser una directriz explícita de la OCDE. La intención del gobierno mexicano, ya desde el período calderonista antes de la famosa reforma educativa de Peña, buscaba darle cristiana sepultura al normalismo, empezando desde luego por sus escuelas rurales. “Queremos que las normales sean instituciones para técnicos en turismo, técnicos en actividades productivas” le pidió Elba Ester Gordillo a Felipe Calderón en la ceremonia de inicio del ciclo escolar 2008-2009. “No olviden – remachó – que las normales rurales han sido semilleros de guerrilleros. Si no las cerramos, van a seguir con lo mismo”.López Obrador 265 regiones

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